• Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

En principio, todo relato histórico, como el mito, la épica o la novela, está clausurado. Esto significa que el mismo tiene un principio y un fin. El historiador es quien determina, de acuerdo con toda una serie de condiciones objetivas y subjetivas, donde comienza donde termina su relato. Los procesos de selección de esos límites son un asunto que le interesa a los historiógrafos. Esos límites o extremos simbólicos representan las fronteras de la historia relato.

La historia relato o es un todo que, con las características de un continuo coherente, cuenta algo que ya pasó o terminó. En ese sentido, todo relato histórico, si bien se refiere a un conjunto de acontecimiento que se presumen propios del mundo real, se opone al mundo real. Lo que queda después de ese proceso de invención es una impresión o una traza de lo real. El relato histórico siempre irrealiza lo real porque no lo puede re-producir. Solo se trata de una reconstrucción post-facto. En esa presumible fragilidad es que radica la explicación a la plasticidad de la historia.

La historia debe ser comprendida entonces como un relato imaginario más. Los relatos imaginarios son interpretaciones de la realidad. No equivalen a la realidad que, en ese sentido, es por completo evasiva. La aceptación de este criterio, contrario a la noción de historia científica, no le quita méritos a la disciplina. Lo que se cuestiona es la presunción de verdadera de ciertas interpretaciones históricas. La determinación de una interpretación verdadera de la historia convertiría la discusión del pasado en un ejercicio de simple memorización. No tendría sentido estudiar más allá de algo que se considera verdadero. La verdad cumpliría en ese sentido la función de un Dios incuestionable, definitivo y autoritario que no admitiría reto de ninguna clase.

Formas del relato histórico

El relato histórico es un discurso y todo discurso es una interpretación emitida por un sujeto que tiene la finalidad de persuadir al receptor sobre su validez. El historiador, dada su condición de autor, proyecta mucho de la individualidad en cada relato histórico. La imparcialidad u objetividad siempre es relativa. La idea de la historia verdadera se fragiliza no solo porque se trata de una reconstrucción post-facto, sino por la individualidad cambiante del que lo inventa y lo organiza: el historiador.

SartreEl relato histórico puede organizarse de una diversidad de maneras igual que el mito, la épica o la novela. La manera ideal es el relato diacrónico y lineal. En esta modalidad, un acontecimiento sucede a otro y lo explica por una relación de causa-efecto acorde con su aparición en el tiempo- espacio. Digo que se trata de una presunción ideal porque, como se sabe, una multiplicidad de cosas ocurren a la vez en un momento dado.

Ese fue el ejercicio que ejecutó el escritor francés Jean-Paul Sartre en su libro Las palabras publicado en 1964; o lo que consiguió el escritor británico Lawrence Durrell en su tetralogía de novelas El cuarteto de Alejandría que se publicaron entre 1957 y 1960.  La idea de que la realidad en tanto que representación o percepción no es una, es crucial para comprender la complejidad del pasado y de los relatos sobre el pasado. Sartre trató de jugar con la idea de la diversidad de acontecimientos que se suceden en un momento. Durrell con la diversidad de versiones que pueden explicar de manera legítima un acontecimiento.

DurrellOtro modo general de organizar el imaginario del pasado es por medio del relato sincrónico, no lineal o simultáneo. En este caso se acepta la situación de que una diversidad de acontecimientos sucede en un momento dado de manera paralela. La concepción de la realidad como un ente plural, como un conjunto de realidades paralelas se impone. El problema es que el lenguaje, oral y escrito, no es capaz de reflejar esa complejidad

El relato histórico se fragmenta, separan y deslinda los acontecimientos por categorías, y solo entonces los relata, como si se tratara de un constante viajar simbólico en el tiempo-espacio, como si nunca se saliera del viaje cuando se cuenta la historia. Ese ejercicio fue el que hizo el narrador francés Marcel Proust en su ciclo de novelas En busca del tiempo perdido escritas entre 1902 y 1922.

Una u otra forma del relato histórico cumplen con la finalidad de ofrecer una imagen del pasado. El papel decisivo –organizador- lo cumple el receptor en la medida en que lo posee y lo hace suyo.

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