Espacio histórico



Al-Muqaddaimah (Introducción a la Historia Universal)(Fragmento) Capítulo 11: Descripción detallada del planisferio terrestre

  • Abd-Ar Arman Ibn Jaldun Al Hadraní

Los Sabios de la antigüedad, como quedó mencionado, han dividido el mundo habitado -al norte del Ecuador-, en siete climas, que señalan con líneas imaginarias, trazadas de occidente a oriente, asignando a cada clima una anchura diferente, tal como lo explicaremos. El primer clima está inmediatamente al norte del Ecuador, siguiendo la propia dirección de éste. “La región al sur del Ecuador carece -dice Tolomeo- de población humana; sólo existen allá desiertos y arenales que se prolongan hasta el borde del mar Circundante.” Al norte del primer clima viene el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, el sexto y el séptimo. Este último constituye, por el lado norte, el límite del mundo habitable; más allá, y hasta el mar Circundante, no existen sino desiertos y soledad, pero, de mucho menos dimensión que en el lado meridional del Ecuador.

Las latitudes de dichos climas y el número de las horas que componen los días, de cada clima, difieren entre sí por la variación de la posición solar respecto del Ecuador. A medida que se avanza hacia el norte, dentro de la parte habitada del globo, el polo boreal se eleva gradualmente por encima del horizonte, descendiendo el polo austral en la misma proporción, y alejándose otro tanto el Ecuador del cenit. Estas tres desviaciones o distancias son completamente iguales, y cada una de ellas se denomina latitud del país o de la localidad. El vocablo latitud es un término convencional muy usual entre los astrónomos calculadores. Las latitudes que era necesario asignar a los siete climas no han tenido una acepción unánime. Según Tolomeo, la anchura del mundo poblado es de setenta y siete grados y medio, de los cuales once se extienden por la parte habitada al sur del Ecuador: por tanto, la anchura que corresponde a los siete climas septentrionales, es de sesenta y seis grados y medio. Según el mismo autor, la latitud del primer clima es de dieciséis grados, la del segundo, de veinte la del tercero veintisiete, la del cuarto, de treinta y tres, la del quinto, de treinta y ocho, la del sexto de cuarenta y tres, y la del séptimo, de cuarenta y ocho grados.

En seguida este astrónomo establece que un grado de la esfera celeste equivale a sesenta y seis millas y dos tercios de milla, medido sobre la Superficie del globo: así, pues, el ancho del primer clima, de norte a sur, es de mil sesenta y siete millas; el del segundo, añadido al del primero, es de mil trescientas treinta y tres millas; el del tercero, añadido a la suma precedente, es de mil setecientas noventa millas; el del cuarto, adicionado a lo anterior, es de dos mil ciento ochenta y cinco millas; el del quinto, es de dos mil quinientas veinte millas; el sexto es de dos mil ochocientas cuarenta, y el del séptimo, de tres mil ciento cincuenta millas.

En esos diversos climas, la duración del día difiere de la duración de la noche; ello es la causa de la declinación del sol cuando se aleja del circulo equinoccial, junto a la elevación del polo septentrional sobre el horizonte, lo cual produce una variación en los arcos diurno y nocturno. En la extremidad del primer clima, la noche más larga tiene lugar cuando el sol entra en el signo de Capricornio, y el día más largo coincide con la estada del propio astro en el comienzo de Cáncer. Según Tolomeo, esta longitud del día o de la noche es de doce horas y media o trece horas. En los finales del segundo clima, es de trece horas para el día o la noche más largos. En la extremidad del tercer clima, es de trece horas y media; en los límites del cuarto clima, es de catorce horas; en los finales del quinto, aumenta media hora; en los extremos del sexto, es de quince horas; en los finales del séptimo, es de quince horas y media. Los días y las noches más cortos, se forman del resto de las veinticuatro horas correspondientes, deduciendo los citados números, que representan la duración de un día y de su acompañante noche. Este espacio de tiempo es el equivalente del lapso de una revolución completa del cielo. La diferencia que existe entre los climas relativa a la más larga duración del día o de la noche, es, por cada uno de media hora. Tal diferencia va en aumento desde el comienzo de cada clima, del lado del mediodía, hasta su término, del lado norte, repartida en las distintas fracciones de esa distancia.

Según Ishaq Ibn -el-Hasan Aljazaní, la parte habitable del globo situada detrás del Ecuador, termina a la latitud de dieciséis grados veinticinco minutos. La más larga duración del día y de la noche, en este punto, es de trece horas. La latitud que limita el primer clima (septentrional) y la longitud de los días y de las noches, son iguales a las de la región situada detrás del Ecuador. La latitud extrema del segundo clima, es de veinticuatro grados, y (a duración del día o de la noche más largos, es de trece horas y media. El tercer clima se detiene a los treinta grados; su día más largo, es de catorce horas. El cuarto clima finaliza a los treinta y seis grados, y su día más largo es de catorce horas y media. El quinto clima no excede de los cuarenta y un grados, y su día más largo, de quince horas; el sexto clima alcanza los cuarenta y cinco grados; cuyo día más largo, de quince horas y media; en fin, el séptimo clima se extiende hasta la latitud de cuarenta y ocho grados y medio, con su día más largo de dieciséis horas. Más allá del séptimo clima, extremo boreal mundo habitable, se halla en latitud de sesenta y tres grados, con el día más largo de veinte horas.

Otro maestro de esta ciencia dice que la región (habitable) allende el Ecuador, termina a los dieciséis grados veintisiete minutos de latitud. El primer clima se detiene a los veinte grados quince minutos; el segundo, a los veintisiete grados trece minutos; el tercero, a los treinta y tres grados veinte minutos; el cuarto, a los treinta y ocho grados y medio; el quinto, a los cuarenta y tres grados; el sexto, a los cuarenta y siete grados cincuenta y tres minutos o, según otro, a cuarenta y seis grados cincuenta minutos; el séptimo, a los cincuenta y un grados cincuenta y tres minutos. Más allá del séptimo clima, la región habitada se extiende hasta los setenta y siete grados.

Por último, según Abu Djafar Aljazaní, uno de los más grandes entendidos en esta ciencia, el primer clima se extiende en anchura desde el primer grado hasta la latitud de veinte grados trece minutos; el segundo va hasta los veintisiete grados trece minutos; el tercero alcanza los treinta y tres grados treinta y nueve minutos; el cuarto, llega a los treinta y ocho grados veintitrés minutos; el quinto, se dilata hasta los cuarenta y dos grados cincuenta y ocho minutos; el sexto, hasta los cuarenta y siete grados dos minutos el séptimo, alcanza los cincuenta grados cuarenta y cinco minutos.

He ahí lo que hemos podido recoger tocante a las opiniones diversas, enunciadas por los sabios respecto a las latitudes, horas y millas que deben atribuirse a cada clima. “Dios ha creado todas las cosas armonizándolas sabiamente” (Corán, Sura XXV, verso 2).

Los geógrafos profesionales dividen, a cada uno de los siete climas, en su longitud, en diez fracciones iguales, que se siguen de Oeste a Este. Enumeran el contenido de cada fracción: países, ciudades, montañas, ríos y las distancias que separan entre ellos.

Expondremos a continuación, de manera abreviada las materias que han tratado, haciendo mención de los países, ríos y mares más notables que se encuentran en cada fracción de los climas. Tomaremos en ello por modelo la obra titulada “Nazhat-el- Moshtaq”, que Edrisí, Alalauí Alhanunudí (descendiente de Alí, yerno de Mahoma), compuso para Zajjar (Roger, hijo de Roger) y rey de los Francos de Sicilia. El autor residía entonces en Sicilia, formando parte de la corte de dicho príncipe, adonde se había ido después que sus abuelos hubieron perdido el gobierno de Málaga. Tal obra fue escrita hacia mediados de la sexta centuria, Edrisí reunió para Zajjar un buen número de obras, tales como las de Masudí, de Ibn Jardadzayah (Khordadbeh), de Alhauqalí, de Alqadrí de Ishaq el astrónomo, de Tolomeo y otros autores. Comenzaremos la descripción por el primer clima, para seguir, con el favor de Dios, en los demás hasta el último.

Traducción de Elías Trabulse de la Introducción a la historia universal o Al-Muqaddimah. México: Fondo de Cultura Económica, 1997, pags. 165-168. Se respetó la ortografía de la fuente documental.

Comentario:

Lo que llama la atención de este texto son los procedimientos interpretativos y expositivos Modernos de Ibn Jaldún. Primero, el manejo cuidadoso de fuentes diversas lo mismo helénicas -Ptolomeo-, que árabes -Ishaq-Ibd el Hasán Ajazaní y Abu Djafar Aljazaní-. Segundo, el reconocimiento de la redondez de la tierra y de la inclinación relativa del eje del planeta  con respecto al sol y el manejo del asunto para interpretar la diversidad climatológica en los hemisferios norte y sur.  Tercero, el reconocimiento de la correspondencia por oposición en los climas en los hemisferios norte y sur. Se trata de un saber geográfico preciso redactado en un discurso comprensible.

El otro punto relevante es la afirmación Providencialista de que “Dios ha creado todas las cosas armonizándolas sabiamente”. La convivencia en la discusión de la razón y la fe es parte consustancial de la Civilización Cristiana y la Islámica. El fragmento cierra con otra sugerencia de la sumisión a Dios que confirma lo señalado.

Por último, destacan en el texto los prejuicios culturales de la época, como es el caso de afirmación de Ptolomeo de que en “La región al sur del Ecuador carece  de población humana; sólo existen allá desiertos y arenales que se prolongan hasta el borde del mar Circundante.” El viejo mito Medieval de la flamígeras fue una de la múltiples formas en que se apropió el asunto ecuatorial por aquel entonces.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Lo real y lo imaginario, la historia y la literatura, poseen numerosos puntos de convergencia que le interesan a la historiografía. En su sentido más estricto la historia es un relato o representación imaginaria de los acontecimientos de los seres humanos que son tratados como los personajes literarios y, como ellos, son objeto del conocimiento y la invención de los historiadores.

El relato se desarrolla dentro de unos determinados espacios físicos y sociales que cumplen la función de un escenario y que, como los escenarios de un drama, deben ser bien conocidos por el historiador a la hora de producir un relato legítimo o verosímil. El historiador, como el autor de una novela, está en la situación de determinar cuales son los personajes principales o protagonistas y los secundarios o los antagonistas.

Cancel_Historia_literaturaIncluso, los procesos de caracterización de los personajes históricos se elaboran mediante técnicas análogas al de caracterización del de una narración ficcional. El héroe, el mártir, el enemigo, la idea de nosotros, la de la nación, por solo mencionar algunos ejemplos, se diseña y afirma mediante el uso de metáforas y símbolos cuya eficacia solo se puede determinar cuando el discurso o el relato llegan a los oídos y la conciencia del receptor. Llamar “Vate” a Luis Muñoz Marín, “Apóstol” a Pedro Albizu Campos, “diáspora” a la migración puertorriqueña en Estados Unidos”, “Padre de las Letras Puertorriqueñas” a Alejandro Tapia y Rivera o “Padre de la Patria Irredenta” a Ramón Emeterio Betances, son fórmulas concretas y complejas que no se reducen a un significante simple. Lo valioso de estas metáforas es más lo que sugieren que lo que dicen.

El historiador y la narración

El papel del historiador en el proceso de narrar la historia es fácil de identificar. El historiador, como el autor, se encuentra en una posición privilegiada y de poder. Él es quien tiene la facultad para determinar cuales son los elementos fijos de su relato: es decir, los personajes, los espacios o lugares donde aquellos de mueven y la diversidad de dispositivos que serán puestos en escena. No solo eso, también tendrá el historiador la facultad de determinar cuales serán los elementos mutables o los acontecimientos que hilvanará con coherencia con el fin de producir un relato verosímil y legítimo.

Con esos elementos fijos y mutables, el historiador iniciará un proceso combinatorio pensado que permitirá la estructuración del relato o narración histórica. El historiador se constituye así en la voz organizadora de un cúmulo de dispositivos dispersos. Toda relación o narración histórica o literaria, presupone un receptor o narratario. Se trata de una respuesta tentativa a la pregunta teórica de para quién narro. El receptor o narratario influye en la elaboración del texto histórico desde el mismo momento de su emisión incluso antes de su presencia física ante lo narrado. En cierto modos, los historiadores y literatos lo reconocen de ese modo y, por lo regular,  hacen ajustes específico para cada público receptor.

En ese sentido, la escritura-lectura de la historia como si fuera literatura, y viceversa, se hace imprescindible. La pregunta es en donde radica la diferencia entre la una y la otra. Esa pregunta se responderá posteriormente.


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Paralelo a lo discutido sobre el tiempo histórico se encuentra la cuestión del espacio histórico. Se trata de un escenario complejo dado que la historia fenoménica, como se sabe, ocurre en el punto de convergencia de numerosos espacios concretos y simbólicos. La forma en que los testigos o actores, y los observadores e intérpretes sienten la historia, varía acorde con la posición de intérprete con relación a una diversidad de espacios físicos y simbólicos.

La historia, el espacio y la memoria

Por un lado, se encuentra el espacio físico o lugar del acto del pasado, el fenómeno o el acontecer. Ello implica una geografía física, una climatología y toda una diversidad de comportamientos específicos y actitudes culturales acorde con cada uno de esos espacios.

Pero por otro lado, también tiene que ver con el espacio social y cultural del acontecer. Los actores históricos son múltiples. Una diversidad de individuos, grupos, sectores y clases con percepciones sociales concretas y tan diversas como ellos, participan de un acontecer específico. Dado que las relaciones entre esa diversidad de seres son contradictorias, no todos los partícipes del acontecer viven, sienten e interpretan los mismos de la misma manera. Aquello que para algunos es esencial a los procesos vividos, para otros es marginal y carece de importancia; lo que para unos es aceptable y memorable, para otros resulta detestable e infame.

Tanto el espacio físico como el espacio social y cultural son consideraciones que se pueden definir y comprender de una manera más o menos precisa. Pero el espacio histórico también es el resultado de otros factores más elusivos. Se trata de los espacios emocionales e irracionales que median el acontecer y en la interpretación.

Munoz_Marin_entierroUn ejemplo concreto de ello puede ser la reacción que genera en unos y otros la muerte de una figura emblemática de un tiempo y de una ideología. En ese sentido, la reacción emocional a la muerte de Pedro Albizu Campos (1965), Luis Muñoz Marín (1980) y Filiberto Ojeda Ríos (2005) Pueden servir de modelo. Las tres sirvieron para instituir una categoría de héroe colectivo. Pero la percepción del heroísmo de uno y otro nunca será uniforme.

Los mismos criterios pueden aplicarse al historiador. Su relato y su discurso estarán mediados irremediablemente por el lugar físico, social y cultural desde el cual piensa o escribe la historia. Y dado que esos lugares se sienten y se imaginan a través de las emociones y pre-concepciones heredadas de su accionar el lugar específico que ocupa en el mundo, la idea de un historiador emocionalmente neutro no parece posible de sostener. No hay tal cosa como una experiencia objetiva de la memoria histórica. Toda ella resulta mediada por la condición humana del que historia el acontecer y adjudica sentido a los actos pasados ya sea desde la posición de testigo o la del intérprete.

Apuntes para una definición

Lo que queda es un conjunto de incertidumbres. Como fenómeno, la historia es un sistema relacional, un conjunto complejo de relaciones humanas que, una vez vividas, se van transformando por medio de la memoria en un relato coherente sobre ellas con el fin de hacerse de un pasado. La importancia del pasado radica en que mucho creen que sobre la base del mismo se puede comprender mejor el presente y enfrentar mejor el futuro. La idea de que la vida es una totalidad coherente es crucial para esa concepción también totalitaria de la humanidad en el tiempo y en el espacio.

Vista como un sistema relacional, no se concibe que un ser humano solo tenga historia: el solipsismo, la idea de que lo único cognoscible es el yo, es la negación de la historia. La historia es una manera de entender lo humano desde su condición de colectividad natural que se mueve en un espacio físico, crea un espacio social y cultural que siente a través del prisma de sus emociones. La historia es siempre un acto de interactividad.

Como discurso, la historia es un relato imaginario sobre la vida de los seres humanos en sociedad y en su relación con la naturaleza. Siempre resulta en un esfuerzo parcial e irreal sobre las cosas. Un discurso histórico es un relato que intenta dar sentido a las eventualidades de lo humano en su relación con el mundo natural y social a través del tiempo y el espacio. La propuesta de Marc Bloc ha cumplido su función de una manera cabal.

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