Providencialismo



Fragmento de Agustín de Hipona (354-430) La  Ciudad de Dios, “El Hado y la Providencia”, Libro V, Cap. XXI y XXII.

Capítulo XXI

Que la disposición del Imperio romano fue por mano del verdadero Dios, de quien dimana toda potestad, y con cuya providencia se gobierna todo.

Agustín de Hipona

Siendo cierta, como lo es, esta doctrina, no atribuyamos la facultad de dar el reino y señorío sino al verdadero Dios, que concede la eterna felicidad en el reino de los Cielos a sólo los piadosos; y el reino de la tierra a los píos y a los impíos, como le agrada a aquel a quien si no es, con muy justa razón nada place. Pues, aunque hemos ya hablado de lo que quiso descubrirnos para que lo supiésemos, con todo, es demasiado empeño para nosotros, y sobrepuja sin comparación nuestras fuerzas querer juzgar de los secretos humanos y examinar con toda claridad los méritos de los reinos. Así que aquel Dios verdadero que no deja de juzgar ni de favorecer al linaje humano, fue el mismo que dio el reino a los romanos cuando quiso y en cuanto quiso, y el que le dio a los asirios, y también a los persas, de quienes dicen sus historias adoraban solamente a dos dioses, uno bueno y otro malo; por no hacer referencia ahora del pueblo hebreo, de quien ya dije lo que juzgué suficiente, y cómo no adoró sino a un solo Dios, y en qué tiempo reinó.

El que dio a los persas mieses sin el culto de la diosa Segecia, el que les concedió tantos beneficios y frutos de la tierra sin intervenir el culto prestado a tantos dioses como éstos multiplican, dando a cada producción el suyo, y aun a cada una muchos, el mismo también les dio el reino sin la adoración de aquéllos, por cuyo culto creyeron éstos que vinieron a reinar. Y del mismo modo les dispensó también a los hombres, siendo el que dio el reino a Mario el mismo que le dio a Cayo César; el que a Augusto, el mismo también a Nerón; el que a los Vespasianos, padre e hijo, benignos y piadosos emperadores, el mismo le dio igualmente al cruel Domiciano; y ¿por qué no vamos discurriendo por todos en particular? El que le dio al católico Constantino, el mismo le dio al, apóstata Juliano, cuyo buen natural le estragó por el anheló y codicia de reinar una sacrílega y abominable curiosidad.  En estos vanos pronósticos y oráculos está enfrascado este impío monarca cuando, asegurado en la certeza de la victoria, mandó poner fuego a los bajeles en que conducía el bastimento necesario para sus soldados; después, empeñándose con mucho ardimiento en empresas temerarias e imposibles, y muriendo a manos de sus enemigos en pago de su veleidad, dejó su ejército en tierra enemiga tan escaso de vituallas y víveres, que no pudieron salvarse ni escapar de riesgo tan inminente si, contra el buen agüero del dios Término, de quien tratamos en el libro pasado, no demudaran los términos y mojones del Imperio romano; porque el dios Término, que no quiso ceder a Júpiter, cedió a la necesidad. Estos sucesos, ciertamente, sólo el Dios verdadero los rige y gobierna como le agrada. Y aunque sea con secretas y ocultas causas, ¿hemos, por ventura, de imaginar por eso que son injustas?

Capítulo XXII

Que los tiempos y sucesos de las guerras penden de la voluntad de Dios

Y así como está en su albedrío, justos juicios y misericordia el atribular o consolar a los hombres, así también está en su mano el tiempo y duración de las guerras, pudiendo disponer libremente que unas se acaben presto y otras más tarde. Con invencible presteza y brevedad concluyó Pompeyo la guerra contra los piratas, y Escipión la tercera guerra púnica, y también la que sustentó contra los fugitivos gladiadores, aunque con pérdida de muchos generales y dos cónsules romanos, y con el quebranto y destrucción miserable de Italia; no obstante que al tercer año, después de haber concluido y acabado muchas conquistas, se finalizó. Los Picenos, Marios y Pelignos, no ya naciones extranjeras, sino italianas, después de haber servido largo tiempo y con mucha afición bajo el yugo romano, sojuzgando muchas naciones a este Imperio, hasta destruir a Cartago, procuraron recobrar su primitiva libertad.

Y esta guerra de Italia, en la que muchas veces fueron vencidos los romanos, muriendo dos cónsules y otros nobles senadores, con todo, no duró mucho, porque se acabó al quinto año; pero la segunda guerra púnica, durando dieciocho años, con terribles daños y calamidades de la República, quebrantó y casi consumió las fuerzas de Roma; porque en solas dos batallas murieron casi 70,000 de los romanos. La primera guerra púnica duró veintitrés años, y la mitridática, cuarenta. Y porque nadie juzgue que los primeros ensayos de los romanos fueron más felices y poderosos para concluir más presto las guerras en aquellos tiempos pasados, tan celebrados en todo género de virtud, la guerra samnítica duró casi cincuenta años, en la que los romanos salieron derrotados, que los obligaron a pasar debajo del yugo. Mas por cuanto no amaban la gloria por la justicia, sino que parece amaban la justicia por la gloria, rompieron dolorosamente la paz y concordia que ajustaron con sus enemigos.  Refiero esta particularidad, porque muchos que no tienen noticia exacta de los sucesos pasados, y aun algunos que disimulan lo que saben, si advierten que en los tiempos cristianos dura un poco más tiempo alguna guerra, luego con extraordinaria arrogancia se conmueven contra nuestra religión, exclamando que si no estuviera ella en el mundo y se adoraran los dioses con la religión antigua, que ya la virtud y el valor de los romanos, que con ayuda de Marte y Belona acabó con tanta rapidez tantas guerras, también hubiera concluido ligeramente con aquélla. Acuérdense, pues, los que lo han leído cuán largas y prolijas guerras sostuvieron los antiguos romanos, y cuán varios sucesos y lastimosas pérdidas. Según acostumbra a turbarse el mundo, como un mar borrascoso con varias tempestades, que motivan semejantes trabajos confiesen al fin lo que no quieren, y dejen de mover sus blasfemas lenguas contra Dios, de perderse a sí mismo y de engañar a los ignorantes.

Comentario:

El texto del capítulo XXI establece el centro de Providencialismo Cristiano. Se trata de una tesis que se demuestra mediante una serie de ejemplos. Con ese argumento, por un lado, se echan las bases de la Teoría del Origen Divino del Poder. Dios concede el poder a los jefes paganos tanto como lo concedería a los cristianos en su momento: es el “motor” o la “inteligencia” de la historia. Pero por otro lado, también adelanta el principio de que los giros de la historia resultan tan incomprensible como la misma voluntad de Dios: la humanidad nunca penetrará ese misterio. Se trata de una Teoría Especulativa de la Historia que niega el carácter humano de la historia. El único argumento que la justifica es la sumisión a Dios.

El texto del capítulo XXII amplía el argumento mirando el fenómeno de la guerra: Dios decide cuánto duran y quien vence. Artefactos teóricos como la Fortuna o la Voluntad de Poder esgrimidos por los clásicos griegos y latinos, no hace sentido alguno a Agustín de Hipona. El modelo ejemplar vuelve a reproducirse: se confirma la tesis mediante el ejemplo. Las guerras de paganas no fueron más breves que las guerras de cristianos.

Como se verá, el conocimiento “histórico”, reducido a datos concretos, se convierte en puro ornado o simple prueba al canto para el sostén de la tesis que se formula en el acápite o introducción. La historia entendida como la disciplina que estudia a los seres humanos en el tiempo y en el espacio dentro del marco de la vida social, económica y cultural autónoma de fuerzas sobrehumanas, no es posible sobre la base de los argumentos agustinianos.

Mario R. Cancel Sepúlveda

Catedrático de Historia y escritor


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Uno de los componentes fundamentales de la percepción occidental de la historia es la tradición judía o hebrea. Los investigadores coinciden en que el pueblo judío aparece en la historia hacia el 2000 AC. Se trata de una comunidad vinculada a los amorreos. Los amorreos o amarru,  eran  tribus nómadas belicosas, de origen semita que llegaron a convertirse en una amenaza para Mesopotamia e incluso tomaron Babilonia en varias ocasiones.

Hacia el 1260 AC, según la tradición, los judíos o hebreos se encontraban en Egipto como un pueblo libre. Es importante recalcar que Moisés, la figura más significativa de las tribus, es nombre de origen egipcio. Por aquel entonces, el Canaán se convirtió en su centro vital de mayor relevancia. Hacia el 1050 AC eran una monarquía encabezada por el shofet o juez Samuel. No cabe duda de que el pensamiento hebreo o judío ancestral, fue influenciado por las tradiciones de las culturas con las que convivieron: los egipcios y los babilónicos. En gran medida, su tradición mítica fue una reescritura y una reinvención de la de aquellos pueblos.

Los textos  sagrados de los judíos incluyen, según Eliade y Couliano, tres conjuntos precisos. Primero, se encuentra la Torah o el Pentateuco,  libros que dejan al lector  una versión confusa de dios, quien a veces cuando se identifica con el nombre YHWH figura singular; y en otras se proyecta como una figura  plural cuando aparece ligado al nombre ELOHIM. Todo parece indicar que la tradición Yahvista, que corresponde al 900 AC, es más antigua que la Elohista, que algunos trazan hacía el 700 AC. El debate sobre la dialéctica entre el monoteísmo y el politeísmo en el judaísmo antiguo sigue, sin embargo, abierto.

El segundo conjunto es el que se conoce como los Nebi’im o los  Profetas. Estas voces se agrupan acorde con un orden temporal en los “anteriores”,  que incluyen los sucesores de Moisés; y los “posteriores”, que incluyen a los oráculos y las visiones, y los doce  intérpretes menores. El tercer conjunto son los Ketubim o escritos, de particular relevancia para la interpretación de la escritura historiográfica  judía. En este amplio y diverso grupo se incluyen una serie de himnos, escritos de diversas épocas y las Crónicas, entre otros.

La literatura judía tradicional puede consultarse en otras colecciones que de inmediato señalo. La Misná, que es un archivo de contenido legal terminado más o menos hacia el  200 DC. Y, claro está, el Talmud de Jerusalén que es el más antiguo y  abreviado correspondiente al  400 DC, y el Talmud de Babilonia que se terminó más o menos hacia el 500 DC. Para los propósitos de esta reflexión historiográfica, la parte que me interesa es la primera: los textos sagrados judíos.

Los textos sagrados y la historiografía

El impacto de estos textos en la historiografía occidental se ha asegurado a través de la Biblia. La Septuaginta, versión helénica  que corresponde al 150 AC,  contenía además de los libros que hoy mantiene, otros materiales considerado luego apócrifos y, por lo tanto,  purgados. La Septuaginta era un Antiguo Testamento más rico que el que se conoce hoy. Lo más interesante, sin embargo, es el hecho de que occidente recibió la tradición judía a través del filtro helénico, asunto ampliamente comentado en varios ensayos por el historiador italiano Arnaldo Momigliano.

Una de las fuentes interpretativas más influyentes en la especulación occidental fue, sin lugar a dudas, el Génesis o Bereshit, un texto que se puede ubicar históricamente hacia el 900 AC. Para la filosofía especulativa de la historia dominante en occidente hasta la Ilustración, aquel texto resultó paradigmático. El primer elemento notable es el hecho de que el texto explica el origen de todo como producto de la divinidad. La condición de ese Dios, sin embargo, es distinta a la de  las deidades egipcias o mesopotámicas y, en gran medida, toma distancia de ellas de una manera intencional. Dios aparece ocasionalmente como una fuerza singular, solitaria y todopoderosa que se instituye en causa última de todo: YHWH. Esa condición contrasta con el carácter plural y la autonomía relativa de las deidades mesopotámicas y egipcias. El Dios de los judíos, es uno: la pluralidad de ELHOIM a la que aludí antes, no está manifiesta presente en Génesis I.

La Creación de Adán

El contraste entre el monoteísmo y politeísmo no es lo único relevante.  Los rasgos que distinguen al Dios de los judíos en el 900 AC, lo transforman en un signo peculiar: Dios es un ser eterno, siempre estuvo allí,  como el caos líquido original en las mitologías mesopotámicas precedentes. Su condición de uno y creador, lo hace responsable de todo lo creado por lo que su relación con la humanidad, cuando la crea (Gen. I, 26), es la de padre y protector. La lógica es que como padre y protector, exigirá sumisión total a su voluntad.

El escenario de la creación es interesante. Dios, sea Yahvé o Jehová flota sobre el éter, espacio que aparece como un mar profundo rodeado de oscuridad. El texto poético sugiere que él mismo representa la luz y, en consecuencia, eso es lo primero que crea. En Gen. I,2 dice: “…el espíritu de Dios se movía sobre las aguas”, y en Gen. I, 3: “Dios dijo: “¡Que haya luz!”. El gesto, labor o mecanismo de la creación es la palabra. El poder de la palabra como en el caso de Ptah,  y la presencia del líquido original como en el mito mesopotámico de Apsu Ti’Amat, se expresan con diafanidad. Lo que presencia el lector es una retórica nueva que juega con elementos comunes.

El acto de la creación es crucial. La palabra genera, nombrándolos, los cuatro elementos básicos: aire, agua, tierra, luego fuego. Se trata de la creación del espacio, de la naturaleza. A la invención sigue la observación, la evaluación y la conclusión: una vez este Dios  se convence de que todo está bien, lo perpetúa. El proceso es el mismo que utilizaría un constructor o un alquimista. La polisemia de este Dios que inventa con la palabra es enorme. Los Francmasones lo llamaron el Gran Arquitecto del Universo, celebrando su obra. Los Providencialistas de todos los tiempos lo apropiaron bajo el código Deus ex Machina, como un gran sistema que todo lo controla. En lenguaje historiográfico, se trata de una estructura ordenada y ordenadora.

Del mito a la especulación

En la práctica, con la palabra Dios origina el espacio y presumiblemente, el tiempo. Los debates respecto a este asunto no son importantes ahora pero han sido muchos. ¿De una materia prima? No se sabe ¿De la nada? La metáfora de la creación y la teoría de la gran explosión son igualmente poéticas. Tampoco se puede asegurar. Lo más relevante es que al insertar al ser humano, sienta las bases de la vida histórica y social. Pero Adán y Eva se encuentran en un locus anterior a la historia y la sociedad tal y como la conocemos. Es como si estuviesen en otra dimensión de tiempo, el tiempo de Dios, el tiempo sagrado.

El Jardín del Edén es la naturaleza misma. En aquel lugar los seres humanos se encuentran en un Estado Natural cercano a la perfección. Si uso el lenguaje de los Iusnaturalistas modernos, allí no ha aparecido la necesidad y, por lo tanto, tampoco el trabajo ni la propiedad. Lo que describe Gen. II, 9 es una comunidad de recolectores con una cultura material simple o un tipo de propiedad tribal, como la denominaba Karl Marx, en la cual todo pertenecía a Dios, su creador.

La desobediencia, el pecado y el castigo de Dios, cambian la situación. Se trata de una paradoja extrema: de inmortales a mortales, de residentes a expulsados del jardín, aquellos proceso los ponen en conocimiento de la necesidad y los conducen al trabajo, peculiar forma del castigo divino. Eva recibirá el castigo mayor: conocerá el dolor de parir  y la mordida de la serpiente. Con esa ruptura comienza propiamente hablando la historia de la humanidad y se lanza el tiempo profano, el del mundo. Como en el poema de Hesíodo, la degradación y la decadencia, se imponen a la perfección y casi derivan de ella. La Caída es una reducción y una pérdida, el relato implica que la humanidad se mueve de lo alto a lo bajo.

Un problema interpretativo es el papel subversivo de la curiosidad de Eva. Es ella quien viola una prohibición respecto al Árbol del Conocimiento, pero  Dios hace responsable a Adán de ello. La serpiente es un intermediario necesario,  como Judas luego en el caso de Jesús. El episodio traduce una pauta social perdurable: el patriarcalismo de aquella cultura.

Del mito a la filosofía especulativa de la historia

Las lecciones especulativas que ofrece el texto son varias y perdurables. La primera, Dios es el motor o, como dice André Neher (1914-1988) intelectual judío, la “inteligencia de la historia” por lo que la estructura y la mueve en una dirección u otra. Segundo, la historia tiene así un inicio -un origen-;  y una meta -fin último preestablecido-. Desde la Narratología Teórica, diría que la historia es un relato clausurado. Desde la Teoría de las Religiones, diría que la historia es apocalíptica o escatológica. El carácter apocalíptico tiene que ver con su fatalismo o con la inevitabilidad del fin. El carácter escatológico convierte en una prioridad la discusión de los últimos días y cómo prepararse para ellos por lo que legitima el desprecio a la vida mundana como tal.

Tercero, la historia resulta en un proceso que está informado de sentido y orden. El proyecto que ella representa es la salvación de la humanidad. Pero la salvación se reduce a una salida de la historia por medio de un retorno al Estado Natural perdido con la Caída. Lo que se encuentra en el Fin de la Historia es la posibilidad de una reintegración a la divinidad etérea después de la muerte física. Cuarto, en la historia las cosas ocurren necesariamente, como ha dicho Karl Löwith (1897-1973) en su obra clásica El sentido de la historia (1954). Todo acontecimiento es causado por algo superior a él por lo que nada es azaroso o casual. Y todo acontecimiento tiene una razón de ser acorde con la meta del Fin de la Historia. La causalidad y el determinismo se imponen, como luego en la Ilustración y en el siglo de la Ciencia las impuso la Ciencia. Esto significa que en la historia todo sucede con la mira puesta en un fin o meta que apenas se conoce

El pensamiento judío, alega Löwith,  introduce con ello una vaga noción de Progreso, pero como la meta es la salida de la historia, desmerece la vida secular y profana.

La teoría especulativa de la historia que se produce es por demás relevante y la sintetizo en la siguiente lista:

  1. La historia comienza con una separación de lo divino y lo humano
  2. La tentación de saber, la curiosidad de Eva, el pecado de la desobediencia, la concupiscencia, producen la Caída
  3. Esa Caída introduce a los humanos en la historia: se entra a ella mediante la expulsión, estar en la historia es un castigo complejo
  4. La historia equiparada a la vida fuera del Edén, es una prueba de dios a la potencialidad del ser humano
  5. El ser humano tiene que dejar de ser humano -morir- para recuperarse
  6. El fin conduce a la reconciliación y a la salvación
  7. El progreso es un retorno del descarrío a la reconciliación: es una historia circular de superación
  8. La ruta no es limpia -tiene regresiones- pero la promesa se cumple

La Teoría del Progreso desarrollada durante los siglos 18 y 19, no difiere mucho de ello. Las conexiones entre el judaísmo y las versiones especulativas modernas, me parece obvia.


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Para Gimbattista Vico, la Historia Ideal evoluciona en tres edades. El carácter trinitario de esta especulación está emparentado directamente con la tradición Providencialista medieval. Las edades se distinguen por el modo de conocer dominante en cada una. De ese modo la Edad Divina está dominada por el conocimiento teológico; la Edad Heroica por el conocimiento mitológico; y la Edad Humana o Clásica por el conocimiento racional. Las analogías con el análisis del Tiempo en Agustín y con la visión del saber en Joaquín no deben ser pasados por alto.

Cada una de las edades de la Historia Ideal posee unas características que permean el todo social y, en consecuencia, se repiten en las Historias Particulares y a lo largo de toda la Historia Concreta. La concepción de Vico es cíclica y pendular, sin que ello impida la apropiación de un cierto tipo de progresión. De ese modo podía alegar sin mayores problemas que, por su naturaleza, el Periodo Homérico helénico y la Edad Media cristiana, eran expresiones alternas de la misma Edad Heroica.

La concepción del devenir como progresión se cimentaba en el principio de que la Historia Concreta en verdad no se repite: solo se repiten las Edades. Pero cada Edad que re reitera siempre es distinta acorde con la especificidad del tiempo-espacio en que se agencia.  El principio de que la Historia Concreta deviene en forma de espiral se confirma con el aserto de que a cada final sucedía un re-nacimiento. La Teoría del Corsi y Ricorsi quedaba entonces completo. Como en el caso de Ibn Jaldun, el final abre paso a un nuevo progreso que conducía a la elevación de lo humano en la jerarquía histórica.

Vico aceptaba la existencia de leyes y regularidades en la Historia Concreta: las que sugerían su percepción de la Historia Ideal. Pero dejaba claro que aunque se podía predecir el movimiento de las Edades, ello no era posible cuando se trataba de la Historia Concreta. La Ciencia Nueva reconocía el carácter impredecible del ser humano en el tiempo y el espacio. La virtus de Maquiavelo seguía imponiendose a la Providencia, la Fortuna o las Historia Ideal. Lo más importante de esta propuesta es el reconocimiento de la autonomía relativa de lo humano ante las estructuras autoritarias que se inventan para explicar la historia.

Vico fue, además, un crítico del discurso de los historiadores de su tiempo. Censuraba la supervaloración de la Antigüedad,  la vanagloria de lo nacional y el causalismo mecánico que no era capaz de reconocer que no siempre C es consecuencia de B. También cuestionó el intelectualismo vacío de los doctos. Vico aconsejó a los historiadores que aprovecharan todo los que  la lingüística y  la filología aportaban al conocimiento del pasado. Con ello traducía las praxis de intelectuales como  Nicolás de Cusa y Lorenzo de Valla, pero a la vez anticipaba posturas que siglos más tarde sostuvieron filósofos como Federico Nietzsche. Defendió la observación cuidadosa de los mitos y las tradiciones como fuente de historia social, a la manera de Platón e insistió, con una mirada antropológica de avanzada, en la posibilidad de percibir las reminiscencias del pasado en el presente por medio de la observación de la vida de los salvajes. En Vico, sin duda, Providencialismo, Racionalismo y Ciencia, se integran de un modo original.

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