Relato histórico



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Dos cuestiones me invaden ante el problema planteado. Puerto Rico es un concepto problemático que nace como puerto casual en la colonia de San Juan Bautista en el siglo 16. Su evolución en una Nacionalidad enraizó en el siglo 19 y se arraigó apenas a principios del siglo 20. América es otro concepto plural que señala lo mismo hacia Hispano o Iberoamérica deudoras de la península, que al orbe sajón. Otras, refiere a la Indoamérica de Vasconcelos, o se vierte en la Latinoamérica o la América Latina de franceses y afrancesados del siglo 19. Son conceptos equívocos. Si se tratara de elegir preferiría Euroamérica. Entonces estaría en posición para apropiar la relación fluida entre aquellos conceptos.

El contacto entre las culturas de América antes del 1492, debió ser notable. La colisión material y cultural entre comunidades mexicas a través de Yucatán, y andinas desde Sur América en el espacio del Mar Caribe, ha sido documentada arqueológica y simbólicamente. Las Antillas fueron un eslabón y una frontera desde entonces. El 1492 abrió para los europeos una zona que hollada por muchas canoas y piraguas protegidas por Ek Chuah por siglos. Los Descubrimientos fueron un agente de desequilibrio inédito para los protagonistas de aquellos procesos.

La Conquista definió los parámetros del choque. San Juan Bautista fue esencial en el proceso de colonización parcial de las Antillas. Invadido desde Española, sirvió para articular el control sobre Juana. Allí nació una filiación histórica a la que se apeló hasta el siglo 20. Las Antillas, aparte de un prejuicio europeo, agilizaron la colonización del resto de la América.

San Juan Bautista fue una zona liminar: Barlovento y Sotavento fueron territorios reclamados pero no colonizados. El Puerto-Rico se contaminó con una vocación de Antilla Mayor que nunca le abandonaría. Parte de su orgullo se relaciona con su función en el engrandecimiento de Castilla y en la defensa de su expansión en el hemisferio. El título de Siempre Fiel que se le otorgó no fue tinta desperdiciada.

Tierra adentro, fue un laboratorio capaz de producir  un escritor abarrocado como Francisco Ayerra, o un conquistador-panadero como Juan Garrido; nicho de seres entre la ficción y la realidad como Alonso Ramírez y Rosa de Lima, tan caros al nacionalismo cultural puertorriqueño y al regionalismo americano. El territorio fue refugio de seres marginales desde esclavos indios y africanoseuropeos, siervos prófugos y una invisible gitanería aislada. La tierra que esclavizaba a algunos, liberaba a otros. Esa diversidad adelantaba una identidad tan fluida y liminar como la geografía de las Islas.

Mar afuera, fue ocasional puerto de trasbordo para las naves rezagadas de una Flota que la ignoraba, y centro de las relaciones materiales y sociales con las otras Américas y las otras Españas, en especial  la insular. San Juan Bautista fue un collage que atrajo lo mismo dominicanos y mexicanos que canarios y baleáricos. En la resistencia al monopolio mercantilista, fue escenario del surgimiento del mercado moderno como lugar primado de contrabando. Las Indias Insulares y las Continentales expresan una contradicción que rompió la unidad impuesta por el 1492. Hacia el siglo 18 la misma estaba minada y la diferencia era vista como una amenaza, un delito o un pecado.

Lo que ofreció Puerto Rico in illo tempore, siguió activo en la Modernidad. La región fue clave en la lucha de España contra el separatismo y, después de 1821, culminar a América requería echar al  Hispano de las Antillas. Si para la Unidad Iberoamericana el país era la última frontera, para España era igual de relevante para la Unidad Imperial. Estados Unidos lo vio como el umbral de otra cosa: en su imaginación la zona liminar fue reinventada como un dulce y apetecible Dorado. El futuro de la región estaría sometido a ese forcejeo. Lo más curioso es que a pesar de su protagonismo en el discurso de la Independencia de América, Puerto Rico nunca consiguió la suya. Esa situación sirvió para dar al 1898 la imagen de Necesidad Histórica a que han apelado muchos intérpretes antes y después de la invasión.

Ante América, Puerto Rico era el espécimen de territorio rezagado y al margen del Progreso. Era como si el país hubiese evadido el Metarrelato Moderno de la Historia esquivando al Dios del siglo, la Nación. Aquello fue el caldo de cultivo ideal para la elaboración de utopías capaces de insertarnos en la corriente y ligarnos con el pasado común. Carlos Rama llamó la atención sobre el papel de los puertorriqueños en la idea de la Federación, la Confederación y la Unidad Iberoamericana redivivas. A la hora de Lares-Yara (1868) y de Baire (1895), el país fue peón de los intereses ingleses, franceses, alemanes, españoles, estadounidenses e hispanoamericanos. Andrés Vizcarrondo y Ramón Emeterio Betances, que se oponían a un Puerto Rico español o americano, estaban dispuestos a aceptar un Puerto Rico europeo. Ser euroamericanos fue un discurso cuya relevancia no debe ignorarse.

El 1898 lo cambió todo. Más que como un trauma, muchos lo vivieron como la invitación a un ajuste cultural y material. Para las elites significó el acceso a un umbral: el de la Modernización. En 1898 la Modernización tenía  más valor que la Soberanía y la Nacionalidad. Rosendo Matienzo Cintrón era capaz de desgajar la una de la otra y favorecer la Americanización Institucional y la Independencia. El tema de la incapacidad de Puerto Rico para la Independencia, atisbado por Betances y Eugenio María de Hostos, dejó el amargo sabor de que el siglo 19 había sido un error.

Pero el 1898 también representó un reto a la imaginación que produjo el Nacionalismo Puertorriqueño Moderno. Lo que el resto de América creó por medio de la Independencia, el país lo hizo desde la colonia reorganizando la memoria de las más amargas derrotas. La ansiedad de encabalgar el pasado con el presente y el futuro de forma coherente explica la Hispanofilia, el mito de la Gran Familia y la percepción de la Autonomía como Soberanía. Puerto Rico aparecía como un proyecto trunco y una excepción.

Estados Unidos otorgó un papel a su colonia en el nuevo siglo: adelantado del Panamericanismo, frontón del Anticomunismo en la Guerra Fría, Vitrina de la Democracia. Lo convirtió en muestrario que sugería la posibilidad de un orden justo como el Nuevo Trato, como  ápice de una dependencia benévola con la que muchos soñaban. Lo que ha ganado el país es que se le vea con piedad y se le conciba como una gigantesca feria híbrida en donde se realiza el sueño de ser sajón y latino a la vez.

Las lecciones que derivo son varias. El panorama demuestra la inutilidad del insularismo: la interacción con las Américas ha sido larga y multidireccional y ha sido coronada con la ignorancia mutua más notable. Puerto Rico demuestra que es posible ser americano de una diversidad de modos. ¿Existe mejor herencia que esa?

Publicado en Claridad-En Rojo 9 de septiembre de 2009: 15.


Herodoto de Halicarnaso,  “¿Son egipcios los colcos?” en  Encuestas o Historias, (Fragmento 2)

HerodotoLos colcos parecen ser de origen egipcio, hecho que advertí yo mismo antes de ser instruido de él por otros. Tan pronto como llamó mi atención, hice averiguaciones en ambas naciones y descubrí que los colcos guardan más recuerdo de los egipcios que éstos de aquéllos Los egipcios proponen la teoría de que los colcos fueron restos del ejército de Sesostris. Yo basé mis propias conjeturas en el hecho de que los colcos tienen tez oscura y cabello lanoso -características no decisivas por sí mismas, por ser comunes a otras razas- y con mayor seguridad en este otro hecho: los colcos, egipcios y sudaneses son los únicos miembros de la raza humana que practican la circuncisión infantil. Los fenicios y los sirios palestinos admiten abiertamente que han tomado la costumbre de los egipcios, en tanto que los sirios de orillas de los ríos Termodon y Partenio y sus vecinos los macrones, declaran haberlo tomado recientemente de los colcos. Esta es una lista agotadora de las razas que practican la circuncisión, y todas parecen ser imitadoras de los egipcios. Como entre los mismos egipcios y los sudaneses no puedo decir qué parte fue la que copió a la otra, pues la costumbre data al parecer en ambos países de la remota antigüedad. Para la teoría de que los demás la tomaron en el intercambio con los egipcios, encuentro una sólida confirmación en el hecho siguiente. Los fenicios que tienen comercio con la Hélade, cesan de imitar a los egipcios y dejan de circuncidar en la generación siguiente. Incidentalmente, permítaseme mencionar otro punto en que los colcos recuerdan a los egipcios. Ellos y los egipcios son los únicos que poseen un método idéntico de trabajar el lino, además de lo cual ambas naciones presentan  marcadas semejanzas en su vida social y su lengua.

Comentario:

Herodoto estableció las bases de una metodología confiable para los historiadores. El texto  anterior es un modelo de ello.

El fragmento demuestra como el historiador elaboraba una hipótesis y como recurría a la ejecución de un ejercicio de comparatismo cultural con el propósito de establecer una línea de evolución coherente que explicara la relación entre aquellos dos pueblos.  A través de ese procedimiento, pudo llegar a conclusiones legítimas respecto a su problema: el origen de la gente del Cólquide y sus parecidos con el pueblo de Egipto.

La observación detenida y crítica de  ambas culturas fue crucial. El ejercicio retórico que consiste en enumerar los rasgos étnicos y costumbres de ambos pueblos, y la búsqueda de similitudes y diferencias en las prácticas sociales, lo preparan para proponer la tesis de la existencia de una línea evolutiva entre ambos pueblo que, en términos generales, resulta convincente.

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Las bases del tipo de discurso que produce Herodoto se encuentran en una diversidad de espacios que muchos consideran ajenos a la historiografía. Visto de este modo, la historia como indagación o encuesta es producto de un agregado de procedimientos que la enriquecen como medio de expresión literaria. El papel que la épica y el drama jugaron en la configuración de la textualidad herodotiana fue crucial. Limitar la maduración del género a la tradición de los logógrafos y los genealogistas no explica todo el problema de la complejidad de la historiografía.

La épica

La épica es una narración poética-fantástica transmitido oralmente que representa una explicación legítima de la historia colectiva de una etnia dada. La Ilíada y la Odisea , textos atribuidos por la tradición a un aedo y poeta llamado Homero, son el más conocido ejemplo de ello. El hecho de que hoy se reconozca que Homero es un personaje imaginario no ha hecho mella en la confiabilidad y el valor de los textos. Por el contrario, el reconocimiento de que ambas son el  producto de múltiples voces anónimas afianza la idea de que la colectividad habla por medio del texto poético. Argumentos similares podrían esgrimirse a la hora de enfrentar el Ramayana, El Cantar del Mío Cid o el Cantar de la Hueste de Ígor en contextos completamente distintos.

HomeroLa estructura en verso que posee la épica servía de apoyo para la memorización del texto. La recitación pública tomaba el carácter de un rito de reactualización del pasado memorable. Pero se sabe que el aedo o cantor público, la reformulaba en la medida en que la exponía una y otra vez. Una alteración del ritmo de un verso podía implicar un cambio semántico palpable.

La épica tenía una función intelectual crucial: explicar el origen del pueblo que la produceía, los aqueos. El proceso de contar la hazaña colectiva de ese pueblo se elaboraba mediante el recurso a fuertes tonalidades militares. Pero también correspondía a la épica una  función ética, a saber, establecer unos códigos de comportamiento respetables que sirvieran de modelo al hombre común. En esa dirección el heroísmo y el honor o timé que ello acarreaba, se expresaban como valores masculinos y exclusivos, accesible en especial a las clases altas. La relación entre ese código heroico masculino y el proceritismo, es crucial para la tradición occidental-cristiana y la imago mundi que esta desarrollaría más tarde.

El código heroico enaltecía  la figura del militar por razones obvias. La milicia helénica a la que alude era elitista: el avituallamiento del soldado era responsabilidad del  hogar u oikos. Por ello, solo quien poseía suficientes bienes podía hacerse militar. La relación entre aquel principio de exclusividad que justifica la posesión del honor es uno de los  fundamentos de la caballería medieval que perecerá burlada bajo la escritura de Cervantes en El Quijote y las navajas francesa durante la revolución del tercer estado.

La épica aporta a  la historiografía helénica, y por medio de esta a la historiografía cristiano-occidental, la figura del héroe o el protagonista. A través de este justifica la invención del antagonista a la vez que introduce en la narración la metáfora del conflicto que debe resolverse. De este modo la narración histórica adopta la tensión o suspenso de lo narrado como un componente de la narración del pasado.

El drama trágico

El impacto del  drama trágico se encuentra más bien en el aspecto estructural. El drama trágico se desarrolló como un comentario a los temas de la épica. El medio performativo discute problemas éticos mediante una trama en la que participaban personajes divinos y heroicos a los cuales se  les adjudican valores atemporales, eternos o sincrónicos. En términos literarios, se trataba de personajes planos o tipos diáfanos que representan valores fijos como ocurre, por ejemplo, en la fábula moral. La participación del pueblo o demos en el drama trágico se establecía mediante el coro verdadera metáfora del yo colectivo que observa, juzga y aprende.

IliadaEl drama trágico se organizaba como un relato por etapas. Tenía una exposición, un desarrollo, un nudo y un desenlace. La impresión de que el drama era un texto lineal, cronológico y diacrónico fue un modelo crucial para la historia narrativa en su momento. Lo que recoge la historiografía del drama es esa  estructura clásica o la idea de la progresión que no abandona la circularidad del rito. Ello sirvió de guía para la exposición elegante de la historia que sobrevivió hasta el Romanticismo. El drama también afirmó la finalidad moral que el occidente-cristiano usó para crear la idea de la Historia Magíster como un discurso con un fin moral y cívico definido.

La tradición de los logógrafos o escritores del pensamiento completa el cuadro. La finalidad de aquellos funcionarios era fijar por escrito los acontecimientos que afectaban los procesos de poder. Se trataba de una labor común a buena parte de las sociedades civilizadas antiguas. Como se sabe, los escribas estaban exentos de impuestos en Egipto Antiguo y la memorización era un rasgo esencia  para la educación cívica en Sumeria-Babilonia. Del mismo modo, las genealogías o las líneas de prosapia y herencia, eran claves en el mundo hebreo.

Pero en aquellos casos la discusión del pasado o de la historia, se encontraba disuelta en el saber que hoy denominamos literatura. Lo que una vez se llamó protohistoria, era una forma de expresión híbrida que servía a las estructuras de poder y ofrecía argumentos para fijar las jerarquías sociales.

Los logógrafos

El logógrafo helénico realizaba un trabajo banal. Eran archivistas, funcionarios del estado, cumplían un trabajo de encargo: fijar los eventos importantes de la civitas en una recopilación acrítica. Su labor no incluía un proceso apropiado de interpretación. La meta era componer la memoria o cronohistoria colectiva. En verdad, la selección de acontecimientos ya representaba un proceso de interpretación en la medida en que producía un dictum e indicaba lo que se debía recordar y lo que no.

Por su posición, el logógrafo investigaba y organizaba genealogías. Como ya se sugirió antes, las genealogías eran valiosas en sociedades aristocráticas en la medida en que  legitimaban el poder y el saber. Adjunto con ello, los logógrafos también eran inventores y narradores de historias. Ese fue el papel de un Hecateo y de un Cadmos de Mileto en su momento.

La tensión narrativa, la estructura lineal y conflictiva y el carácter clasista y aristocrático de la historiografía helénica pueden ser trazados hasta esas fuentes. La persistencia de ello en la historiografía occidental-cristiana es otra deuda que no debe ser olvidada.


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La voz narrativa del historiador, como la del narrador literario, conoce la totalidad del relato y se topará con la necesidad de jugar con el tiempo para conseguir el efecto persuasivo que se ha propuesto. Por eso se ve precisado a utilizar procedimientos narrativos que quiebran la línea temporal lógica.

HistoriadorEn el proceso de narrar un relato en presente histórico, las necesidades de la narración lo fuerza a recurrir a la analepsis o a la referencia al pasado inmediato del presente histórico; y a la prolepsis o a la referencia al futuro inmediato del presente histórico aludido. La narración histórica es, en ese sentido, un viaje simbólico a través del tiempo.

Cuando se elabora una narración sobre la Insurrección o Revolución de Lares y San Sebastián, siempre será necesario hacer referencia a los antecedentes de la misma para facilitar la comprensión de ciertos problemas. La conjura de la “Sociedad Abolicionista Secreta” de 1857, o el “Motín de los Artilleros de San Juan” de 1867, son lugares comunes.  Pero también será necesario referirse a los consiguientes del acontecimiento. La “Abolición de la Esclavitud Negra” y la “Supresión de la Libreta de Jornaleros” de 1873, son ejemplo de ello. El narrador histórico reconoce que permanecer siempre en el presente histórico es una utopía.

También el narrador histórico se ve precisado a recurrir a la retrospección o a la referencia al pasado remoto para darle sentido a un acontecimiento. Hablar de Insurrección o Revolución de Lares y San Sebastián sin referirse al contexto del separatismo en general, resulta útil para el propósito de la comprensión de ciertos problemas históricos concretos.

Del mismo modo, con el fin de hacer comprensible un juicio o la prospección o a la referencia al futuro remoto, a fin de darle sentido a un argumento. Referirse al hecho de que las autoridades militares de Estados Unidos ocuparon los expedientes judiciales de  Insurrección o Revolución de Lares y San Sebastián al momento de la invasión siempre es de utilidad para comprender el fenómeno del coloniaje de un modo distinto.

Las narraciones históricas usan los recursos típicos de la narración literaria en especial la novela. La descripción de un templo, de una plaza, de una ciudad o de un escenario dado siempre implica una pausa en la relación de acontecimientos que componen un proceso. Los narradores históricos recurren en sus textos al sumario o a la síntesis comprensiva de información general que sirve para poner al día al receptor o al lector respecto a la trama histórica. Del mismo modo, en ocasiones se recurre a la elipsis o el silencio, en especial cuando se suprime  información sobre la base de la presunción de que son cuestiones obvias, dadas o sobreentendidas. El uso de estos recursos dependerá de la capacidad del narrador histórico y del receptor al cual dirija su discurso.

En ocasiones, la narración histórica se ralentiza o la narración se hace lenta o cesa por completo, con el propósito de introducir comentarios reflexivos, interpretativos o tesis de la voz narrativa sobre un punto polémico. Se trata de digresiones que hablan mucho del autor y que, acorde con su contenido, enriquecen o devalúan el discurso o la narración histórica.

Lectura y recepción histórica

La aproximación a los textos históricos es diversa. La lectura o recepción de los mismos depende de las necesidades del receptor. En ocasiones se trata solo de una lectura informativa. La finalidad de la misma es el acopio de datos. Los procesos de acopio de datos no son mecánicos ni independientes de interpretación. Los historiadores discriminan respecto a cuales datos recuperan cuáles no. Los lectores y receptores del discurso hacen el mismo ejercicio. Se trata de dos cedazos superpuestos en donde siempre entran en juego los prejuicios de una y otro.

Biblioteca_tardeEn otros casos se trata de una lectura interpretativa. La intención de la misma es el diseño o invención de un orden para la información que sugiera la realidad. En este caso, los procesos de adjudicación de un sentido a la información predominan. Los historiadores hacen un ejercicio de interpretación que luego será reinterpretado por los lectores y receptores del discurso. Se trata, otra vez, de dos cedazos superpuestos en donde siempre entran en juego los prejuicios de una y otro.

Los procesos de interpretación están determinados por una variedad de factores. La información que ve el historiador ya ha sido la interpretada por otro. La que ve el lector y el receptor es la interpretación de una interpretación. La formación del historiador, su habilidad para elaborar hipótesis y preguntas respecto a la información, los principios y  paradigmas en los que confía y que modelan su interpretación, es decir, sus pre-juicios y su habilidad literaria para producir un texto que diga lo que él desea que sea dicho, son elementos cruciales.

En fin, la historiografía siempre es un terreno movedizo e incierto. Quien busque seguridad y firmeza en la interpretación historiográfica se equivoca.


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Una vez interpretada la historia como un ejercicio de narración la imagen del historiador tiene que ser ajusta. El historiador es un narrador. La posición del narrador histórico ofrece una diversidad de posibilidades.

El narrador histórico puede emitir su discurso desde la primera persona colectiva. De ese modo, cada vez que el emisor emita un juicio sobre un asunto polémico, se referirá a sí mismo con el pronombre personal colectivo nosotros. Se trata de un acto ficticio autorizado por el uso. Quien formula el juicio es el yo. La práctica de esta invención tiene que ver con supuesto valor de la modestia con respecto al saber y con la presunción de que la historia y sus juicios poseen un carácter universal.

BatistaSu uso reafirma la tradición de la Universidad Medieval a la par que la de la Academia Ilustrada y la Universidad Moderna y crea la impresión de que los historiadores son parte de un gremio que posee una voz común. El uso de la primera persona colectiva ha comenzado a ser retado en tiempos recientes una vez se admite el carácter singular, individual y particular de la producción histórica. El valor que dicho procedimiento tiene es que afirma uno de los caracteres más celebrados por la tradición: como expresión sugiere la posición del observador ajeno que sueña la historiografía racional, positiva y científica. El lenguaje afecta el contenido del discurso en la medida en que sugiere la objetividad e imparcialidad del narrador histórico.

Pero el narrador histórico también puede emitir su discurso desde la primera persona protagonista. Ese sería el caso de las memorias, la autobiografía de Luis Muñoz Marín, o las bitácoras de guerra de Cayo Julio César en La Guerra de las Galias o Jenofonte en La expedición de los 10,000. En este caso el uso de la primera persona singular no despierta suspicacias aunque se sabe que, en ocasiones, se suprime el mismo. Después de todo, el emisor del discurso funciona como el protagonista de los procesos que tienden a ser relatados en función suya. Cayo Julio César hablaba de sí mismo en segunda persona singular en un intento de desdoblamiento simbólico.

La experiencia con la lectura de este tipo de narraciones históricas es que informa al lector sobre las representaciones que el escritor se hizo sobre su tiempo. Las reflexiones de memorialista ante un acontecimiento presente, son distintas a las que elabora sobre el mismo cuando este es cosa del pasado. Al historiógrafo le interesa establecer hipótesis precisas sobre cómo cambia la representación de un fenómeno a través del tiempo y del espacio incluso en los juicios de un mismo emisor o narrador histórico.

CordovaOtra forma que adopta el narrador histórico es la primera persona testigo. En este caso, el narrador es un mero testigo del acontecimiento y participa del mismo como un actor secundario y a veces como un antagonista. En el primer caso, un buen modelo sería la obra de Lieban Córdova, 7 años con Muñoz Marín 1938-1945, escrita en 1945 y hecha pública en 1989. Córdova fue el primer secretario-estenógrafo del Vate cuando este organizó el Partido Popular Democrático. Para el segundo caso, basta recordar la Respuesta… de Fulgencio Batista a la Revolución Cubana que apareció en México en 1960.

En ambos casos, se presume la subjetividad del texto sobre la base de que, en efecto, la finalidad del mismo es afirmar la mirada del yo individual. Este tipo de documentos también son una excelente fuente para el estudio de las representaciones fluctuantes que la persona histórica, transformado en personaje histórico, utiliza para comprender su situación en el tiempo y en el espacio. Debe tenerse en cuenta que toda persona se transforma en personaje una vez es narrado históricamente.

En el caso de la primera persona individual el narrador histórico habla por su voz propia y se hace cargo de todos sus juicios. En el proceso ofrece sus impresiones sobre un momento complejo y, en muchas ocasiones, el estilo y la construcción textual lo marginan del mundo académico y profesional. Ese es el caso del valioso documento histórico escrito por David Rodríguez Graciani, ¿Rebelión o protesta? La lucha estudiantil en Puerto Rico publicado en 1972. El autor era un pequeño comerciante de Mayagüez, padre de dos jóvenes universitarios involucrados en las duras protestas contra el servicio militar obligatorio que tanta violencia produjeron en aquella época.

La situación del narrador histórico es incierta. Narrar una historia no hace a la persona un historiador. Luis Muñoz Marín, Lieban Córdova, Fulgencio Batista y David Rodríguez Graciani no son considerados historiadores, pero Cayo Julio César y Jenofonte. La subjetividad de uno y otro no está en cuestión. Lo que hace que este grupo de narradores históricos sean segregados es otro tipo de pre-juicios culturales que revisaré en otro momento. Con todo, debe quedar claro que la situación del narrador histórico ante la narración histórica es mucho más diversa que lo planteado.


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En principio, todo relato histórico, como el mito, la épica o la novela, está clausurado. Esto significa que el mismo tiene un principio y un fin. El historiador es quien determina, de acuerdo con toda una serie de condiciones objetivas y subjetivas, donde comienza donde termina su relato. Los procesos de selección de esos límites son un asunto que le interesa a los historiógrafos. Esos límites o extremos simbólicos representan las fronteras de la historia relato.

La historia relato o es un todo que, con las características de un continuo coherente, cuenta algo que ya pasó o terminó. En ese sentido, todo relato histórico, si bien se refiere a un conjunto de acontecimiento que se presumen propios del mundo real, se opone al mundo real. Lo que queda después de ese proceso de invención es una impresión o una traza de lo real. El relato histórico siempre irrealiza lo real porque no lo puede re-producir. Solo se trata de una reconstrucción post-facto. En esa presumible fragilidad es que radica la explicación a la plasticidad de la historia.

La historia debe ser comprendida entonces como un relato imaginario más. Los relatos imaginarios son interpretaciones de la realidad. No equivalen a la realidad que, en ese sentido, es por completo evasiva. La aceptación de este criterio, contrario a la noción de historia científica, no le quita méritos a la disciplina. Lo que se cuestiona es la presunción de verdadera de ciertas interpretaciones históricas. La determinación de una interpretación verdadera de la historia convertiría la discusión del pasado en un ejercicio de simple memorización. No tendría sentido estudiar más allá de algo que se considera verdadero. La verdad cumpliría en ese sentido la función de un Dios incuestionable, definitivo y autoritario que no admitiría reto de ninguna clase.

Formas del relato histórico

El relato histórico es un discurso y todo discurso es una interpretación emitida por un sujeto que tiene la finalidad de persuadir al receptor sobre su validez. El historiador, dada su condición de autor, proyecta mucho de la individualidad en cada relato histórico. La imparcialidad u objetividad siempre es relativa. La idea de la historia verdadera se fragiliza no solo porque se trata de una reconstrucción post-facto, sino por la individualidad cambiante del que lo inventa y lo organiza: el historiador.

SartreEl relato histórico puede organizarse de una diversidad de maneras igual que el mito, la épica o la novela. La manera ideal es el relato diacrónico y lineal. En esta modalidad, un acontecimiento sucede a otro y lo explica por una relación de causa-efecto acorde con su aparición en el tiempo- espacio. Digo que se trata de una presunción ideal porque, como se sabe, una multiplicidad de cosas ocurren a la vez en un momento dado.

Ese fue el ejercicio que ejecutó el escritor francés Jean-Paul Sartre en su libro Las palabras publicado en 1964; o lo que consiguió el escritor británico Lawrence Durrell en su tetralogía de novelas El cuarteto de Alejandría que se publicaron entre 1957 y 1960.  La idea de que la realidad en tanto que representación o percepción no es una, es crucial para comprender la complejidad del pasado y de los relatos sobre el pasado. Sartre trató de jugar con la idea de la diversidad de acontecimientos que se suceden en un momento. Durrell con la diversidad de versiones que pueden explicar de manera legítima un acontecimiento.

DurrellOtro modo general de organizar el imaginario del pasado es por medio del relato sincrónico, no lineal o simultáneo. En este caso se acepta la situación de que una diversidad de acontecimientos sucede en un momento dado de manera paralela. La concepción de la realidad como un ente plural, como un conjunto de realidades paralelas se impone. El problema es que el lenguaje, oral y escrito, no es capaz de reflejar esa complejidad

El relato histórico se fragmenta, separan y deslinda los acontecimientos por categorías, y solo entonces los relata, como si se tratara de un constante viajar simbólico en el tiempo-espacio, como si nunca se saliera del viaje cuando se cuenta la historia. Ese ejercicio fue el que hizo el narrador francés Marcel Proust en su ciclo de novelas En busca del tiempo perdido escritas entre 1902 y 1922.

Una u otra forma del relato histórico cumplen con la finalidad de ofrecer una imagen del pasado. El papel decisivo –organizador- lo cumple el receptor en la medida en que lo posee y lo hace suyo.

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