• Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Paul Ricoeur sostenía que la forma más universal que toma el proceso de “comprender” empáticamente el pasado es la de una narración. Para el sociólogo francés la narración “es el medio primario de conocer el mundo”. En sus libros Tiempo y narración (1994-1996) y Relato: historia y ficción (1994),  afirmaba que sabemos y explicamos el mundo a los demás esencialmente por medio de narraciones o relatos.El acto de narrar es común a todos los seres humanos y todos los tiempos. Hasta donde se sabe, tanto las sociedades naturales como las civilizadas, desarrollaron destrezas narrativas para diversos fines sagrados o mágicos, y profanos o prácticos. Narrar una serie de acontecimientos ubicados en el tiempo y en el espacio ya sea sagrado o profano, era una manera eficaz de comprender el mundo, reproducir el saber e inventar una identidad legítima. Narrar era una recurso que permite  volver a vivir lo narrado y, en cierto modo, regresar a estar allí simbólicamente según ha sugerido Mircea Eliade, historiador de las religiones. La posibilidad de que se desarrollasen valores colectivos que estimularan la solidaridad entre los grupos humanos al cabo de esos ejercicios quedaba asegurada con ello.

Oralidad y grafía

El acto de narrar, sin embargo, tomaba una diversidad de formas. En las sociedades y comunidades  ágrafas se recurrió al espacio de lo oral. En las sociedades y comunidades que desarrollaron la grafía, desembocó en la narración escrita. La relación entre lo oral y lo escrito siempre ha sido contenciosa. Si bien es cierto que se presume que la escritura ha sido capaz de traducir con fidelidad las numerosas tradiciones de la oralidad, la naturaleza distinta de uno y otro medio hacía inevitable la reformulación de la primera en la segunda. Las versiones orales y las versiones escritas informa sobre el mismo objeto de un modo distinto apelando a sentidos biológicos distintos.

El texto oral es re-textualizado y re-inventado, en la medida en que es fijado mediante la escritura. La plasticidad y contingencia de la oralidad se invisibilizan tras el proceso de la transformación del testimonio oral en un documento escrito. En términos técnicos la narrativa oral es un proceso en el cual hay una transferencia de información en presencia, desde la cercanía; mientras que la narrativa escrita es un proceso de  transferencia de información en ausencia, desde la distancia. La forma de la transferencia se imprime en la información, la transforma y afecta su comprensión. No produce el mismo efecto entrevistar un sujeto que leer la entervista luego de que ha sido redactada.

Los textos narrativos orales o escritos, pueden adoptar diversas formas o estructuras tales como el verso, en el modelo de la poesía narrativa o épica; o la prosa, como ocurre en el caso de numerosas fábulas, leyendas, apólogos o parábolas, hasta los dichos y los refranes. Pero los textos narrativos orales y escritos también pueden tener una diversidad de estilos y contenidos que se mueven desde los extremos de las narraciones fantásticas fronterizas entre la imaginario y real; hasta narraciones realistas que tratan de evadir los hechos y reflejar el acontecer de una manera más o menos precisa y hasta exacta. Los propósitos u objetivos de los textos narrativos orales y escritos son numerosos. Se narra lo mismo con una finalidad informativa e ilustrativa, o con una finalidad instructiva y moral. Pero lo cierto es que informar de un modo dado  implica siempre un acto inconsciente de instrucción y persuasión. Los ámbitos sólo están separados de una manera simbólica.

Michel_Foucault

Michel Foucault

El otro asunto que hay que tomar en cuenta es la cuestión del autor. El autor es la causa o fundamento de la narración, el que la produce o la inventa e, inevitablemente, la personaliza. Ello implica que la narración no es siempre igual a sí misma aunque cuente los mismos acontecimientos si el autor es otro. El autor, como decía Michel Foucault en El orden del discurso, conferencia dictada en 1970 en el Collège de France, es quien da los nudos de coherencia y su inserción en lo real al discurso en general y al discurso narrativo en particular.

El autor puede ser desconocido como el anónimo del cuento egipcio Los dos hermanos, o el de la épica hispana de El Cid. O puede ser colectivo desconocido, como es el caso de  la épica helénica La Ilíada o la hindú El mahabharata. O puede ser un individuo como ocurre en las Encuestas o Historias de Heródoto. Lo cierto es que lo mismo sea un texto narrativo en verso o prosa, anónimo colectivo o acreditable a un autor conocido, el texto o lo narrado siempre representan un gesto de poder en la medida en que el mismo representa una propuesta organizada sobre un conjunto de fenómenos o acontecimientos. Narrar es organizar una imagen de lo que se narra, imagen que aspira a ser aceptada por los receptores de la misma como una legítima, es decir, en conformidad con algo que se considera verdadero o genuino.

Desde este punto de vista, hacer historia es, en lo fundamental, narrar. La historia es el relato o el discurso sobre los fenómenos del pasado, y los  textos históricos son una forma de los textos narrativos. En consecuencia, la historia se desenvuelve como un relato narrativo que establece una relación contenciosa entre lo real y lo imaginario, o entre lo verdadero o lo falso. Dado que el pasado nunca es recuperable, la historia siempre es un reflejo imaginario de aquel. Su condición de relato convierte a la historia en un fenómeno ficcional clásico y complejo.