Cornelio Tácito,  «De las costumbres, sitios y pueblos de la Germania» en De Germania (Fragmento)

Origen: [El nombre de] Germania es nuevo y añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rhin y echaron a los Galos de sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos. Y de tal manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación que primero había pasado el Rhin, que dio nombre a toda la gente: y todos los demás al principio tomaron el nombre de los vencedores, por el miedo que causaban, y se llamaban Tungros: y después inventaron ellos mismos propio y particular nombre, y se llamaron universalmente Germanos. (…)

Yo soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se juntaron en casamientos con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos, sin parecerse a sí mismos. De donde procede que un número tan grande de gente tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes solamente para el primer ímpetu. No tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y obras de él; no son sufridores de calor y sed, pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la aspereza e inclemencia de tal suelo y cielo. (…)

germanosGeografía: La tierra, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene. Por la parte que mira las provincias de las Galias es mas húmeda, y por la que el Norico  y Panonia, más sujeta a aires. Es fértil de sembrados, aunque no sufre frutales; tiene abundancia de ganados, pero no de aquella grandeza y presencia que en otras partes: ni los bueyes tienen su acostumbrada hermosura, ni la alabanza que suelen por su frente. Huélganse de tener mucha cantidad, por ser esas solas sus riquezas y las que más les agradan. No tienen plata ni oro, y no sé si fue benignidad o rigor de los dioses el negárselo. Con todo, no me atrevería a afirmar, no habiéndolo nadie escudriñado, que no hay en Germania venas de plata y oro. Cierto es que no se les da tanto como a nosotros por la posesión y uso de ello: porque vemos que de algunos vasos de estos metales que se presentaron a sus embajadores y príncipes no hacen más caso que si fueran de barro. Bien es verdad que los que viven en nuestras fronteras, a causa del comercio, estiman el oro y la plata, y conocen y escogen algunas monedas de las nuestras; pero los que habitan la tierra adentro tratan más sencillamente, y a la costumbre antigua, trocando unas cosas por otras. Los que toman monedas las quieren viejas y conocidas, como son bigatos y serratos; y se inclinan más a la plata que al oro, no por afición particular que la tengan, sino porque el número de las monedas de plata es más acomodado para comprar menudencias cosas usuales. (…)

Guerra: Eligen sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de los reyes no es absoluto ni perpetuo. Y los capitanes, si se muestran más prontos y atrevidos, y son los primeros que pelean delante del escuadrón, gobiernan más por el ejemplo que dan de su valor y admiración de esto que por el imperio ni autoridad del cargo: mas el castigar, prender y azotar no se permite sino a los sacerdotes; y no como por pena, ni por mandado del capitán, sino como si lo mandara Dios, que ellos creen que asiste a los que pelean. Y llevan a la guerra algunas imágenes e insignias que sacan de los bosques sagrados. Y lo que principalmente los incita a ser valientes y esforzados es, que no hacen sus escuadras y compañías de toda suerte de gentes, como se ofrecen acaso, sino de cada familia y parentela aparte. Y al entrar en la batalla tienen cerca sus prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos de las mujeres y los gritos de los niños: y estos son los fieles testigos de sus hechos, y los que más los alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos van a enseñar las heridas a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de contarlas ni de chuparlas y en medio de la batalla les llevan refresco y los van animando.
De manera que algunas veces, según ellos cuentan, han restaurado las mujeres batallas ya casi perdidas, haciendo volver los escuadrones que se inclinaban a huir, con la constancia de sus ruegos, y con ponerles delante los pechos, y representarles el cercano cautiverio que de esto se seguiría, el cual temen mucho más impacientemente por causa de ellas: tanto, que se puede tener mayor confianza de las ciudades que entre sus rehenes dan algunas doncellas nobles. Porque aún se persuaden que hay en ellas un no sé qué de santidad y prudencia, y por esto no menosprecian sus consejos, ni estiman en poco sus respuestas. (…)

Política: Los príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se tratan en junta general de todos; pero de manera que, aun aquellas de que toca al pueblo el conocimiento, las traten y consideren primero los príncipes. Júntanse a tratar de los negocios públicos, si no sobreviene de repente algún caso no pensado, en ciertos días, como cuando es luna nueva, o cuando es llena; que este tiempo tienen por el más favorable para emprender cualquiera cosa. No cuentan por días, como nosotros, sino por noches. Y en esta forma hacen sus contratos y asignaciones, que parece que la noche guía el día. Tienen esta fata causada de su libertad, que no se juntan todos de una vez, ni al plazo señalado, y así se suelen gastar dos y tres días aguardando los que han de venir. Siéntanse armados y cada uno como le agrada. Los sacerdotes mandan que se guarde silencio y todos los obedecen, porque tienen entonces poder de castigar. Luego oyen al rey o al príncipe, que les hacen los razonamientos según la edad, nobleza o fama de cada uno adquirida en la guerra, o según su elocuencia, teniendo más autoridad de persuadir que poderlo de mandar. Si no les agrada lo propuesto, contradícenlo haciendo estruendo y ruido con la boca; pero si les contenta, menean y sacuden las frámeas, dando con ellas en los escudos que tienen en las manos. Que entre ellos es la más honrada aprobación la que se significa con las armas.

Justicia: Puede cualquiera acusar en la junta a otro, aunque sea de crimen de muerte. Las penas se dan conforme a los delitos. A los traidores y a los que se pasan al enemigo ahorcan de un árbol, y a los cobardes e inútiles para la guerra y a los infames que usan mal de su cuerpo ahogan en una laguna cenagosa, echándoles encima un zarzo de mimbres. La diversidad del castigo tiene respeto a que conviene que las maldades, cuando se castigan, se muestren y manifiesten a todos, pero los pecados que proceden de flaqueza de ánimo débense esconder aun en la pena de ellos. Por delitos menores suelen condenar a los convencidos de ellos en cierto número de caballos y ovejas, de que la una parte toca al rey o a la ciudad, y la otra al ofendido o a sus deudos. Eligen también en la misma junta los príncipes, que son los que administran justicia en las villas y aldeas. Asisten con cada uno de ellos cien hombres escogidos de la plebe, que les sirven de autoridad y consejo.

Costumbres: Siempre están armados cuando tratan alguna cosa, o sea pública o particular, pero ninguno acostumbra traer armas antes que la ciudad le proponga por bastante para ello a la junta, en la cual uno de los principales, o su padre o algún pariente le adornan con un escudo y una frámea. Esta es entre ellos la toga y el primer grado de honra de la juventud. Hasta entonces se tienen por parte de la familia, y de allí adelante de la república. Eligen algunas veces por príncipes algunos de la juventud, o por su insigne nobleza, o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres. Y éstos se juntan con los más robustos, y que por su valor se han hecho conocer y estimar, y ninguno de ellos se corre de ser camarada de los tales y de que los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados más y menos honrados, por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe procuran por todas vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes ponen todo su cuidado en tener muchos y muy valientes compañeros. El andar siempre rodeados de una cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus fuerzas, que en la paz les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y el aventajarse a los demás en número y valor de compañeros, no solamente les da nombre y gloria con su gente, sino también con las ciudades comarcanas: porque éstas procuran su amistad con embajadas, y los hombres con dones, y muchas veces con sola la fama acaban las guerras, sin que sea necesario llegar a ellas.

Comentario:

En el fragmento que he denominado “Origen”, Cornelio  Tácito demuestra el enorme interés de los historiadores por determinar dónde empiezan los procesos que les ocupan. Establecer el origen equivale a buscar un acontecimiento sin antecedente inmediato que, en la realidad de las cosas, no existe. El tema del origen traduce la idea del inicio de los tiempos –in illo tempore– de los mitos. La idea de que “el nombre de los vencedores se impone, por el miedo que causaban” es importante. Sirve para introducir la caracterización de los germanos como un pueblo fuerte que cultiva la pureza racial al no mezclarse con otros pueblos.

En “Geografía” se destacan las limitaciones que les ha impuesto a los Germanos la geografía: “vista horrible”, fértil aunque “no sufre frutales”, buen ganado pero de baja calidad, no poseen oro ni plata y algunas comunidades del interior no lo valoran. Destaca la simpleza de la “economía natural” de los mismos.

En el apartado sobre la “Guerra” se destaca el papel del valor militar en la vida política de los Germanos: se trata de un valor supremo. Los sistemas de castigo social son responsabilidad de los sacerdotes. Guerreros y sacerdotes son las figuras de poder en aquel orden. La guerra conserva muchos elementos de un ritual religioso : las reliquias que cargan los soldados, el papel de las mujeres son expresiones de un ritual que el texto describe pero no interpreta.

En “Política” se destacan la forma en que toman decisiones colectivas: en luna nueva o luna llena, al final o al comienzo de un ciclo astronómico. El papel de los sacerdotes y los guerreros en la toma de decisiones confirma su posición de control social.

La “Justicia” germana ejecuta castigos públicos que deben ser ejemplares. Castigan con más empeño los delitos militares como la traición y la cobardía, según compete a una sociedad guerrera.

En “Costumbres” se confirma que la vida social y el respeto público se establecen sobre el alarde de las capacidades militares. El escudo y la frámea son emblemas de  poder social. Poseerlas significa entrar de lleno a la comunidad como un guerrero maduro. El ritual de la fuerza física era crucial para los germanos. Eso es lo que Cornelio Tácito admiraba más de aquella comunidad bárbara.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor