Nota introductoria

Entre 1184 y 1187 el religioso cisterciense Joaquín de Fiore redactó su Expositio in Apocalypsim, en el que hablaba de la sucesión de tres épocas o estados en la evolución de la humanidad. Cada una de ellas respondía a una persona de la Trinidad y a una determinada categoría de seres humanos. La interpretación que ofrezco de este tipo de documentos finalistas y milenaristas, los relaciona con la discursividad del cristianismo pobre vinculado a la tradición de Pedro y Santiago, cuya mayor preocupación era la segunda venida gloriosa de Jesús, la parusía o el fin de la historia.

Joaquin de Fiore
Los Tres Estados (fragmento)

El primero de los tres estados de los que vamos a hablar se desarrolló en tiempos de la Ley cuando el pueblo del Señor era aún pequeño y permanecía sometido a las servidumbres de este mundo, sin poder atender a la libertad del Espíritu, ya que no había venido aquel del que se dice: «Cuando el hijo os haga libres, seréis verdaderamente libres» (Juan, 8, 66).

El segundo estado nació bajo el régimen del Evangelio y permanece hasta hoy. Hay más libertad que en el pasado pero no tanta como en el futuro. El apóstol Pablo lo dice de la siguiente forma: «Ahora nuestro conocimiento es imperfecto e imperfecta la profecía. Cuando llegue lo perfecto desaparecerá lo imperfecto» (1. Cor., 13, 9-10). Y en otra parte dice: «El Señor es el Espíritu y allí donde está el Espíritu del Señor ahí está la libertad» (2 Cor., 3, 17).

El tercer estado vendrá al fin del mundo, no oculto bajo el velo de la letra, sino en la plena libertad del Espíritu. Entonces será destruido el falso evangelio de los hijos de la perdición y de sus profetas. Quienes se formaron en la justicia serán «semejantes al estallido del firmamento y numerosos como las estrellas en la inmortalidad perpetua» (Dan, 12, 3).

El primer estado, que vivió bajo el régimen de la ley y la circuncisión, comenzó con Adán. El segundo, que vio la luz bajo el régimen del Evangelio, empezó con Ozias. El tercer, en tanto pueda comprenderse el cómputo de las generaciones, se inició en tiempos de San Benito, cuya cautivadora gloria podrá ser contemplada en el momento final, en la época en que se revelará Elías y en la que el incrédulo pueblo judío volverá al Señor de tal forma que el Espíritu clamará por su propia voz siguiendo la Escritura: «Hasta ahora el Padre y el Hijo han actuado conjuntamente; ahora me toca actuar a mí» (Juan, 5, 17).

Puesto que el contenido del Antiguo Testamento se aplica al Padre por propiedad tipológica, y que el contenido del Nuevo Testamento se aplica al Hijo, la inteligencia espiritual que procede de uno y de otro se aplica al Espíritu Santo. Y más aún, como el orden conyugal que prevaleció en la primera época se aplica al Padre por una propiedad tipológica, y el orden de los clérigos de la segunda época se aplica al Hijo, así, el orden de los monjes, a quien pertenecen los últimos grandes tiempos, se aplica al Espíritu Santo. Y siguiendo esto, el primer estado se atribuye al Padre, el segundo al Hijo y el tercero al Espíritu Santo, aunque, de una u otra manera, el estado del mundo se reputa único, y único el pueblo de los elegidos, y todas las cosas en conjunto son muestra del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Comentario:

Joaquín Da Fiore fue un monje benedictino, exégeta o comentarista bíblico y poeta profético que predijo la parusía o el fin de la historia ocurriría en el año  1260. Para el monje la salvación ocurrirá en el tempus, es decir, en el concepto que Agustín de Hipona usa para definir la historia, por lo que la humanidad deberá estar preparada para ello. El análisis de Joaquín es trinitario: la imagen de un Dios trino se usa para establecer una matemática exacta de la historia. La idea de que el tiempo-espacio es un reflejo de la Providencia de Dios justifica el procedimiento.

De ese modo, la historia aparece como un proceso que posee  tres etapas  -la del Padre, la del Hijo, la del Espíritu Santo-, mismas  que corresponden a tres momentos simbólicos -el Nacimiento, la Muerte, la Resurrección-. Las  etapas muestran una evolución en donde la mente -la comprensión de Dios- y la libertad humana -la relación entre la Ley y la Fe-, progresan y se superan constantemente. En el texto de Joaquín también hay una crítica velada a la jerarquía eclesiástica que sugiere su relación con el cristianismo pobre y el reformismo evangélico, fieles creyentes en un cristianismo simple.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor