• Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

La manera de apropiar la historia en la tradición europeo-americana parte de la premisa de que la misma es una invención de Occidente. Con ello se sugiere que, al inventar la historia, Occidente descubre una manera válida de tomar conciencia de sí en un contexto de tiempo y espacio. Por eso occidente ha sido considerada la civilización histórica por antonomasia. Esto explica que cualquier reto a la legitimidad de los discursos históricos resulte escandaloso para los occidentales.

La preconcepción de que Occidente es la única civilización capaz de percibirse históricamente de una manera válida,  es problemática. Una vez se acepta ese argumento, la aspiración a que esa sea la forma en que la humanidad toma conciencia de sí se impone. La conciencia histórica no solo se piensa como una excepción occidental sino como el  instrumento idóneo para que los pueblos no-occidentales desarrollen la suya.

Entrar al escenario de la historia, según se concibe en Occidente, requiere un ejercicio de dominación que se recoge en otro concepto problemático: la prehistoria. La historiografía hispanoamericana en general y la puertorriqueña en particular, está llena de prejuicios filosóficos de ese tipo. La tendencia, hoy desaparecida, a denominar aborígenes a los habitantes prehispánicos es una manifestación de ello. El concepto aborigen encierra una imposibilidad filosófica –nada existe antes del origen-. Pero también implica un prejuicio cultural –afirma el vacío de lo primitivo y la necesidad de llenarlo con un contenido nuevo.

Ahora bien, inventar la historia tal y como se conoce en occidente, y pensar al ser humano en el tiempo y en el espacio parecen ser procesos diferentes cuando se apropian desde esta perspectiva. La metáfora de la paternidad de la historia, común en la discusión de la historiografía clásica también alude a un principio sin antecedente que no tiene sentido.  El concepto padre plantea los mismos problemas filosóficos y culturales  que el concepto origen.

Ya se sabe como el narrador Herodoto, “Padre de la Historia”, alcanzó esa titularidad en Occidente desde el nicho helénico. Una revisión de quién es considerado el Padre de la Historia China, servirá para hacer unas acotaciones respecto a la naturaleza de la historia fuera de la órbita occidental.

Un historiador chino clásico

Sse-ma Ts’ien o Sima Qian (c. 145 – c. 86 AC) nació en una familia de historiadores.  Su padre, Sse-ma T’an o Sima Tan, había laborado  como director de los escribas del emperador Han Wu Di (140-88 AC). Tratándose de un orden aristocrático, la posición de “maestro historiador” era  hereditaria. La relación de historiador y el poder era esencial. Estos funcionarios cumplían la doble función de bibliotecarios y archivistas a la vez que llevaban el calendario de las tareas y los ritos del Emperador.

Poseía una vasta cultura influida por los principios confucianistas, aunque fue un taoísta convencido. Fue un viajero incansable, como Herodoto: viajar y hacer encuestas o pesquisas fue la base de un método común que colocaba al historia en el espacio de una tarea que fluctuaba entre el reportero y el antropólogo modernos. Las investigaciones tenían por objetivo verificar rumores y leyendas. En sus viajes Sse-ma Ts’ien visitó monumentos antiguos incluyendo las tumbas de los reyes míticos Yu y Shun. Verificar las fronteras entre la realidad y el mito eran consustanciales a su tarea.

Sse-ma Ts’ien fue el autor del Shiji o Recuerdos históricos o hechos históricos memorables, considerada por muchos la primera historia general de China, labor que le tomó poco más de 10 años. Los 130 capítulos del libro permiten considerar a Sse-ma Ts’ien como el iniciador de la tradición historiográfica y la biográfica. Su narración se inicia en la época del Emperador Amarillo, fundador mítico de China aproximadamente 3000 AC aproximadamente, y se extiende hasta dinastía Han Occidental (206 AC – 25 DC).

La idea de que el movimiento de la historia depende de las figuras del poder es común a la tradición heleno-latina y la china. En ambos casos, traduce el ordenamiento aristocrático en que surge el discurso de una manera diáfana. Sse-ma Ts’ien también redactó  biografías de Confucio y de Lao Tsé, e inició la costumbre de incluir una breve autobiografía en el prefacio de la obra histórica. La figura del historiador-autor entra en escena de una manera clara

Como Tito Livio, el escritor chino apostó por la posibilidad de una “historia universal” dentro de los límites que la cultura de su tiempo le imponía. Aquella “historia universal”, como cualquiera otra, tenía como finalidad discernir los artefactos que desde un poder central articulaban el todo social hasta unos distantes márgenes.

La historiografía cortesana siempre planteaba sus peligros. En una ocasión el Emperador Wu Di le solicitó que cambiara su juicio en torno a un líder militar que él y la Corte consideraba un enemigo. El historiador se opuso porque no compartía la opinión del poder. El precio de la negativa era el suicidio o la castración. La tradición alega que Sse-ma Ts’ien prefirió ser castrado. Su razonamiento para aceptar el castigo traduce una ética aristocrática muy interesante: su trabajo historiográfico estaba en proceso y suicidarse habría sido una garantía de que el mismo nunca hubiese sido completado.

Sse-ma Ts’ien y la historiografía

La voluntad detrás del discurso historiográfico chino no era distinta a la del heleno-latino. Verificar las versiones confusas del pasado mediante la encuesta o el interrogatorio es un principio común entre ambas tradiciones.  La mayéutica es un método universal de buscar una versión de la verdad. A pesar de la formación aristocrática de Sse-ma Ts’ien, su labor historiográfica no se limitó al halago de los gobernantes. Su conflicto con Wu Di es un ejemplo de ello. Su discursividad también trabajó asuntos económicos, culturales y diversos componentes de la geografía y la etnología. La historiografía era un palimpsesto de saberes que  intentaba recuperar la complejidad de la situación de los seres humanos en el tiempo y en el espacio de una manera coherente.

Su interés en los protagonista de las historia, más allá de la aristocracia a la cual servía es notable. La gentes común que se arma y conquistan el país, los héroes ambiciosos pero cobardes en apariencia, los héroes militares populares, los intelectuales transgresores, asesinos que sorprenden por su humanidad, mujeres que rompen el dominio patriarcal que les impone la sumisión al varón, demuestra que este historiador no siempre mira hacia las esferas del poder para buscar temas de investigación.

Metodológicamente el historiador depende de fuentes escritas, las de su padre Sse-ma T’an , y de los datos que recoge directamente en sus viajes. La relación entre la fuente secundaria y la primaria es obvia. El propósito al que se sirve era la determinación de la verdad dentro de un conjunto de fuentes contradictorias. Para ello el historiador clasificaba los expedientes y los datos, buscaba patrones predecibles dentro del conjunto de acontecimiento, e intentaba derivar de ello principios básicos para comprender el comportamiento humano y su relación con la divinidad. La relación entre la esfera de los sagrado y la de lo profano, como en la tradición del Medio Oriente, era relevante. Sse-ma Ts’ien concluye, como Tucídides,  que la voluntad individual rige la historia.

Su estilo crítico y personal, sus descripciones  realistas y atractivas, el recurso al diálogo en la narración, el uso de un lenguaje informal, hace de sus textos un producto literario atractivo que influyó en el cuento y la novela china posteriores. La idea de que el historiador no es ajeno al texto histórico que produce, en Occidente eso sería traducido en la idea de la subjetividad, se confirma en el hecho de que Sse-ma Ts’ien inserta opiniones y comentarios personales en el texto, sin    que se pueda alegar que pierde la compostura o el equilibrio intelectual. La idea de la independencia del escritor, esencial para la concepción del historiador como un autor, me parece crucial.

El sinólogo francés Jacques Gernet ha destacado que Sse-ma Ts’ien  posee “uno de los mejores estilos de la historia literaria de China , (…) un gran poder de síntesis, (y) dibuja por primera vez y gracias a las tradiciones orales, a los textos y a los archivos y testimonios contemporáneos, un cuadro de toda la historia del mundo chino desde sus orígenes”. Las convergencias entre la discusividad de la China Antigua y las del Medio Oriente y el orbe heleno-latino demuestran que tomar conciencia de sí en un contexto de tiempo y espacio no es un privilegio de Occidente.