“Cuanto dominio tiene la fortuna en las cosas humanas y de qué modo podemos resistirle cuando es contraria”

  • Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, es decir Dios, gobierna de tal modo las cosas de este mundo que los hombres con su prudencia no pueden corregir lo que ellas tienen de adverso, y aun que no hay remedio ninguno que oponerles. Con arreglo a esto, podrían juzgar que es en balde fatigarse mucho en semejantes ocasiones y que conviene dejarse gobernar entonces por la suerte. Esta opinión no está acreditada en nuestro tiempo, a causa de las grandes mudanzas que, fuera de toda conjetura humana, se vieron y se ven cada día. Reflexionándolo yo mismo, de cuando en cuando me incline en cierto modo hacia esta opinión; sin embargo, no estando anonadado nuestro libre albedrío, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestras acciones; pero también es cierto que ella nos deja gobernar la otra, o a lo menos siempre algunas partes. La comparo con un río fatal que, cuando se embravece, inunda las llanuras, echa a tierra los árboles y edificios, quita el terreno a un paraje para llevarle a otro. Cada uno huye a la vista de él, todos ceden a su furia sin poder resistirle. Y, sin embargo, por más formidable que sea mi naturaleza, no por ello sucede menos que los hombres, cuando están serenos los temporales, pueden tomar precauciones contra semejante río, haciendo diques y explanadas; de modo que cuando él crece de nuevo, está forzado a correr por un canal, o que al menos su fogosidad no sea tan licenciosa ni perjudicial.

Sucede lo mismo con respecto a la fortuna; no ostenta ella su dominio más que cuando encuentra un alma y virtud preparadas; porque cuando las encuentra tales, vuelve su violencia hacia la parte en que sabe que no hay diques ni otras defensas capaces de mantenerla.

Si consideramos la Italia, que es el teatro de estas revoluciones y el receptáculo que les da impulso, veremos que es una campiña sin diques ni otra defensa ninguna. Si hubiera estado preservada con la conducente virtud, como lo están la Alemania, España y Francia, la inundación de las tropas extranjeras que ella sufrió no hubiera ocasionado las grandes mudanzas que experimentó, o ni aún hubiera venido. Baste esta reflexión para lo concerniente a la necesidad de oponerse a la fortuna general.

Restringiéndome más a varios casos particulares, digo que se ve a un cierto príncipe que prosperaba ayer caer hoy, sin que se le haya visto de modo ninguno mudar de genio ni propiedades. Esto dimana, en mi creencia, de las causas que he explicado antes con harta extensión, cuando he dicho que el príncipe que no se apoya más que en la fortuna cae según que ella varía. Creo también que es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la calidad de las circunstancias, y que no puede por menos de ser desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos. Se ve, en efecto, que los hombres, en las acciones que los conducen al fin que cada uno de ellos se propone, proceden diversamente: el uno con circunspección, el otro con impetuosidad; este con violencia, aquel con mafia; el uno con paciencia, y el otro con una contraria disposición; y cada uno, sin embargo, por estos medios diversos puede conseguirlo. Se ve también que de dos hombres moderados el uno logra su fin y el otro no; que por otra parte, otros dos, uno de los cuales es violento y el otro moderado, tienen igualmente acierto con dos expedientes diferentes, análogos a la diversidad de su respectivo genio. Lo cual no dimana de otra cosa más que de la calidad de los tiempos que concuerdan o no con su modo de obrar. De ello resulta lo que he dicho; es, a saber, que obrando diversamente dos hombres logran un mismo efecto, y que de otros dos que obran del mismo modo, el uno consigue su fin y el otro no lo logra. De esto depende también la variación de su felicidad; por que si, para el que se conduce con moderación y paciencia los tiempos y cosas se vuelven de modo que su gobierno sea bueno, prospera él; pero si varían los tiempos y cosas, obra su ruina; porque no muda de modo de proceder…

El papa Julio II procedió con impetuosidad en todas sus acciones y halló los tiempos y cosas tan conformes con su modo de obrar que logró acertar siempre… La brevedad de su pontificado no le dejo lugar para experimentar lo contrario, que sin duda le hubiera acaecido; porque si hubiera convenido proceder con circunspección él mismo hubiera formado su ruina, porque no se hubiera apartado nunca de aquella atropellada conducta a que su genio le inclinaba.

Concluyo, pues, que si la fortuna varia y los príncipes permanecen obstinados en su modo natural de obrar, serán felices, a la verdad, mientras que semejante conducta vaya acorde con la fortuna; pero serán desgraciados desde que sus habituales procederes se hallen discordantes con ella. Pensándolo todo bien, sin embargo, creo juzgar sanamente diciendo que vale mas ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y es necesario, por esto mismo, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla. Se ve, en efecto, que se deja vencer más bien de los que le tratan así que de los que proceden tibiamente con ella. Por otra parte, como mujer, es amiga siempre de los jóvenes, porque son menos circunspectos, mas iracundos y le mandan con más atrevimiento.

Tomado de Nicolás Maquiavelo. El príncipe, 12ma edición (1970). Madrid: Espasa-Calpe. Págs. 121-125.

Comentario:

Dentro del marco de la Rueda de la Fortuna, la vida en la historia se metaforiza en un ciclo azaroso. Fortuna –deidad latina-estaba ligada en Roma a la suerte buena –al fasto-. Se trata de una deidad optimista y un culto de plebeyos. En el proceso de premiar o castigar a los hombres, ocasionalmente se imponía a los Dioses. Era una deidad femenina muy humanizada e interesante.

Los humanistas introdujeron el concepto en la Historiografía convirtiéndola en una expresión renovada de la Providencia de Dios. Mediante ese procedimiento, convirtieron al azar y su entrejuego con la Virtus, la  Voluntad activa y las Pasiones, en el Motor de la Historia. El Providencialismo estaba minado en su interior.

Para Maquiavelo, la Historia es el espacio de acción de la  Fortuna en competencia con la Virtus. La Fortuna son los designios divinos: el poder o influjo de la Providencia o el Hado. si uso un lenguaje más pagano. La Virtus es la capacidad creadora: el esfuerzo humano o su albedrío. La fórmula de Maquiavelo es matemática: la Fortuna domina la mitad de nuestras acciones: la Virtus la otra mitad. La intención no es contabilizar el poder sino equiparar los dos ámbitos

Los que conocen ese hecho, los Hombres Nuevos, pueden poner diques o frenos a la Fortuna e incluso evadirla o vencerla. Esos Hombres Nuevos, concepto con una larga historia que llega hasta Marx y Nietzsche, son los Humanistas, los Modernos, los Racionales. Maquiavelo afirma el papel creativo del Individuo en la Historia por lo que el lector está ante una percepción Moderna de la Historia. La equiparación simbólica de Italia y el río es de una riqueza literaria extraordinaria.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor