• Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

El Barroco ha sido interpretado como el puente entre el momento del Renacimiento y la Ilustración. La idea de que el mismo representa la deformación de los valores humanistas y el caldo de cultivo para el desarrollo del racionalismo ofrece alguna utilidad a pesar de sus limitaciones. Su imbricación con la cultura del siglo 17, el absolutismo y el autoritarismo, explican  su ambigüedad. Después de todo, la Cultura Criolla en América nació al amparo del Barroco, y la presencia de los procedimientos barrocos en el lenguaje americano todavía era notable en el siglo 20.

En general el Barroco ha sido caracterizado porque durante el periodo se someten a revisión los valores del Humanismo;  y por el reavivamiento religioso que promovió en medio de la crisis entre Católicos y Evangélicos. La Guerras de Religión (1562-1598)  y la Guerra de los 30 años (1618-1648), animaron la revisión del Catolicismo en el sentido Contrareformista, en la misma medida en que el Evangelismo se institucionalizaba y desarrollaba un discurso distintivo. La condición del Cristianismo como una Religión Histórica convirtió a la Historiografía en un arma útil en las manos de los dos bandos.

Católicos y Evangélicos convergían en la validación de la especulación Providencialista y en la resistencia, en mayor o menor grado, al avance del laicismo y el revisionismo profano. Para la Historiografía y la Ciencia de los Humanistas, los debates en el seno del Barroco representaban un retroceso a los modelos medievales de pensar y hacer.

Desde la perspectiva de la Historiografía y la Ciencia, los debates más ricos del Barroco tenía que ver con la gnoseología, es decir, la cuestión de cómo se sabe;  y la metodología, es decir, cuáles son los procedimientos correctos para saber. Los planteamientos de “La experiencia”  de Da Vinci y de “Cuanto dominio tiene la fortuna…” de Maquiavelo, estaban en entredicho otra vez. La intelectualidad del Barroco responde a esos problemas desde una perspectiva tradicional, aunque ello no significo la disolución total de los logros de la intelectualidad del Humanismo.

Las propuestas centrales de los Humanistas fueron culminadas en el tratado de Francis Bacon (1561-1626) titulado  Novum organum (1620).  Bacon, en la línea de Da Vinci, planteó la necesidad de buscar el conocimiento en el ámbito de lo empírico, lo experimental y la filosofía de lo natural.

Para la Historiografía tal y como se entendió esa disciplina en la Modernidad, esa conclusión tenía una relevancia mayor. Aquella propuesta legitimaba el conocimiento de lo que Aristóteles devaluaba en su comparación entre la Poesía y la Historia: lo contingente y lo cambiante del mundo. Sin la percepción de que lo empírico y lo contingente puede servir de base para un conocimiento legítimo, no es posible la Historiografía Moderna ni la Historiografía Científica.