• Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)

A medida que las ideas y los sentimientos se van sucediendo, que el espíritu y el corazón se van ejercitando, el género humano continúa domesticándose, los lazos se extienden y los vínculos se estrechan. Se tomó la costumbre de reunirse ante los chamizos o alrededor de un gran árbol; el canto y la danza, auténticos vástagos del amor y el ocio, se convirtieron en la distracción o, mejor dicho, en la ocupación de los hombres y las mujeres ociosos y agrupados. Cada cual empezó a mirar a los demás y a querer que lo mirasen a él, y la estimación pública tuvo un valor. El que cantaba o bailaba mejor, el más hermoso, el más fuerte, el más hábil o el más elocuente se volvió en el más considerado, y éste fue el primer paso hacia la desigualdad y hacia el vicio al propio tiempo, pues de estas primeras preferencias nacieron por un lado la vanidad y el desprecio, por otro la vergüenza y la envidia; y la fermentación originada por estas nuevas levaduras produjo finalmente unos compuestos funestos para la felicidad y la inocencia.

Tan pronto como los hombres hubieron empezado a apreciarse mutuamente y la idea de la consideración se hubo formado en su mente, cada uno pretendió tener derecho a ella, y ya no fue posible carecer impunemente de la misma para nadie. De aquí salieron las primeras obligaciones de la civilización, incluso entre los salvajes, y desde ahí cualquier perjuicio voluntario se volvió en una ofensa porque con el mal resultante de la injuria el ofendido veía en ella el desprecio a su persona, a menudo más insoportable que el propio mal. Es así como, castigando cada cual el desprecio que le habían manifestado de un modo desproporcionado al caso que hacía de sí mismo, las venganzas se volvieron terribles y los hombres sanguinarios y crueles. Este es precisamente el nivel que habían alcanzado la mayoría de los pueblos salvajes que conocemos; y es por falta de no haber distinguido suficientemente las ideas y observando hasta qué punto estos pueblos se habían alejado ya del primitivo estado natural, por lo que muchos se han apresurado a concluir que el hombre es cruel por naturaleza y que necesita de la civilización para apaciguarlo, cuando en verdad nada hay más apacible que el hombre en su estado primitivo, cuando colocado por la naturaleza a igual distancia de la estupidez de los brutos y de las luces funestas del hombre civil, y limitado asimismo por el instinto y por la razón a asegurarse contra el mal que lo acecha, se halla retenido por la piedad natural en hacerle mal a nadie personalmente, sin que nada lo mueva a ello, incluso después de haber sufrido el mal. Pues según el axioma del sabio Locke, “no puede haber injuria donde no hay ninguna propiedad”.

Pero es preciso subrayar que, una vez iniciada la sociedad y ya establecidas las relaciones entre los hombres, éstos exigían de ellos unas cualidades diferentes de las que tenían a través de su primitiva constitución; que la moralidad que comenzaba a introducirse en las acciones humanas y siendo cada cual antes de existir las leyes el único juez y vengador de las ofensas que recibiera, la bondad conveniente al puro estado natural ya no era la que le convenía a la sociedad naciente; que hacía falta que los castigos fueran más severos a medida que las ocasiones de ofender se volvían más frecuentes, y que al terror de las venganzas le incumbía el hacer las veces del freno de las leyes. Así, pese a que los hombres se hubieran vuelto menos resistentes y a que la piedad natural ya hubiese sufrido alguna alteración, ese periodo de desarrollo de las facultades humanas, ocupando un justo medio entre la indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio, debió ser la época más feliz y la más duradera. Cuanto más se reflexiona en ella, más se considera que ese estado era el menos propicio a las revoluciones, que era el mejor para el hombre, y que sólo podía salir de él debido a algún azar funesto que, para el bien común, nunca hubiera debido producirse. El ejemplo de los salvajes que han sido hallados casi todos en ese estado parece confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer en él siempre, que dicho estado es la verdadera juventud del mundo y que todos los progresos ulteriores fueron en apariencia otros tantos pasos hacia la perfección del individuo y en realidad hacia la decrepitud de la especie.

Mientras los hombres se conformaron con sus rústicas chozas, mientras se contentaron con coser sus vestimentas de piel con espinas o con raspas, con adornarse con plumas y con conchas, con pintarse el cuerpo de diversos colores, con perfeccionar y adornar sus arcos y sus flechas, con labrar con unas piedras cortantes cualquier canoa de pescadores o algunos groseros instrumentos de música; en una palabra, mientras sólo se aplicaron a realizar unos trabajos que un solo individuo podía hacer y a unas artes que no necesitaban del concurso de varias manos, vivieron libres, sanos, buenos y felices en la medida en que podían serlo por su naturaleza, y continuaron disfrutando entre ellos de las amenidades de unas relaciones independientes. Pero tan pronto como un hombre necesitó de la ayuda de otro, tan pronto como se dieron cuenta de que era ventajoso que uno solo tuviera provisiones para dos, la igualdad desapareció, se instauró la propiedad, el trabajo se volvió necesario y las extensas selvas se transformaron en unas campiñas sonrientes que hubo que regar con el sudor de los hombres y a través de las cuales pronto se vio germinar la esclavitud y la miseria que se incrementaron con las cosechas…

Tomado de Jean Jacques Rousseau. Discurso  sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755/1973). Barcelona. Península. Págs. 77-79.

Comentario:

En este fragmento Rousseau elabora una explicación en torno a la forma en que, de un Estado Natural –primitivo, anárquico, pre-social- surge la Sociedad. El orden social es el resultado de un proceso de domesticación que nace de la costumbre de los seres humanos de reunirse para  compartir una diversidad de cosas. Esas reuniones estimularon la necesidad de los seres humanos de recibir la estimación pública, legitimaron la competencia y constituyeron el primer paso hacia la desigualdad y los sentimientos contradictorios ligados a la misma. Su tesis es que el ser humano era virtuoso, solidario, igualitario y bueno por naturaleza; y que en ese proceso desarrolla, los vicios, se hace egoísta, jerárquico y malo. La autoridad de John Locke fortalece su conclusión al identificar el agente que impone la transición con la propiedad. El argumento se encuentra, de diversos modos, reiterado  en el anarquismo, las ideologías fraternas, el socialismo y el comunismo.

Su concepción de la Sociedad como un agente coercitivo para la protección del orden es claro: la Sociedad y luego el Estado son represivos por necesidad. Su conclusión de que ese “justo medio entre la indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio” –la Civilización– fue la “época más feliz” y que el “género humano estaba hecho para permanecer en él siempre”, es la base del  Romanticismo del siglo 19, como se verá más adelante. El Beatus Ille, motivo poético creado por el poeta latino Horacio (65-8 a.C) con el que se exalta la vida del natural como lugar donde se logra la perfecta paz espiritual, es análogo al planteamiento de Rousseau.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor