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  • Catedrático Asociado de Historia

Primero que nada quisiera agradecer la invitación de la Sección de Historia para comentar el libro de la Dra. Ramonita Vega Lugo Urbanismo y sociedad. Mayagüez de Villa a Ciudad publicado por la Academia Puertorriqueña de la Historia en el año 2009. Lo que pretendo con este comentario, más que valorar el volumen en sí, es elaborar unos apuntes en torno a la tradición historiográfica que representa y, a la vez, proponer  una interpretación en torno a lo que significan estos esfuerzos para el conjunto de la disciplina historiográfica en el presente.

El libro de Vega Lugo es un modelo de microhistoria abarcadora y de un juicioso manejo de una diversidad de fuentes primarias de diverso tipo en el cual dialogan numerosos archivos y registros. Primero, los Municipales, fundamentales para el tipo de microhistoria que maduró en Puerto Rico desde fines de la década del 1970. Segundo, el General, clave para contextualizar la información obtenida de aquellos en el marco de los aparatos administrativos del siglo 19. Tercero, algunas Colecciones Particulares, que enriquecen la aportación de los otros. Si a ello se añade la  impresionante suma de fuentes impresas,  debo concluir que se trata de un libro maduro.

Microhistoria: un problema

La Microhistoria fue uno de los productos intelectuales más acabados de la Revolución Cultural del 1968. El impacto ideológico del historiador marxista inglés, E.P. Thompson (1924-1993), famoso por su título Tradición, revuelta y conciencia de clase. La Microhistoria fue uno de las expresiones de la ruptura con la idea de la Totalidad Racional heredada de la Ilustración, ratificada por la Historiografía Científica del siglo 19 y reformulada por la Historiografía Socio-Económica que dominó durante buena parte del siglo 20 en la forma de la New History y la tradición francesa de la revista Annales.

El micro-historiador judío-italiano Giovanni Levi (1939-),  autor de La herencia inmaterial (1990), insistía en que la Microhistoria no era producto de una reflexión teórica formal, sino producto de una praxis investigativa concreta. Levi veía en la Microhistoria el valor de que la reflexión teórica sucedía a la indagación empírica de numerosos microespacios invisibles u olvidados por la Historia Universal o la Historia Nacional. Un resultado neto de la praxis microhistórica fue ampliar el campo de investigación de los profesionales de la disciplina y hacerlo más espeso o denso. El otro consistía en que esa situación favoreció los intercambios metodológicos con las Ciencias Sociales, en particular la Sociología y la Antropología Social. Dicho de otro modo, la Microhistoria incitaba las prácticas interdiciplinarias y las visiones holísticas.

La Historia –una disciplina con un largo pasado de vinculación a las Humanidades y la Literatura– aceleró su proceso de integración de muchos de los recursos de la investigación más original que produjo el siglo 19: las llamadas Ciencias Sociales. La opinión de Levi me parece crucial por el hecho de que es, junto con Carlo Ginsburg (1939-) autor del conocido El queso y los gusanos (1976), uno de los fundadores de la Microhistoria Italiana.

Micro versus Macro

Lo cierto es que la Historia Nacional es una cosa: la Historia de San Germán, Mayagüez, Ponce o San Juan es otra. Del mismo modo, la Biografía del procerato es una cosa: la Microbiografía es otra. Muchas veces, la Microhistoria rectifica los consensos de la Historia Nacional. También la Microbiografía sirve de contrapunto a la imagen del Héroe Civil de la Biografía procera. La Microhistoria y la Microbiografía se mueven por los márgenes, las periferias y la infamia. Un ejemplo de ello es Fernando Picó en Contra la corriente: seis microbiografías de los tiempos de España (1995), quien revisó la imagen de un fragmento de la historia de la segunda parte del siglo 19 en el país. La visión micro llena de carne y de humanidad acontecimientos, figuras y procesos que se disolverían o emborronarían en el tejido de la Macrohistoria. Las intensas búsquedas entre los dos extremos también favorecieron la experimentación entre ambos extremos. El desaparecido Harry Hoetink, fallecido en el 2005, dejó en Invitación a la historia regional (2002) lo que denominó Historia Regional, una forma del conectar la mirada Macro y la Micro.

La Microhistoria fue, no hay que dudarlo, una respuesta historiográfica a la crisis de las creencias optimistas, actitud que se generalizó entre 1970 y 1980 en el marco del fin de la Guerra Fría y la muerte del Relato de la Modernidad. En aquellos años, las Teorías del Progreso y la idea del Cambio Histórico Social, fueron reevaluadas en todo Occidente de una manera original. Esto significa que, para la Nueva y la Novísima Historia, la Microhistoria cumplió un papel revolucionario.

El impacto metodológico de ese esfuerzo por reducir la escala de observación en nombre de la mirada microscópica, fue la ampliación de la base documental en la medida en que se ocupa de espacios más reducido y más intensos. Ello permite extrapolar conclusiones que cuestionan las visiones de conjunto y las enriquecen. La Microhistoria acerca la disciplina Historiográfica a lo que Peter Burke (1937-), historiador británico, denominó en ¿Qué es historia cultural?, una Antropología Histórica o una Historia Antropológica. La deuda de los Estudios Culturales radicales con la mirada micro resulta innegable.

Microhistoria puertoriqueña

La Microhistoria Puertorriqueña aparece en la década de 1970 y 1980 como una reacción a la Historiografía del 1950. El contencioso con la tradición, desempeñó un papel crítico ante la complacencia del Discurso Históriográfico y Sociológico  Populista que celebraba el Progreso y la Modernización producto del Nuevo Trato, la Industrialización por Invitación y el Estado Libre Asociado. Su expresión coincidió con una crítica del Occidentalismo dominante en la Universidad de Puerto Rico –“casa de estudios”- que se impuso bajo el palio del Dr. Jaime Benítez, Rector de Río Piedras y luego Presidente de la institución. L Microhistoria cuestionó la autoridad de funcionalismo de  Talcott Parsons (1902-1979)  y la democracia buena de Carl J. Friedrich (1901-1984) dominantes en la discusión académica puertorriqueña. Y técnicamente echó por la borda la interpretación axiológica de Henry Wells (1914-2007) quien miraba el triunfo o el fracaso de la Modernización de Puerto Rico a la luz de cuánto apropiaran los puertorriqueños los valores modernos identificados con los valores americanos.

En 1979 la historiadora Blanca Silvestrini apuntaba en una conferencia en Curaçao, un panorama de las fuentes de investigación que retarían la “imaginación del historiador” durante la década por empezar. En 1980, el historiador Mario A. Rodríguez León podía decir: “La historiografía puertorriqueña es muy joven, todavía se encuentra en una etapa intermedia entre la búsqueda y publicación de fuentes documentales y algunos trabajos monográficos de carácter histórico”. Todavía en 1983 el doctor Fernando Picó hizo un balance de los avances investigativos en una conferencia auspiciada por el Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP) en San Juan y decía: “Tengamos la imaginación y la audacia de plantearnos nuevos problemas”. Este libro de Ramonita Vega Lugo es una muestra de esa “imaginación”  y “audacia” que soñaban los colegas del 80.

Comentario en la presentación del libro de Ramonita Vega Lugo. Urbanismo y sociedad. Mayagüez de Villa a Ciudad 1836-1877. (2009) San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia. RUM, 25 de marzo de 2010.