• John B. Bury (1861-1927)

Prólogo de La idea del Progreso

Se puede creer o no en la doctrina del progreso, pero en cualquier caso lo que indudablemente posee interés es analizar sus orígenes y evolución histórica, incluso si en última instancia resultase no ser más que un idolum saeculi, porque de hecho ha servido para dirigir e impulsar toda la civilización occidental. El progreso terrestre de la humanidad constituye, en efecto, la cuestión central a la cual se subordinan siempre todas las teorías y movimientos de carácter social. La frase «civilización y progreso» ha quedado estereotipada para indicar el juicio bueno o malo que atribuimos a. una determinada civilización según sea o no progresista. Los ideales de libertad y democracia, que poseen su propia, antigua e independiente validez, adquieren un nuevo rigor cuando se relacionan con el ideal del progreso. La conjunción de libertad y progreso» y de «democracia y progreso» surge así a cada momento; el socialismo, en las etapas iniciales de su moderno desarrollo, reclama igualmente de dicha relación. Es más, incluso las mismas corrientes o movimientos de carácter belicista, que niegan la posibilidad de todo proyecto de paz perpetua, lo que hacen es considerar la guerra como instrumento indispensable para el progreso. En nombre del progreso declaran hoy obrar los doctrinarios que han instaurado en Rusia el actual (1920) régimen de terror. Todo ello parece probar la indudable vigencia de una forma de pensar que atribuye escasas probabilidades de supervivencia a toda teoría o programa social y político incapaz de lograr m progreso.

La Edad Media europea se guió con criterios muy diferentes. La idea de una vida ultraterrena era, en efecto, su punto central de referencia, en virtud del cual las cosas importantes de esta vida mundanal se movían siempre desde la perspectiva de la otra vida en el más allá. Cuando los sentimientos más profundos de los hombres reaccionaban más poderosa y establemente ante la idea de la salvación del alma que ante ninguna otra, era precisamente la armonía con esa idea la que permitía establecer el juicio sobre las posibilidades de pervivencia de las instituciones y teorías sociales. La vida monástica, por ejemplo, se desarrolló bajo su influencia, mientras que la libertad de conciencia carecía de su apoyatura. Con una nueva idea directriz, dicha situación cambió: la libertad religiosa creció así bajo la égida del progreso, mientras que la vida monástica no pudo invocar ninguna relación con él.

La esperanza de lograr una sociedad feliz en este mundo para las futuras generaciones —o bien de una sociedad a la que de modo relativo se puede calificar como feliz— ha venido a reemplazar, como centro de movilización social, a la esperanza de felicidad en otro mundo. La creencia en una inmortalidad personal tiene todavía amplia vigencia, pero ¿no podemos decir con toda honradez que dicha creencia ha dejado ya de constituir el eje de la vida colectiva, es decir, el criterio apto para el enjuiciamiento de los valores sociales? Mucha gente, por supuesto, no opina de esta manera, pero quizás un número aún mayor considera que de algo tan incierto como es esa creencia no cabe razonablemente hacer depender vidas y formas de pensar. Los que así piensan constituyen sin duda la mayoría, pero este pensamiento admite muchas gradaciones. Difícilmente nos equivocaríamos al afirmar que, por regla general, la creencia ultraterrena no rige la forma de pensar de quienes la admiten y que sus emociones reaccionan ante ella muy débilmente, que esa creencia es sentida como algo remoto e irreal y que su influencia directa sobre la conducta real es mucho menor que su influencia sobre los argumentos abstractos típicos de los tratados de moral.

Regido por la idea del progreso, el sistema ético del mundo occidental ha sido modificado en los tiempos modernos por un nuevo principio que aparece dotado de una importancia extraordinaria y que deriva precisamente de ella. Cuando Isócrates sintetiza su regla de vida en la fórmula «Haz a los demás…», probablemente no incluía entre los «demás» a los esclavos y a los bárbaros. Los estoicos y los cristianos extendieron después su aplicación a toda la humanidad viviente; pero es en los últimos años cuando este principio ha recibido su más vasta ampliación al incluir a las generaciones futuras, las generaciones de los que todavía no han nacido. Esta obligación hacia la posteridad aparece como corolario directo de la idea del progreso. En la reciente guerra europea (1914-1918) dicha idea, que significa la obligación moral de llevar a cabo sacrificios útiles para las generaciones futuras, fue invocada constantemente; al igual que en las Cruzadas (las más típicas guerras de nuestros antepasados medievales), también ahora la idea del futuro o destino de la humanidad ha arrastrado a los hombres a aceptar todo tipo de privaciones y miserias, incluso la muerte. (…)

Las críticas ocasionales sobre algunas formas particulares que ha adoptado la creencia en el Progreso o sobre algunos argumentos aducidos en su apoyo, no deben, por supuesto, entenderse como juicios sobre su validez general. Debo, no obstante, hacer aquí dos observaciones. Las dudas suscitadas hace alrededor de treinta años por Mr. Balfour en un escrito suyo aparecido en Glasgow no han sido, por lo que yo conozco, contestadas todavía. Es probable que muchos de los que hace seis años habrían considerado como semi-fantástica la idea de la repentina decadencia y muerte de nuestra civilización occidental, como resultado no de la acción de fuerzas cósmicas sino por la dinámica de su propio desarrollo, hoy se sientan mucho menos seguros de su opinión, a pesar del hecho de que los pueblos dirigentes del mundo hayan constituido una Liga o Sociedad de Naciones para la prevención de la guerra, medida ésta a la que muchos altos servidores del Progreso habían aspirado considerándola como un importante paso adelante en el camino de la Utopía.

La importancia de las aportaciones francesas al desarrollo de la idea del Progreso constituye una característica destacada de su historia. Francia que, al igual que la antigua Grecia, ha sido siempre buena engendradora de ideas, es la principal responsable de la evolución histórica del concepto de progreso. Si, por tanto, es al pensamiento francés al que constantemente se dirigirá nuestra atención, no se debe ni a una arbitraria preferencia por parte mía ni tampoco al olvido de lo aportado por otros países.

John B. Bury, La idea del progreso (1971) Madrid: Alianza Editorial, El libro de bolsillo, núm. 323. Págs. 9-12.

Comentario:

En este texto Bury plantea un severo cuestionamiento a la Teoría del Progreso –ídolo del siglo- según maduró durante la Ilustración y el siglo 19. Se queja de que conceptos como Libertad, Civilización, Democracia e incluso Socialismo, una vez asociados y subordinados al Progreso, se han ido convirtiendo en estereotipos y frases vacías. La situación ha llegado al extremo de que incluso la Guerra ha sido considerada un instrumento de Progreso. En Puerto Rico, tanto el Populismo como el Nacionalismo de la primera mitad del siglo 20 adoptaron una actitud similar. Con ello Bury establece una de las bases del pensamiento Postmoderno: la desconfianza en la Teoría del Progreso y, adjunto a ello, en la Racionalidad de la Historia.

El contraste entre la Edad Media –dominada por el Providencialismo-, y la Modernidad –dominada por el Progreso- le sirve para precisar las hondas diferencias entre aquellos dos mundos. La esperanza de una Sociedad Feliz, ha perdido su carácter Ultraterreno, a favor de la posibilidad de construir un Mundo feliz en la tierra. Recuerden que el siglo 19 fue también uno lleno de Utopías que, desde Graco Babeuf y pasando por Karl Marx, desembocaron en la experiencia soviética de VladimirLeninUlianov.

La Teoría del Progreso impuso no solo una responsabilidad con el presente sino con el futuro. En cierto modo, hacía responsable a una generación con su descendencia. El abuso del argumento ético, según Bury, resulta más visible en la propaganda bélica de la Gran Guerra (1914-1918). El argumento es válido también para otros conflictos que él no vio: la Guerra Fría o la Guerra contra el Terrorismo, también convirtieron el Arte de Matar en un deber.

Bury sugiere, por último, que cuestionar la Teoría del Progreso ha abierto el campo a las Teorías de la Decadencia, tan en boga después de la Gran Guerra. Desde mi punto de vista, los choques entre Progresismo y Decadentismo han enriquecido la discusión y la especulación historiográfica en la medida en que, como las Utopías, su elaboración disuelve las fronteras entre la Realidad y la Ficción.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor