• Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La inmensa mayoría de los investigadores están de acuerdo en que la idea de la evolución, el transformismo o la variación de las especies es fundamentalmente un producto europeo. Hallamos elementos básicos de ella en pensadores griegos arcaicos y clásicos, y sus avances puntean el hacer intelectual medieval y renacentista de manera notoria.

Jean Baptist Lamarck

Jean Baptist Lamarck

A la altura del siglo XVIII las condiciones del pensamiento europeo-occidental, como acostumbramos llamarle, habían madurado lo suficiente para permitir el surgimiento de escuelas interpretativas de la variación de las especies que retaban la versión de una creación definitiva por fuerzas extranaturales.  En Alemania los “filósofos de la naturaleza”, cimentados en la tradición de los místicos-alquimistas, entendían la evolución como la expresión del Espíritu del Mundo que, en su automovimiento, permitía los cambios radicales de las especies y su diferenciación.  En Francia, Jean-Baptist Lamarck (1744-1829), llamado por algunos “el padre del transformismo”, reconocía la evolución progresiva y lineal de las especies y hallaba el motor o causa, en el sentido aristotélico, de esos cambios en una fuerza interna de las especies y en el impacto soberano de los cambios ambientales que forzaban respuestas adaptativas en los organismos. Para Lamarck el “uso y desuso” de ciertas capacidades orgánicas propiciaba la supervivencia  o la desaparición de las mismas.  En Inglaterra Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles, veía la evolución como el producto de una fuerza individual alojada en cada organismo que respondía a los retos de una realidad competitiva en la cual el sustento y las hembras habían sido siempre los grandes motivos de la lucha vital.

Charles Darwin (1809-1882), conocía aquellos hechos y, en cierto modo, se convirtió en el traductor de aquella tendencia hacia el nivel de madurez teórica que tiene hoy. La visión de Darwin resumió toda una diversidad de fuentes en un corpus organizado.  Sintetizó, en primer lugar, las teorías de Adam Smith (1776), Jeremy Bentham (1789) y Robert Malthus (1798), quienes dieron tanta importancia en el análisis social a las nociones de competencia y progreso como leyes explicativas de la realidad.  Malthus fue clave en aquel proceso porque sus conclusiones sobre la población, análisis biológico en gran medida, le ofreció a Darwin las bases fuertes para desarrollar su teoría de la competencia por fuentes alimentarias limitadas como explicación de algunos aspectos de la evolución o la variación, como gustaba llamarla.  Sintetizó, en segundo lugar, las doctrinas geológicas de Charles Lyell (1797-1875) expuestas en sus dos tomos titulados Los principios de la geología, que veían en la “transformación” el resultado de “causas actualmente operantes”.  Y sintetizó, en tercer lugar, su propia experiencia de naturalista como viajero del “Beagle” (1831-1836) que le permitió conocer el mundo, y desarrollar hipótesis atrevidas sobre la evolución.  En su diario, Darwin se auto-catalogaba como baconiano puro, demostrando con ello que había trabajado sin teoría y que esta era el resultado de una experiencia investigativa concreta.

Charles DarwinDarwin rechazó los planteamientos alemanes y franceses en términos de cuál era el motor de la evolución.  Y superó a su abuelo en términos de la explicación individual de los cambios. Darwin halló la causa de las transformaciones en factores externos y esa fue quizá su mayor innovación a la teoría de la evolución. Por medio de la observación de animales en estado doméstico y en estado naturaleza, concluyó que la evolución era gradual, continua y pasiva, es decir, inconsciente; y que la misma ocurría por “pasos cortos y lentos” y difícilmente por cambios abruptos o mutaciones.  Era la misma naturaleza quien se encargaba de preservar las variables favorables que se manifestaban en ese proceso.  A conclusiones similares y por caminos parecidos llegó entre 1857 y 1858 Alfred Russell Wallace (1823-1913) en el archipiélago malayo. La fuerza que controlaba aquellas transformaciones fue bautizada con el nombre de “selección natural” y, aunque Darwin había tenido una buena preparación teológica, siempre estuvo preocupado de que no la confundieran con las fuerzas externas que algunos llamaban dioses.

Históricamente, Darwin estaba reflejando las corrientes de pensamiento de los comienzos del momento victoriano en torno al laissez-faire con sus juegos ideológicos sobre el cambio, la competencia, el progreso y la conservación del todo.  Pero adolecía del subdesarrollo de la embriología, la fisiología, la paleontología y la genética de su tiempo.  De hecho, desconoció la obra de Gregor Mendel (1822-1884) acerca de la genética de los guisantes que ha sido fundamental en la síntesis neo-darwiniana del siglo XX.

A pesar de que ya no somos darwinianos ortodoxos, los principios de El origen de las especies (1859) siguen siendo fundamentales  en la explicación de la evolución tal y como la entendemos hoy. Genética y selección natural son los dos pilares de una explicación que ha tomado el carácter de paradigma en nuestros tiempos.