• Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Desde una perspectiva muy general, el ciclo de exploraciones y descubrimientos  geográficos iniciados durante el siglo 15, tuvo efectos culturales revolucionarios. Por una parte, amplió la imagen del mundo conocido al  romper con la imagen trinitaria dominante desde la Antigüedad Clásica. Los tres continentes se convertirán paulatinamente en cinco, en la medida en que la reducción de la Indias Occidentales a un conjunto de ínsulas perdió credibilidad. Esa revolución  geográfica estimuló la revolución intelectual a que aludía antes.

La Ilustración, “Yo” y el “otro”

El contacto con los grupos etnoculturales del llamado Nuevo Mundo, forzó la revisión del significado de lo “universal”. La inclusión del “otro” en los esquemas intelectuales cristianos no fue una tarea sencilla: por su misma naturaleza, minaba las concepciones basadas en la Biblia. Me parece importante resalta que el interés por el “otro” en el Nuevo Mundo se proyecta en todas direcciones y forzó la reevaluación de las relaciones de la cristiandad con África y Asia, realidades que eran tan “nuevas” como las Indias Occidentales. A la altura del siglo 18 europeo, aquella actitud de sorpresa ante el “otro” había alcanzado un nivel de madurez notable. Observar al “otro” implicaba, de paso, una revisión de la interpretación del “yo”, como se verá de inmediato.

Un modelo de lo que llevo dicho es la obra de Antoine Galland (1646-1715), intelectual y orientalista francés quien vivió la experiencia del viajero por la región del  Medio Oriente hacia el año 1673. Galland  realizó una traducción del Corán y redactó una Historia general de los emperadores turcos, ambas inéditas. Además fue el primer traductor de Las mil y una noches en 1704, colección que popularizó la literatura árabe preislámica entre un sector de la intelectualidad de la Ilustración. Del mismo modo Voltaire (1694-1798), en sus observaciones sobre la historia universal,  llamó la atención sobre la necesidad de evaluar el papel de América y China en ella.

Antoine Galland

El interés por Oriente Islámico también fue común en los intelectuales Ilustrados. El Islam significaba mucho para la definición de una probable “identidad europea” vinculada al cristianismo. Un ejemplo de ello es el citado Voltaire quien hizo una serie de agudas observaciones en torno a Mahoma que hoy lastimarían a los fundamentalistas. Defensor de la pluralidad de ideas ante el saber autoritario, Voltaire identificaba a Mahoma con el fanatismo irracional. No era simple anti-islamismo.  El pensador francés también comentó de manera atrevida la historia de los judíos y el pasado cristiano y su libro sagrado común: la Biblia. El aparente antisemitismo de Voltaire era una tradición de la intelectualidad europea. Martín Lutero (1483-1546) sostuvo que los judíos debían ser destruidos en su escrito “Sobre los judíos y sus mentiras”; y el filósofo Inmanuel Kant (1724-1804) fue un crítico de la  concepción judía de su condición de “pueblo elegido”.

El mismo Barón de Montesquieu (1689-1775), jurista y pensador francés y uno de los precursores de la Sociología Teórica, tomó a la vieja Persia como apoyo para la elaboración de una crítica irónica al orden francés y occidental en un tono que recuerda la mirada de Tomás Moro y su Utopia. Se trata de las Cartas persas, novela corta satírica escrita en 1717 y difundida desde 1721 que fue prohibida por Luis XV. En ella, apoyándose en las opiniones de sus protagonistas persas, el autor moteja ciertos usos y costumbres occidentales por medio de un agudo humor negro y acrimonioso.

El otro modelo que llama mi atención es el de Edward Gibbon  (1737-1794), historiador británico agnóstico de gran influencia. Gibbon miró uno de los fundamentos de Europa, el Cristianismo, y uno de sus signos civiles mayores, el Imperio Romano en el momento de su “caída”. Lo cierto es que el Imperio Romano desaparece para dar paso a la Europa Cristiana, la verdadera. Gibbon establecía una relación de causa y efecto entre ambos fenómenos y llegaba a la conclusión de que la moral Latina y la cristiana se oponían. Para el autor el Cristianismo contradecía los ideales Romanos de libertad intelectual.

La primera parte de su libro Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano apareció en 1776, una fecha emblemática de la historia occidental por muchas razones, y produjo un escándalo mayúsculo: el problema era que Gibbon aplicaba el Racionalismo o la Filosofía de la Historia a la historia de la Iglesia Cristiana y aquello resultaba inaudito. El evento demuestra claramente las tensiones entre el saber tradicional y el saber racional. La segunda parte de la obra apareció en 1788 y fue un éxito editorial notable en su tiempo

Es cierto que Occidente mira al “otro” pero lo cierto es que la relación siguió siendo asimétrica. El Medio Oriente, América del Norte y del Sur, el Caribe Insular, el Lejano Oriente, Oceanía, siguieron siendo parajes exóticos, extraños, chocantes, extravagantes. Es importante reconocer que ver al “otro” no lo equipara al “yo”. Por el contrario, la relación confirma el etnocentrismo europeo. Aquel etnocentrismo, aplicado a la interpretación intelectual es lo que se denomina “eurocentrismo”. La reflexión Ilustrada sobre el “otro”, fortaleció el papel dominante de Occidente, aquel fragmento de Europa, sobre el mundo

La Ilustración y la Historiografía: métodos e instrumentario

No sólo cambia el alcance de la mirada sino la forma de mirar al “otro”. Durante el siglo 18 se aceleró el tránsito del Archivo Administrativo camino al Archivo Histórico. El Archivo Histórico es el registro racional de la memoria colectiva de una institución, una monarquía o nación. A fines del siglo 18, los Archivos Públicos o del Estado, los Privados de los Señores o los Eclesiásticos, ganan relevancia en la discusión historiográfica en la medida en que se convierten en fuentes de consulta y sirven para documentar o legitimar una interpretación. El modelo más cercano para un investigador hispanoamericano en el Archivo General de Indias de Sevilla (AGI) que fue creado en 1785 por disposición del Rey Carlos III. El Reino de España tenía un pasado del cual sentirse orgullosa: el AGI serviría para codificarlo y hacer accesible a los interesados. El surgimiento de los archivos nacionales no fue uniforme. El Archivo Nacional de Estados Unidos (NARA) fue fundado en 1934 bajo la presidencia de Franklyn D. Roosevelt en medio de la crisis de la Gran Depresión y el Nuevo Trato. El Archivo General de Puerto Rico (AGPR) es mucho más tardío pues corresponde al 1964 bajo la gobernación de Luis Muñoz Marín en el contexto de la “Operación Serenidad” y como expresión del “Nacionalismo Cultural”.

Al lado de los archivos también se institucionalizaron diversos espacios para la investigación tales como las bibliotecas civiles que, además de libros, guardaban colecciones de manuscritos; y los museos que documentaban visualmente el pasado con sus colecciones de reliquias y obras de todo tipo. La Biblioteca Real de Madrid es de 1711 y comenzó con apenas 2000 volúmenes; y el  Museo Británico se remonta a 1753 y se emprendió con el producto de una donación privada relativamente pequeña. El archivo histórico, las bibliotecas civiles y los museos, se convirtieron en el taller  ideal para el historiador y el teórico modernos.

La Universidad y la Historiografía

La universidad tradicional contenía las facultades de artes (filosofía y retórica), derecho (canónico y civil), medicina y de teología. Se trataba de corporaciones elitistas y desconectadas de la gente común que traducía bien los valores medievales más comunes. Aquellos valores estaban en crisis desde el Renacimiento. La cultura del Humanismo y la Ilustración representaban un reto a sus paradigmas. En aquel contexto comenzó a conformarse el perfil de lo que sería la universidad moderna. La misma nació de las cenizas de la universidad medieval y de la crítica a su dependencia de la Iglesia o de las Monarquías Absolutas. A fines del siglo 18 existían en el mundo 120 universidades. La mayoría de ellas estaba en Europa, 17 en América y 1 en Asia. En África  y Oceanía no había ninguna. La universidad es un fenómeno europeo occidental.

Universidad de París

La destrucción de las universidades durante la fase napoleónica de la Revolución Francesa y la reforma educativa articulada por el corso, es comprensible. Pero la liberación de la universidad de la influencia de la Iglesia y la Monarquía Absoluta, la dejó a expensas de nuevo estado de cosas emergente y del Estado Burgués. En un sentido muy amplio la universidad moderna fue una respuesta original a la decadencia de la universidad medieval y respondió a la nueva necesidades propias del desarrollo del capitalismo industrial.

Es cierto que la Universidad Imperial (1793) y los Liceos (1803), servían a los intereses de la Revolución y luego de Napoleón y su Imperio. El cambio, por lo tanto, no significó una mayor autonomía para la institución. Fue en el ámbito de los Estados Alemanes donde se articuló la mejor respuesta a aquella situación. Como una respuesta a la agresión napoleónica en aquella región la universidad alemana consolidó los rasgos de lo que acabó por identificarse como la  Universidad Moderna. Sería una corporación que se dedicaría a la investigación científica y preservaría a toda costa su autonomía académica. El modelo universitario de Alexander Von Humboldt sería el de un centro de enseñanza aséptico e independiente de toda presión externa.

La otra novedad de la Universidad Moderna fue que, en medio del proceso, comenzaron a introducirse nuevas disciplinas tales como cátedras científicas, profesionales y técnicas en los programas académicos. Las primeras escuelas de ingeniería surgieron a mediados del siglo 18 en Alemania, Francia e Inglaterra. La educación en teneduría de libros y cuentas (contabilidad) fue considerada como “absolutamente necesaria” por el pensador John Locke desde 1693. Todas eran disciplinas que servían al mercado en un contexto de cambio: la Revolución Industrial. El asunto no se redujo a un cambio en las materias de la enseñanza: el mismo Locke criticaba la enseñanza de materias “inútiles” como el latín, una  de las piezas claves de la educación tradicional. Lo cierto es los cambios en la universidad fueron mucho más lentos que los cambios en el proceso de producción. Siempre lo han sido: los universitarios se resistían al cambio. La apropiación de los nuevos lenguajes científicos, tecnológicos y culturales fue visto con suspicacia por el mundo académico. En la universidad se alojaría la historiografía como materia de estudio durante el siglo 19.