• Charles Louis de Secondat,  Baron de Monstequieu (1689-1755) Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y su decadencia (1734)

Fragmento del Capítulo IX: Dos causas de la pérdida de Roma

Cuando el territorio dominado por Roma se limitaba a Italia, podía subsistir fácilmente. Todo soldado era ciudadano al mismo tiempo; cada cónsul reclutaba un ejército, y otros ciudadanos iban a la guerra bajo el mando de quien le sucedía. No siendo excesivo el número de las tropas, se cuidaba de no recibir en la milicia más que a gente con bienes suficientes para que tuviesen interés en la conservación de la ciudad. Por último, el Senado veía de cerca la conducta de los generales y les quitaba la intención de hacer algo contra su deber.

Barón de Montesquieu

Pero cuando las legiones pasaron los Alpes y el mar, los hombres de guerra, obligados a permanecer durante muchas campañas en los países que sometían, perdieron poco a poco el espíritu ciudadano; y los generales, disponiendo de los ejércitos y de los reinos, adquirieron el sentimiento de su propia fuerza y no pudieron obedecer más. Los soldados empezaron, entonces, a no conocer más que a su general, y a fundar en él todas sus esperanzas y a ver a la ciudad cada vez más lejana. No fueron ya soldados de la República, sino de Sila, de Mario, etc. […]

[…] [C]uando el pueblo pudo dar a sus favoritos formidable autoridad en el exterior, toda la sabiduría del Senado resultó inútil, y la República se perdió. […]

Si la grandeza del Imperio perdió a la República, no contribuyó menos a ello la extensión que dieron a la ciudad. Roma había sometido todo el universo, con la ayuda de los pueblos de Italia, a los que concedió en diferentes épocas diversos privilegios. La mayor parte de estos pueblos no se cuidaron al principio del derecho de ciudadanía entre los romanos; y algunos prefirieron conservar sus propios usos. Pero cuando este derecho fue el de la soberanía universal, cuando en el mundo no se era nada si no se era ciudadano romano, y con este título se era todo, los pueblos de Italia resolvieron perecer o ser romanos; no pudiendo conseguirlo por la súplica ni por la intriga, recurrieron a las armas. Se sublevaron en toda la costa del mar Jónico, y los otros aliados iban a seguirlos. Roma, obligada a combatir contra los que eran, por así decirlo, las manos con que encadenaba el universo, estaba perdida; se veía reducida a sus murallas; decidió conceder este derecho a los aliados que le habían sido fieles; poco a poco se lo concedió a todos. Desde entonces Roma no fue ya la ciudad en que el pueblo no había tenido sino un solo espíritu, un mismo amor por la libertad, un mismo odio por la tiranía, donde aquella envidia del poder del Senado y de las prerrogativas de los grandes, siempre mezclada de respeto, no era sino amor a la igualdad.

Cuando los pueblos de Italia fueron todos ciudadanos romanos, cada ciudad aportó su genio, sus intereses particulares y su dependencia de algún gran protector. La ciudad, desgarrada, no formó un todo universal, y como el ser ciudadano sólo era una especie de ficción, ya no eran los mismos magistrados, las mismas murallas, los mismos dioses, los mismos templos, las mismas sepulturas; ya no miraban a Roma los mismos ojos, ya no hubo el mismo amor a la patria, y los sentimientos romanos dejaron de existir. […]

Comentario

Montesquieu fue un intelectual muy activo en la Academia Francesa que se había ordenado en la francmasonería en Gran Bretaña. El tema del Imperio Romano llama su atención de una manera poderosa. La pregunta es cómo explicar la desaparición de un fenómeno tan imponente como aquel a la luz de la cultura del siglo 18. Su tesis es clara: “la grandeza del Imperio perdió a la República” y los valores del primero negaban en su totalidad a los  de la segunda.

El pensador arguye, por un lado, que el crecimiento o la expansión de la soberanía de Roma, tuvo efectos letales en la voluntad del latino común en la medida en que minó su compromiso con la República, limitó su virtus y mutiló su libertad. El cambió los hizo indisciplinados y erosionó su compromiso con una causa colectiva superior: los valores republicanos. Los soldados dejaron de ser fieles a la República para ser fieles a un General, un mandatario o un emperador.

La segunda parte de su reflexión va en otra dirección: la extensión del derecho de ciudadanía de Roma,  había sido el privilegio de una aristocracia o de una minoría. Una vez es compartido con  los pueblos ocupados se vulgariza y la situación lo  vacía de todo valor simbólico. Ya no se trata de algo que se gane a través del esfuerzo, sino más bien de algo que se consigue incluso por medio de las armas. Bajo aquellas condiciones, ya no era posible al “amor a la patria, y los sentimientos romanos dejaron de existir”. Cuando el Imperio Romano cae, su mística ya había desaparecido. Lo único que quedaba en pie era la ilusión de su grandeza.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Nota: La selección de los textos es de Óscar Godoy Arcaya