• Edward Gibbon (1737-1794), Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano (1776)

Fragmento del “Capítulo XXI Persecución de la herejía.–Cisma de los Donatistas.– Controversia arriana. – Desquiciamiento de la Iglesia y del Estado bajo Constantino y sus hijos.– Tolerancia del Paganismo”. Traducción de José Mor Fuentes

[Cristianismo]

Mientras la nación [El Imperio Romano] en globo seguía practicando sus ceremonias legales y dedicándose a su ganancioso comercio, algún hebreo más fino se engolfaba de por vida en contemplaciones religiosas y filosóficas. Cultivaron y abrazaron los judíos el sistema teológico del sabio ateniense [Platón]; pero el engreimiento nacional se hubiera mortificado con la confesión llana de su primitiva pobreza, y allá contaban denodadamente, como herencia sagrada de sus antepasados, el oro y pedrerías de que últimamente habían defraudado a sus dueños egipcios.

Un siglo antes del nacimiento de Cristo, salió a luz un tratado filosófico que está a las claras manifestando el estilo y los conceptos de la escuela de Platón de los judíos alejandrinos, y se recibió unánimemente como reliquia preciada y genuina de la sabiduría inspirada de Salomón. [El Libro de Sabiduría] Hermandad semejante de la fe mosaica y la filosofía griega asoma en las obras de Filón [de Alejandría], compuestas la mayor parte bajo el reinado de Augusto [27 AC-14 DC]. Podía el alma toda material del universo lastimar la religiosidad de los hebreos, pero aplicaban el concepto del Logos al Jehovah de Moisés y de los patriarcas, y el Hijo de Dios habitó la tierra bajo apariencia visible, y aun humana, para desempeñar aquellas faenas tan familiares que parecen incompatibles con la naturaleza y los atributos de la Causa Universal.

Edward Gibbon

Edward Gibbon

La elocuencia de Platón, el nombre de Salomón, la autoridad de la escuela de Alejandría y el consentimiento de judíos y griegos, eran insuficientes para plantear una doctrina misteriosa y verdadera que pudiera agradar, mas no convencer a la racionalidad despejada (Año 97). Sólo un profeta o apóstol inspirado por la Divinidad alcanzará a dominar la fe del linaje humano; y la teología de Platón viniera a quedar para siempre confundida con las visiones filosóficas de la Academia, del Pórtico u del Liceo, a no confirmarse el nombre y atributos del Logos con la pluma celestial del postrero y más sublime Evangelista [San Juan el Bautista]. La Revelación Cristiana, que llegó a consumarse bajo el reinado de Nerva [96-98 DC], patentizó al mundo el asombroso arcano de que el Logos que estaba desde el principio con Dios y era Dios, que lo hizo todo, y para quien todo fue hecho, se encarnó en la persona de Jesús de Nazaret, nació de una virgen y padeció muerte en la cruz. Además del intento general de fundar sobre perpetua base los realces divinos de Jesucristo, los escritores eclesiásticos más antiguos y respetables atribuyen al teólogo evangélico el ánimo especial de confutar las dos herejías opuestas que trastornaron la paz de la iglesia primitiva.

I. La fe de los ebionitas, y quizás de los nazarenos era tosca e incompleta. Reverenciaban a Jesús como sumo profeta, dotado de virtud y poderío sobrenatural; aplicando a su persona y reino venidero todas las predicciones de los oráculos hebreos relativas al reino espiritual y sempiterno del prometido Mesías. Alguno venía a confesarle su nacimiento de una virgen, pero todos obstinadamente rechazaban su existencia anterior y las perfecciones divinas del Logos o Hijo de Dios, que tan terminantemente se definen en el Evangelio de San Juan. Como medio siglo después, los ebionitas, cuyos errores menciona Justino Mártir [100-165 DC] con menos severidad de lo que al parecer merecen, componían una escasa porción del gremio cristiano.

II. Los gnósticos, señalados con el sobrenombre de docetes, pararon en el extremo opuesto, y al dar por sentada la naturaleza divina de Cristo, estaban manifestando su parte humana. Alumnos de la escuela de Platón, avezados al concepto sublime del Logos, conceptuaron desde luego que el brillantísimo Eón, o Emanación de la Divinidad podía revestirse de todo el exterior, de la apariencia visible de un mortal; mas se empeñaban vanamente en que las imperfecciones de la materia son incompatibles con la pureza de una sustancia celeste. Humeaba todavía la sangre de Cristo en el monte Calvario, cuando allá los docetes soñaron una suposición tan impía como disparatada de que, en vez de salir de las entrañas de una virgen, habíase apeado por las orillas del Jordán en forma ya perfectamente varonil; que había embelesado los sentidos de sus enemigos y de sus discípulos, y que los ministros de Pilatos habían desfogado su saña desvalida sobre una estantigua [huest antigua contraído que equivale a procesión de fantasmas] aérea que expiró al parecer en la cruz, y resucitó a los tres días de entre los muertos.

 

[Decadentismo]

El curioso que va tendiendo desconsoladamente la vista por los escombros de Roma se indigna contra los godos y vándalos por los estragos que no pudieron cometer, ni por el espacio, ni por la potestad, ni quizás por su inclinación. Pudo el turbión de la guerra derribar las techumbres más encumbradas; pero el descalabro que iba minando los cimientos de tantísima mole continuó pasada y calladamente por un plazo de diez siglos; y los móviles del interés, que luego fueron obrando abiertamente, fueron severamente reprimidos por Mayoriano [Julio Valerio 457-461 DC]. La decadencia de la ciudad había ido menoscabando los edificios públicos; incitaban a veces el circo y el teatro el afán del pueblo sin satisfacerle; los templos que se habían salvado del acaloramiento de los cristianos no contenían ya ni dioses ni hombres; la caterva ya menguada de los romanos se perdía por la inmensidad de los baños y de los

Monedas con la efigie de Mayoriano

Monedas con la efigie de Mayoriano

pórticos; y las librerías ostentosas y los salones de justicia se hacían inservibles a una generación apoltronada que se desentendía de toda clase de estudios y quehaceres. No había respeto ya para los monumentos de aquella grandiosidad consular e imperial que constituía el blasón inmortal de la reina de las ciudades, pues se apreciaban tan sólo como una mina inexhausta de materiales más baratos y a la mano que la lejana cantera. Dirigían a los magistrados avenibles de Roma peticiones decorosas, que alegaban escasez de piedra o ladrillo para algún intento preciso; y así se iban afeando violentamente las fábricas más asombrosas para algunos reparos mezquinos o supuestos; y los romanos bastardos, que aplicaban el despojo a su provecho, iban demoliendo sacrílegamente los trabajos de sus antepasados; pero Mayoriano, que solía antes dolerse de tanta asolación, aplicó un remedio severo al escandaloso estrago. Reservó al príncipe y al senado los casos extremos, para que en su vista otorgasen la destrucción conveniente de algún edificio, impuso una multa de cincuenta libras de oro (diez mil duros) a todo magistrado que osase conceder permisos tan torpes e ilegales, amenazando a los dependientes criminales con azotes violentos y el cercén de entrambas manos, si obedecían aquellas órdenes perniciosas. Parece que en esta última parte el legislador desproporcionaba la pena con el delito; pero su destemple venía a proceder de un impulso gallardo, pues ansiaba Mayoriano resguardar los monumentos de aquellos siglos en que anhelaba y merecía haber vivido.

Bien se le alcanzaba lo infinito que debía interesarle el acrecentar el número de los súbditos; que le competía el conservar la pureza de todo lecho nupcial; mas los medios de que se valió para el desempeño de tan altos fines aparecen indebidos y reprensibles. Las solteras devotas que consagraban su virginidad a Cristo tenían que cumplir cuarenta años antes de tomar el velo. Las viudas de menos edad debían contraer segundo enlace en el término de cinco años, bajo pena de la confiscación de la mitad de su caudal a favor de sus parientes más cercanos, o bien del estado. Se vedaban o anulaban los matrimonios desproporcionados. Confiscación y destierro se conceptuaron penas tan ínfimas para castigar el adulterio, que si el reo se aparecía por Italia, declaró expresamente Mayoriano que se le pudiera matar impunemente.

 

Comentario

El fragmento que titulé [Cristianos], representa, desde mi punto de vista, un modelo de la imagen que escandalizó a los tradicionalistas cuando Gibbon aplicó el racionalismo a la interpretación de la Historia Sagrada. El texto está muy documentado y proyecta el tono frío de un analista moderno. En la Roma Imperial decadente, el Cristianismo representa todo un hallazgo. El autor comenta algunos de los debates que plagaron el crecimiento de aquel proyecto ideológico y su estrecha relación con el pensamiento de Platón.

El relato muestra las contradicciones del crecimiento de la fe, cuando ebionitas y docetes disputaban la imagen que se debía preservar de Jesús. Se trataba de un debate agrio en torno a la naturaleza de Jesús. Los ebionitas, literalmente “hombres pobres”, seguían siendo fieles observadores de la Ley Mosaica, velaban las prohibiciones alimentarias judías y celebraban el sábado como el día de reposo. Pero, convertidos al cristianismo, insistían en que Jesús era un profeta humano más y no de la misma naturaleza de Dios como sugiere el concepto católico del Hijo del Hombre o Hijo de Dios. Los ebionitas son el signo más contundente de lo que se denomina el “cristianismo pobre”, tendencia que si bien reconoce que Jesús es el Mesías, no acepta su existencia previa en paridad con Yahveh y niega su naturaleza divina y el nacimiento carnal del vientre de una mujer virgen. Uno de los libros sagrados más respetado por esta tradición es el llamado “Evangelio según los Hebreos”. Los ebionitas se caracterizan por su abierto rechazo a los escritos de Pablo de Tarso, el Apóstol de los Gentiles. Los “Nazarenos”, que también menciona el autor, compartían muchas de aquellas creencias, pero estaban dispuestos a aceptar la divinidad de Jesús.

Por otro lado, los gnósticos, literalmente “los que conocen” o “los sabios”, y en especial los docetes, sostenían con argumentos platónicos que Jesús no solo era de naturaleza divina sino que negaban su naturaleza humana. El concepto “docete” sugiere la noción de “apariencia” o “lo que aparenta”. En esa etimología se encuentra una de las claves del docetismo. Los docetes negaban también que Jesús hubiese nacido de una mujer virgen y alegaban que surgió o descendió adulto y maduro en algún lugar del Río Jordán. Para explicar su biografía según consta en numerosos evangelios, argumentaban que su imagen terrestre era meramente la de un fantasma o el reflejo de una idea superior, y su crucifixión y muerte una ilusión. Esa ha sido la forma en que el Islam apropió a Isa-Jesús. Para el islamismo su muerte en la cruz es solo un espejismo y no un hecho real. El Sura 4: 156 del Corán sostiene que “Ellos [los judíos] dicen: Hemos condenado a muerte al Mesías [Cristo], a Jesús, el hijo de María, el Mensajero de Dios. No, no lo han matado, no le han crucificado: un hombre que se le parecía fue puesto en su lugar, y los que disputaban sobre esto han estado ellos mismos en la duda. No lo sabían a ciencia cierta, no hacían más que seguir una opinión. No lo han matado realmente. Dios lo ha elevado a él, y Dios es poderoso y prudente”.

El fragmento que titulé [Decadencia] es un registro breve de la situación de Roma cerca de su desaparición política en tiempos del emperador Julio Valerio Mayoriano (457-461 DC). La decadencia es física y moral. Antes de Mayoriano se acostumbraba derribar los monumentos del pasado para obtener material de construcción para estructuras nuevas. El emperador lo prohibió. El fragmento demuestra que la ciudad ya no es lo que era: el respeto reverencial por el pasado no existe. No hay atisbo de libertad ciudadana y la crisis se maneja con mano dura. El emperador cristiano del momento de la decadencia, quien enfrentó exitosamente a francos y alamanes, fue el último que intentó restaurar el poderío romano. La decadencia estimula un retorno simbólico a un pasado que se presume grande y que enorgullece. Pero también implica negarse a aceptar la ruina que se vive y el desastre que se augura para el futuro.

Nota: la división en párrafos es mía. Los comentarios en corchetes también y se usan para aclarar la información. La traducción del fragmento del Sura citado es de Joaquín García Bravo.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor