Metodología historiográfica


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y Escritor

Dejo tres fragmentos de Polibio de Megalópolis (200-118 AC) que aclaran su mirada al problema de la causalidad en la historia, y aclaran su concepción de la Historia Universal, concepto al cual se le asocia constantemente Las fragilidades de ambas concepciones resultan notables para el estudioso del presente. Sin embargo, en el contexto del tiempo en que fueron redactadas, representaron una revolución cultural.

Polibio

Fragmento 1: “La Causalidad en la Historia” en Polibio de Megalópolis. Historia Universal bajo la Republica Romana. Libro XI, capítulo 19a

¿Qué provecho saca el lector al esforzarse a través de guerras, batallas, sitios de ciudades y esclavizamientos de pueblos, si no es penetrar en el conocimiento de las causas que hicieron que una parte lograra el éxito y la otra fracasara en sus respectivas situaciones? Los resultados de los acontecimientos son sólo entretenimiento para el lector, mientras que la búsqueda en las disposiciones previas de las causas es provechosa para el estudiante serio. El análisis de un hecho dado, en todos los detalles de su mecanismo, es la mejor educación para los lectores con paciencia suficiente para seguir el proceso.

 Comentario:

El autor acepta que el estudio de la historiografía tiene una función doble: entretener o informar y educar o formar. Informarse tan solo de lo que sucedió-los acontecimientos- es suficiente para lo primero. Descubrir qué está detrás de los acontecimientos -las causas-, ayuda a lo segundo. Uno u otro resultado dependen, en última instancia, del receptor. Polibio ve la historiografía como una disciplina intelectualmente legítima y respetable.

 

Fragmento 2: “Causas últimas y aproximadas” en Polibio de Megalopolis, Historia Universal bajo la Republica Romana. Libro XXII, capítulo 18.

El comienzo de desastres irremediables que derribaron la casa real de Macedonia puede ser planteado desde este período. Desde luego que soy consciente de que varios historiadores de la guerra entre Roma y Perseo, en sus esfuerzos por explicar las causas de la lucha, han citado, primero, la expulsión de Habrupolis de su propio principado en venganza por su correría sobre el distrito minero de Pangeo, después de la muerte de Filipo (cuando Perseo vino a prestar socorro, derrotó totalmente al príncipe antes mencionado, y lo expulsó de sus propios dominios). Después de esto, ellos citan la invasión de Dolopia por Perseo y su visita a Belfos, y del mismo modo el complot tramado en Belfos contra el rey Eumenes de Pérgamo y el asesinato del embajador beocio — sucesos de los cuales, según algunos escritores, surgió la guerra entre Perseo y Roma. En mi opinión, nada es tan esencial ya sea para los escritores o para los estudiosos de la historia como comprender las causas que subrayan la génesis y el desarrollo de cualquier serie determinada de hechos; pero el problema ha sido confundido en los escritos de muchos historiadores a través de su falla por captar la diferencia entre la ocasión y la causa, y además entre el comienzo y la ocasión de una guerra. En el caso presente, me encontré tan claramente impulsado por el principal sujeto tratado que me veo obligado a volver a discutir esta cuestión.

De los sucesos mencionados con anterioridad, los primeros son acontecimientos ocasionales, mientras que el grupo posterior (incluyendo el complot contra el rey Eumenes, el asesinato del embajador y otros hechos simultáneos de un carácter similar) constituye con toda seguridad el comienzo de la guerra entre Roma y Perseo y la caída del Imperio Macedonio. Literalmente ninguno de esos sucesos, sin embargo, es en verdad una causa, como procederé de inmediato a demostrar. He sostenido previamente que era Filipo, hijo de Amintas, quien concibió y propuso llevar a cabo el proyecto de la guerra contra Persia, mientras que Alejandro era un agente que negoció el asunto en cumplimiento de las decisiones previas de su padre. En la misma forma, precisamente, mantengo ahora que era Filipo, hijo de Demetrio, quien originalmente concibió el proyecto de emprender la guerra final contra Roma, y que había preparado todos los armamentos necesarios para tal fin, mientras que Perseo era un agente que negociaba la cuestión cuando su padre le había abierto el camino para él. Si esto es correcto, lo que sostengo es evidente por sí mismo, pues las causas de la guerra no pueden ser posteriores en fecha a la muerte de los individuos que la decidieron y planearon. Sin embargo, esto es lo que surge del relato presentado por otros historiadores, pues todos los sucesos citados en sus obras sobre este tema son posteriores a la muerte de Filipo.

 Comentario:

En el proceso de explicar la caída de la casa de Macedonia ante Roma, Polibio distingue la naturaleza de las causas del acontecer histórico en “últimas” o primarias, y “aproximadas”, “ocasionales” o secundarias. La relevancia de las causas “últimas” en la configuración del proceso histórico es crucial para su juicio.. La revisión crítica de las autoridades previas resulta palmaria. El papel protagonismo de las figuras públicas proceras -Habrupolis, Filipo y Alejandro de Macedonia, Perseo, Eumenes-, también. La médula de su explicación radica en aclarar el conflicto internacional que crea las condiciones de la guerra. Las conjuras que preceden el evento, expresión de la voluntad de poder de unos cuantos, recuerdan el argumento de Tucídides en torno al papel de las pasiones humanas en el desenvolvimiento histórico.

 

Fragmento 3: “Unidad o universalidad de la Historia” en Polibio de Megalópolis, Historia Universal bajo la Republica Romana. Libro VIII, capítulo 2.

Me enorgullezco de que el verdadero registro de los hechos ha confirmado ahora la verdad del principio que he destacado repetidamente en el comienzo de mi obra – el principio de que es imposible obtener de las monografías de los especialistas de historia un desarrollo de la morfología de la Historia Universal. Al leer una narración desnuda y aislada de los acontecimientos en Sicilia y España, es de todo punto de vista imposible comprender e interpretar la magnitud o la unidad de los hechos en cuestión, por los cuales yo pongo de manifiesto los métodos y medios de los que se ha valido la Fortuna para cumplir lo que ha sido el logro más extraordinario de nuestra generación. Este es nada menos que la reducción de todo el mundo conocido al dominio de un solo imperio -un fenómeno del cual no hay un ejemplo previo en la historia registrada. Un conocimiento limitado del proceso por el cual Roma capturó a Siracusa y conquistó España, puede ser, sin duda, obtenido de las monografías de los especialistas; pero sin el estudio de la Historia Universal resulta difícil comprender cómo ella consiguió la supremacía universal, cuáles fueron los hechos locales y particulares que impidieron la ejecución de proyectos generales, y además cuáles los sucesos y oportunidades que contribuyeron a su éxito. Por las mismas razones, no resulta fácil captar la magnitud de los esfuerzos de Roma o la potencia de sus instituciones. Que Roma compitiera por la posesión de España y también de Sicilia, y que ella realizara campañas en ambas regiones, no aparecería claro si se considerara cada suceso aisladamente. Sólo cuando consideramos el hecho de que tanto el gobierno como la comunidad estaban logrando resultados en varias esferas simultáneamente al conducir esas operaciones, y cuando incluimos en el mismo estudio las crisis internas y luchas que preocuparon a aquellos que eran responsables por todas las actividades en el extranjero mencionadas, entonces el carácter particular de los hechos surge claramente y logra llamar la atención que merece. Esta es mi réplica a los que imaginan que el trabajo de los especialistas los iniciará en la Historia General y Universal.

Comentario:

Polibio insiste en que no se puede obtener de las versiones de los “especialistas” una impresión de la “morfología de la Historia Universal”: el todo no equivale a la suma de sus partes. El “logro más extraordinario de nuestra generación”, a saber, “la reducción de todo el mundo conocido al dominio de un solo imperio”, es decir Roma, solo es posible mediante el estudio de la Historia Universal y la explicación de cómo tykhé o Fortuna facilitó ese proceso. Polibio, un griego, no puede ocultar su admiración por Roma y su despreció intelectual por las historias particulares. El conflicto entre lo universal y lo local, o la mirada macro y la mirada micro, está perfectamente planteado en este fragmento.

  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Tucídides de Atenas (470-c. 395 A.C.), autor de la Historia de la guerra del Peloponeso, fue crítico del estilo de Herodoto de Halicarnaso. La crítica de Tucídides a Herodoto era eminentemente hermenéutica o interpretativa. Uno de las metas de Tucídides era tratar de superar el determinismo divino como explicación causal manifiesta en la épica griega. En ese sentido su proposición es eminentemente moderna: la causalidad se racionaliza y se humaniza en la medida en que se aleja de los factores suprahumanos.

Tucídides de Atenas

Esto significa que para Tucídides,  la historia y sus problemas tienen un carácter puramente profano. La implicación hermenéutica o interpretativa más notable, es que los giros y mutaciones del acontecer,  la contingencia de la materia de la historia, se explican mediante las pasiones humanas concepto que adelanta la idea de la voluntad de poder y que pone la mira en el papel del individuo como protagonista de la historia. En ese sentido, los actores humanos se mueven acorde con sus instintos, es decir,  las perturbaciones de ánimo, las preferencias, las aficiones. Los paralelos entre esta perspectiva y el lenguaje teórico del siglo 18 europeo, que tanta responsabilidad otorgó a la temperie o temperamento, y al estado natural en la explicación del origen de la cultura y el estado, no puede ser descartada. El carácter egoísta de las pasiones humanas es un parentesco nada desechable entre aquella concepción antigua y la de  lo contratistas e iusnaturalistas de la Ilustración.

Las implicaciones metodológicas de aquel aserto son muchas. Si el historiador conoce las pasiones humanas, la historia se hace comprensible. La aproximación sugiere algo análogo a la denominada psicohistoria. Pero tiene otras implicaciones mayores. Buena parte de los acontecimientos históricos, se apoyan en bases irracionales. A pesar de ello, la comprensión de  aquellos acontecimientos tiene que darse sobre bases racionales.

Por otro lado, también en el aspecto puramente metodológico, Tucídides insiste en la historia testimonial pero argumenta que el dato debe ser documentado de una manera precisa: su meta es alcanzar una credibilidad a toda prueba. Lo que no sea demostrable, quedará fuera del relato. Si bien Herodoto inventa una suerte de etnografía o de historia cultural, por su temática Tucídides sienta las bases de la historia política de contenido bélico, e inventa el culto a los grandes hombres o figuras próceras que se desenvuelven en ese mundo del “arriba” social de la Polis. El héroe civil y público, una suerte de superhombre con timé (honor), están en el centro de su narración.

Herodoto y su imago mundi

La Historia de la guerra del Peloponeso cuenta la guerra entre una potencia marítima y otra terrestre. La guerra se expone como un sistema dualista mecaánico: el escenario confronta  una voluntad de poder imperialista, representada por Atenas; y otra antiimperialista sintetizada en Esparta. El poder de Persia, es terciar en el conflicto al lado de los espartanos  o los antiimperialistas. Tucídides era hijo de una familia aristocrática y poseía formación militar. El texto demuestra que quien escribe es un partisano de los imperialistas, de los atenienses. A pesar de la racionalidad del texto, su objetividad es cuestionable. En realidad el autor  produce una versión sesgada, la de los atenienses quienes, además, resultan ser los vencedores. En consecuencia, piensa la historia como un aristócrata y un militar imperialista. El libro es un alegato que aspira justificar la victoria de los imperialistas.

El hecho de que algunos intérpretes lo prefieren como “Padre de la Historia” ante Herodoto, me parece relevante. La legitimidad de la historiografía en el mundo griego no tenía que ver con la objetividad y el pluralismo. Por el contrario, el discurso estaba invadido por el etnocentrismo y los prejuicios sociales y políticos del autor.

 

Una síntesis

Herodoto y Tucídides son pensadores de momentos de crisis. Herodoto escribe en el contexto de las Guerras Médicas e inventa la historia cultural y etnográfica. Tucídides escribe en el contexto de las Guerras del Peloponeso e inventa la historia bélica y política. El etnocentrismo y el sesgo o prejuicio cultural los domina a ambos. Los momentos de crisis política y social, parecen ser excelentes para la reevaluación de las posturas historiográficas.

  • Mario R. Cancel
  • Catedrático Asociado de Historia

Primero que nada quisiera agradecer la invitación de la Sección de Historia para comentar el libro de la Dra. Ramonita Vega Lugo Urbanismo y sociedad. Mayagüez de Villa a Ciudad publicado por la Academia Puertorriqueña de la Historia en el año 2009. Lo que pretendo con este comentario, más que valorar el volumen en sí, es elaborar unos apuntes en torno a la tradición historiográfica que representa y, a la vez, proponer  una interpretación en torno a lo que significan estos esfuerzos para el conjunto de la disciplina historiográfica en el presente.

El libro de Vega Lugo es un modelo de microhistoria abarcadora y de un juicioso manejo de una diversidad de fuentes primarias de diverso tipo en el cual dialogan numerosos archivos y registros. Primero, los Municipales, fundamentales para el tipo de microhistoria que maduró en Puerto Rico desde fines de la década del 1970. Segundo, el General, clave para contextualizar la información obtenida de aquellos en el marco de los aparatos administrativos del siglo 19. Tercero, algunas Colecciones Particulares, que enriquecen la aportación de los otros. Si a ello se añade la  impresionante suma de fuentes impresas,  debo concluir que se trata de un libro maduro.

Microhistoria: un problema

La Microhistoria fue uno de los productos intelectuales más acabados de la Revolución Cultural del 1968. El impacto ideológico del historiador marxista inglés, E.P. Thompson (1924-1993), famoso por su título Tradición, revuelta y conciencia de clase. La Microhistoria fue uno de las expresiones de la ruptura con la idea de la Totalidad Racional heredada de la Ilustración, ratificada por la Historiografía Científica del siglo 19 y reformulada por la Historiografía Socio-Económica que dominó durante buena parte del siglo 20 en la forma de la New History y la tradición francesa de la revista Annales.

El micro-historiador judío-italiano Giovanni Levi (1939-),  autor de La herencia inmaterial (1990), insistía en que la Microhistoria no era producto de una reflexión teórica formal, sino producto de una praxis investigativa concreta. Levi veía en la Microhistoria el valor de que la reflexión teórica sucedía a la indagación empírica de numerosos microespacios invisibles u olvidados por la Historia Universal o la Historia Nacional. Un resultado neto de la praxis microhistórica fue ampliar el campo de investigación de los profesionales de la disciplina y hacerlo más espeso o denso. El otro consistía en que esa situación favoreció los intercambios metodológicos con las Ciencias Sociales, en particular la Sociología y la Antropología Social. Dicho de otro modo, la Microhistoria incitaba las prácticas interdiciplinarias y las visiones holísticas.

La Historia –una disciplina con un largo pasado de vinculación a las Humanidades y la Literatura– aceleró su proceso de integración de muchos de los recursos de la investigación más original que produjo el siglo 19: las llamadas Ciencias Sociales. La opinión de Levi me parece crucial por el hecho de que es, junto con Carlo Ginsburg (1939-) autor del conocido El queso y los gusanos (1976), uno de los fundadores de la Microhistoria Italiana.

Micro versus Macro

Lo cierto es que la Historia Nacional es una cosa: la Historia de San Germán, Mayagüez, Ponce o San Juan es otra. Del mismo modo, la Biografía del procerato es una cosa: la Microbiografía es otra. Muchas veces, la Microhistoria rectifica los consensos de la Historia Nacional. También la Microbiografía sirve de contrapunto a la imagen del Héroe Civil de la Biografía procera. La Microhistoria y la Microbiografía se mueven por los márgenes, las periferias y la infamia. Un ejemplo de ello es Fernando Picó en Contra la corriente: seis microbiografías de los tiempos de España (1995), quien revisó la imagen de un fragmento de la historia de la segunda parte del siglo 19 en el país. La visión micro llena de carne y de humanidad acontecimientos, figuras y procesos que se disolverían o emborronarían en el tejido de la Macrohistoria. Las intensas búsquedas entre los dos extremos también favorecieron la experimentación entre ambos extremos. El desaparecido Harry Hoetink, fallecido en el 2005, dejó en Invitación a la historia regional (2002) lo que denominó Historia Regional, una forma del conectar la mirada Macro y la Micro.

La Microhistoria fue, no hay que dudarlo, una respuesta historiográfica a la crisis de las creencias optimistas, actitud que se generalizó entre 1970 y 1980 en el marco del fin de la Guerra Fría y la muerte del Relato de la Modernidad. En aquellos años, las Teorías del Progreso y la idea del Cambio Histórico Social, fueron reevaluadas en todo Occidente de una manera original. Esto significa que, para la Nueva y la Novísima Historia, la Microhistoria cumplió un papel revolucionario.

El impacto metodológico de ese esfuerzo por reducir la escala de observación en nombre de la mirada microscópica, fue la ampliación de la base documental en la medida en que se ocupa de espacios más reducido y más intensos. Ello permite extrapolar conclusiones que cuestionan las visiones de conjunto y las enriquecen. La Microhistoria acerca la disciplina Historiográfica a lo que Peter Burke (1937-), historiador británico, denominó en ¿Qué es historia cultural?, una Antropología Histórica o una Historia Antropológica. La deuda de los Estudios Culturales radicales con la mirada micro resulta innegable.

Microhistoria puertoriqueña

La Microhistoria Puertorriqueña aparece en la década de 1970 y 1980 como una reacción a la Historiografía del 1950. El contencioso con la tradición, desempeñó un papel crítico ante la complacencia del Discurso Históriográfico y Sociológico  Populista que celebraba el Progreso y la Modernización producto del Nuevo Trato, la Industrialización por Invitación y el Estado Libre Asociado. Su expresión coincidió con una crítica del Occidentalismo dominante en la Universidad de Puerto Rico –“casa de estudios”- que se impuso bajo el palio del Dr. Jaime Benítez, Rector de Río Piedras y luego Presidente de la institución. L Microhistoria cuestionó la autoridad de funcionalismo de  Talcott Parsons (1902-1979)  y la democracia buena de Carl J. Friedrich (1901-1984) dominantes en la discusión académica puertorriqueña. Y técnicamente echó por la borda la interpretación axiológica de Henry Wells (1914-2007) quien miraba el triunfo o el fracaso de la Modernización de Puerto Rico a la luz de cuánto apropiaran los puertorriqueños los valores modernos identificados con los valores americanos.

En 1979 la historiadora Blanca Silvestrini apuntaba en una conferencia en Curaçao, un panorama de las fuentes de investigación que retarían la “imaginación del historiador” durante la década por empezar. En 1980, el historiador Mario A. Rodríguez León podía decir: “La historiografía puertorriqueña es muy joven, todavía se encuentra en una etapa intermedia entre la búsqueda y publicación de fuentes documentales y algunos trabajos monográficos de carácter histórico”. Todavía en 1983 el doctor Fernando Picó hizo un balance de los avances investigativos en una conferencia auspiciada por el Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP) en San Juan y decía: “Tengamos la imaginación y la audacia de plantearnos nuevos problemas”. Este libro de Ramonita Vega Lugo es una muestra de esa “imaginación”  y “audacia” que soñaban los colegas del 80.

Comentario en la presentación del libro de Ramonita Vega Lugo. Urbanismo y sociedad. Mayagüez de Villa a Ciudad 1836-1877. (2009) San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia. RUM, 25 de marzo de 2010.

La verdadera ciencia: La experiencia

  • Leonardo Da Vinci (1452-1519)

Ahora piensa, ¡oh, lector!, qué confianza podemos tener en los antiguos que intentaron definir el alma y la vida —las cuales superan toda prueba— mientras que aquellas cosas que pueden ser conocidas con claridad en todo momento y probadas por la experiencia, permanecieron desconocidas durante muchos siglos, o fueron entendidas erróneamente.

Muchos pensarán que tienen motivo para reprocharme, diciendo que mis pruebas contradicen la autoridad de ciertos hombres tenidos en gran estima por sus inexperimentadas teorías, sin considerar que mis obras son el resultado de la experiencia simple y llana, que es la verdadera maestra.

Estas reglas nos capacitan para discernir lo verdadero de lo falso, nos mueven a investigar con la debida moderación solamente aquello que es posible, y nos impiden utilizar el manto de la ignorancia, que no nos llevaría a resultado alguno y nos conduciría a la desesperación y al consiguiente refugio en la melancolía.

Soy plenamente consciente de que al no ser un hombre de letras, ciertas personas presuntuosas pueden pensar que tienen motivos para reprochar mi falta de conocimientos. ¡Necios! ¿Acaso no saben que puedo contestarles con las palabras que Mario dijo a los patricios romanos? «Aquellos que se engalanan con las obras ajenas nunca me permitirán usar las propias». Dirán que al no haber aprendido en libros, no soy capaz de expresar lo que quiero tratar, pero no se dan cuenta de que la exposición de mis temas exige experiencia más bien que palabras ajenas. La experiencia ha sido la maestra de todo buen escritor; por esto será siempre ella la que yo citaré como maestra.

Aunque yo no puedo hacer citas de autores como ellos, me basaré en algo mucho más grande y digno: en la experiencia instructora de sus maestros. Ellos se pasean orgullosos, engreídos y majestuosos, revestidos y engalanados,, no con sus propios méritos, sino con los ajenos y, ni siquiera me permitirán apropiarme de los míos. Y si ellos «me desprecian siendo un inventor, cuanto más deben ser despreciados ellos que no son inventores, sino pregoneros y repetidores de obras ajenas.

Los inventores y los intérpretes entre el hombre y la naturaleza, comparados con los pregoneros y repetidores de obras ajenas, se asemejan a la imagen que un objeto proyecta en el espejo. Aquél, como algo que existe por sí mismo, la imagen como nada. Gente que debe muy poco a la naturaleza; ya que solamente como por casualidad han sido revestidos de forma humana y, por ello, podíamos clasificarlos entre los animales.

Al no encontrar tema alguno de gran utilidad o entretenimiento, por haber sido ya tratados todos los temas útiles y necesarios por los autores que me han precedido, haré como aquél que por su pobreza es el último en llegar al mercado y, al no poder proveerse como los demás, compra aquellas cosas que los otros ya han ojeado y rechazado por su escaso valor. Yo me encargaré de los quehaceres despreciados y desechados por otros, las sobras de muchos comprado­res, e iré distribuyéndolas no en las grandes ciudades, sino en las pequeñas aldeas, recibiendo en pago lo que sea justo por lo que ofrezco.

Aquellos que se dedican a resumir obras, perjudican el conocimiento; y el deseo, ya que el deseo de algo es ,1a fuente del conocimiento, y el deseo es tanto más ferviente cuanto más cierto es el conocimiento. Esta seguridad nace del conocimiento profundo de todas las partes que componen el conjunto de una cosa.

Por lo tanto, ¿cuál es la utilidad de quien prescinde de la mayor parte de los elementos de que el todo está compuesto con el fin de resumir? Sin duda alguna es la impaciencia, madre de toda extravagancia, la que fomenta la concisión, como sí tales personas no tuvieran toda una vida por delante lo suficientemente larga para adquirir un conocimiento profundo de una sola materia, como, por ejemplo, el cuerpo humanó. Intentan comprender el pensamiento de Dios, que abarca el universo entero, sopesándolo y desmenuzándolo en infinidad de partes, como si lo hubiesen atomizado. ¡Qué insensatez! No nos damos cuenta de qué hemos dedicado toda nuestra vida a nosotros mismos, y aún no somos conscientes de que la pedantería es nuestra característica principal? De esta forma, despreciando las ciencias matemáticas en las que se encuentra la verdadera información acerca, de las materias que ellas tratan, nos engañamos a nosotros: mismos y a los demás juntamente con la masa de los sofistas. Así pronto estaremos dispuestos a. ocuparnos de fenómenos milagrosos y a escribir e informar de todo aquello que sobrepasa la inteligencia humana y que en modo alguno puede ser demostrado naturalmente. Llegaremos a imaginar que hemos hecho milagros cuando hayamos estropeado, el trabajo de algún hombre ingenioso, y no nos daremos cuenta de que estamos cayendo en el mismo error del que, para probar que un árbol sirve para hacer tablas, lo despoja de sus ramas cargadas de hojas entreveradas con flores o frutos. Así hizo Justino resumiendo las obras de Trogo Pompeyo, quien había escrito las grandes hazañas de sus antepasados en un estilo florido, lleno de admirables y pintorescas descripciones; al resumirlas, compuso un trabajo insulso, apropiado únicamente para mentes impacientes que imaginan pierden el tiempo cuando lo dedican al estudio de obras de la naturaleza y acciones de los hombres.

El origen de todos nuestros conocimientos está en nuestras percepciones.

El ojo, llamado ventana del alma, es el medio principal por el que podemos apreciar más plenamente las infinitas obras de la naturaleza.

La experiencia nunca se equivoca; es nuestra apreciación la que únicamente se equivoca, al esperar resultados no causados por los experimentos. Puesto que una vez dado un principio, lo que de él se sigue debe ser verdadera consecuencia, a no ser que exista un impedimento. Y si existe un impedimento, el resultado que se seguirá del principio fijado sería resultado de ese impedimento en mayor o menor grado, según que el impedimento fuese más o menos fuerte que el principio fijado. La experiencia no se equivoca; únicamente se equivoca nuestro dictamen, al esperar de ella lo que cae fuera de su poder. Los hombres se quejan equivocadamente de la experiencia y le reprochan con amargura el llevarles al error. Dejemos en paz a la experiencia y culpemos más bien a nuestra ignorancia, que es la causa de que nos arrastren vanos y tontos deseos, como el de esperar de la experiencia cosas que no están en su poder y luego decimos que es engañosa. Los hombres se equivocan al culpar a la inocente experiencia, acusándola de falsedad y de demostraciones engañosas.

A mi juicio, todas las ciencias serán vanas y estarán llenas de errores, a menos que nazcan de la experiencia, madre de toda certeza, y si luego no son probadas por ella; es decir, si en el principio, en el intermedio o al final rio pasan a través de alguno de los cinco sentidos. Si no estamos seguros de la certeza de cosas que pasan a través de los sentidos, cuanto más deberemos cuestionar otras contra las que se rebelan los sentidos, tales como la naturaleza de Dios, del alma y otras semejantes acerca de las cuales existen un sinfín de disputas y controversias. Esto sucede, sin duda, porque donde no manda la razón ocupa su lugar el griterío. Por el contrario, esto nunca sucede cuando las cosas son ciertas. En consecuencia, allí donde hay disputas no hay verdadera ciencia, ya que la verdad solamente puede acabar de una forma; dondequiera que exista, desaparecerá definitivamente toda controversia, y si surgiera de nuevo, con seguridad nuestras conclusiones serían dudosas y confusas y no habría resurgido la verdad.

Todas las verdaderas ciencias son resultado de la experiencia adquirida a través de los sentidos, la cual hace acallar las lenguas de los litigantes. La experiencia no alimenta los sueños de los investigadores, sino que siempre procede de principios fijados minuciosamente con anterioridad, paso a paso con ilación hasta el final, como puede apreciarse en los  principios matemáticos. En matemáticas nadie discute si dos veces tres son más o menos que seis, o si los ángulos de un triángulo son menores que dos ángulos rectos. En esta materia, todas las disputas acaban para siempre, y los aficionados a estas ciencias pueden disfrutar de ellas en paz. Esto resulta inalcanzable para las engañosas ciencias especulativas.

Hay que desconfiar de las enseñanzas de estos teóricos, ya que sus razonamientos no son confirmados por la experiencia.

Tomado de Leonardo Da Vinci, Cuaderno de notas (1982). Madrid: Busma.

Comentario:

El fragmento de Cuaderno de notas de Da Vinci es una invectiva en contra del conocimiento autoritario -el que se apoya en el saber de otros, el indirecto-, y contra el conocimiento teórico -el que no está apoyado en una praxis o práctica investigativa concreta-.  La crítica va dirigida lo mismo a los eruditos laicos que a los teólogos. Los primeros son los «pregoneros y repetidores» del saber ajeno; y los segundos invierten su tiempo en cuestiones que no son comprensibles mediante los sentidos y por la tanto son vanas como es el caso de la Naturaleza de Dios.

La conceptualización de la experiencia sensorial como «la verdadera maestra» de los «inventores y los intérpretes» por oposición a los «pregoneros y repetidores» representa la actitud de un Humanista Moderno maduro. La tesis de Da Vinci es que «el origen de todos nuestros conocimiento está en nuestras percepciones» y que la experiencia «nunca se equivoca» siempre que la misma sea iluminada por la razón.

El conocimiento de la naturaleza depende de nuestra capacidad de reconocer un «principio» y determinar su «consecuencia». La idea de la relación causa-efecto está clara en este argumento. Determinada esa relación por medio de la razón, no hay disputas ya que la «verdad solo puede acabar de una forma».

La experiencia sensorial, la determinación causaefecto y la razón, combinadas, producen la verdad, según Da Vinci.

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Página siguiente »