• Mario R. Cancel-Sepúlveda

En un artículo de 2017 titulado “El espacio como forma de hacer historia. Del Giro Espacial a la narrativa de la simultaneidad”, Joan Muñoz González de la Universidad de Barcelona reconoció algo que, por elemental, no debe ser pasado por alto. Me refiero al hecho de que la experiencia historiográfica del siglo 21 se ha desenvuelto en un diálogo tirante con la historiografía de fines del siglo 20. El punto de partida de los elementos de tensión, disociadores para algunos y enriquecedores para otros, pueden ser trazados hasta el fin de la Guerra Fría (1989-1991), un momento clave para el debate posmoderno y para el desarrollo del orden neoliberal.

La mirada de Muñoz González, un investigador preocupado por la historia del presente parece articularse alrededor de la metáfora del siglo 20 corto del intelectual materialista histórico inglés Eric Hobsbawn (1917-2012) y en la presunción de que la reflexión sobre el pasado y sobre el presente depende ineluctablemente del hoy. Desde mi punto de vista una de las dudas que asedia al autor es si espera a la humanidad un siglo 21 largo.

Las referidas afirmaciones están penetradas, claro está, por la condición europea de quien las formula por lo que su propuesta será la adecuada para esa cultura sin que necesariamente sea satisfactoria para el resto de la humanidad. En ocasiones me pregunto si no sería mejor dejar atrás la noción siglo, cargada de un potente sentido místico, e intentar tomar posesión del problema del tiempo en los términos que el filósofo francés Henri Bergson (1859-1941) imaginaba la duración real.

Paul Klee, Metropolis 6 -Ciudad de los sueños

El argumento base de Muñoz González es que la globalización de las relaciones materiales y espirituales ha vuelto a llamar la atención sobre los aspectos geográficos y el espacio a principios del siglo 21. La analogía entre el alegado fenómeno y el acaecer de principios del siglo 20, el cual abonó el terreno para la consolidación de lo que se denominó el Giro Social camino a la invención de una historiografía nueva es evidente. Lo cierto es que el efecto de la internacionalización de principios del siglo 20 y la globalización de principios del siglo 21 ha sido avasallante. Algunas pruebas al canto de ello pueden deducirse de los paralelismos entre la experiencia de la pandemia de influenza de 1919 y de la del Covid19 a partir del brote de Wuhan en 2019 y su declaración como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 11 de marzo de 2020.

Desde la perspectiva de Muñoz González, aspecto en el cual no está solo, la situación de la historiografía europeo occidental manifiesta todos los rasgos de una “crisis”. La selección del sustantivo llama mucho mi atención. Crisis es una palabra de origen griego que significa “separar” o “romper” por lo que su utilización sugiere una “fractura” de lo que una vez estuvo junto y constituyó un cuerpo organizado y ordenado. Las “crisis” son situaciones generadoras de conflicto que minan un orden instituido e impiden su funcionamiento estándar. Para los griegos las “crisis” promovían momentos de reflexión o de elección, hecho que explica que conceptos como “crítica” y “criterio” sean dos de sus derivados más significativos.

La crisis actual de la historiografía de la que habla Muñoz González estaría ligada a la que se manifestó en las discusiones de la década de 1970: la que intentó dejar atrás el Giro Social y animó el Giro Cultural, Narrativo y Lingüístico coincidiendo con el debate posmodernista. Para este autor, argumento en el cual en general sigue a Fredric Jameson (1934- ), la crisis actual de la historiografía expresaría la dificultades propias del tránsito al neoliberalismo o bien podrían ser consideradas la expresión cultural de ello. En última instancia estaríamos siendo testigos de una crisis de la historia y de la historiografía, ámbitos que en alguna medida separa. La crisis exteriorizaría la voluntad de cuestionar los modelos historiográficos emanados de la experiencia de las décadas de 1960 y 1970, así como los de las décadas de 1980 y 1990, es decir, el conjunto completo de la herencia pos-Giro Social. La ruptura estaría relacionada con la fragmentación del saber pos-1960, una metáfora que recuerda el lenguaje de los historiadores de Annales. Pero no excluía la puesta en entredicho de la mirada microscópica. Una vez dejado atrás la historia total, la fragmentación y la microhistoria, se habrían impuesto las dudas sobre la cientificidad, confiabilidad y posibilidades futuras de la historiografía. Pero a diferencia de Rosenberg el autor no propone un nuevo cientismo o cientificismo como opción.

Los argumentos de Muñoz González sugieren la necesidad de un retorno cuidadoso a los artefactos interpretativos de la Giro Social y la historia social y económica que el Giro Cultural y la historia cultural refutaron de diversos modos. La solución que propone a la crisis dependería de la síntesis innovadora entre viejos y nuevos modelos, entre tradición y vanguardia, incluyendo la del Giro Cultural en todas sus manifestaciones, pero dando prioridad a la perspectiva de la larga duración, una herencia del Giro Social, con el fin de reinventar una historia total adecuada para los problemas propios era de la globalización. En cierto modo se trata de una afirmación de la preponderancia de lo social sobre lo cultural que respondería a los imperativos de la era pos Gran Recesión de 2009 cuando el discurso neoliberal pasó por una crisis de confiabilidad.

Su hipótesis es que la Historia Global y su énfasis en el espacio será capaz de enfrentar la fragmentación del saber disciplinario, adelantar la síntesis y superar la crisis. La mirada no difiere de la que maduraron los historiadores sociales de principios del siglo 20 ante la historiografía tradicional. El estudioso presenta ante una fórmula flexible y abierta, afín a las ideas de Fernand Braudel (1902-1985) y a la preocupación por el espacio que promovió la interacción entre las ciencias sociales y la historiografía, una relación que disciplinas como la Sociología o la Historia Ambiental, por ejemplo, podrían restituir. En términos generales para González Muñoz, como para Rosenberg, los debates sobre el relato histórico como realidad o ficción, propios del Giro Cultural, Lingüístico y Narrativo son “áridos”, es decir, no son productivos.

Los seres humanos en el espacio y el tiempo

La condición de la historiografía como una representación del lugar de los seres humanos en el escenario del espacio y el temporal, nociones de la física y la filosofía, es clave. La preocupación por el entorno espacial siempre ha estado allí: el contexto natural de los actos humanos llamó la atención a los historiadores desde la Antigüedad hasta el siglo 18. Durante el siglo 19, una deriva ineludible de la mirada de Karl Marx (1818-1883) era que la historiografía debía estudiar al ser humano en su primera y en su segunda naturaleza: el mundo natural (el entorno) y el artificial (la sociedad). Marx reconocía que ambas naturalezas eran articulabas discursivamente, cobraban sentido y ayudaban a forjar una identidad por medio del trabajo: ninguna existía al margen del trabajo racional. El entorno espacial volvió a llamar la atención durante el siglo 20 a la luz de la discusión braudeliana del mundo mediterráneo desde la escuela de Annales, los problemas ambientales y la discusión respecto al calentamiento global y el Antropoceno o Capitaloceno como una probable nueva era socio-geológica.

Muñoz González reconoce que espacio y tiempo es un binomio o dualidad epistemológica clave para la explicación histórica en todos los tiempos. En el continuo espacio-tiempo toman forma todos los hechos físicos que luego los seres humanos representamos de diversos modos incluyendo los históricos. Esta aserción, que tanto debe a la teoría de la relatividad entre otras especulaciones de la física, confirma que la historiografía nunca se ha desvinculado de las ciencias llamadas naturales por cuestiones de necesidad. Pero el autor también reconoce que, dada la naturaleza del trabajo de los historiadores y de la historia como “ciencia de los hombres en el tiempo”, la frase es de Marc Bloch (1886-1944), los profesionales del campo dieron más peso a la cuestión temporal que la espacial a la hora de la interpretación.[1] La intención de Bloch era establecer una condición sui generis, peculiar o única, que distinguiera la historia como saber.

Lo cierto es que el tiempo siempre ha sido el elemento explícito y riguroso con el que el historiador confronta los problemas que se plantea, mientras que el espacio ha sido un elemento implícito o sugerido. El Giro Espacial sería un esfuerzo consciente por suplir esa carencia y hacer la discusión del espacio más explícita y rigurosa a la hora de la producción del saber. Los halones de la cuestión espacial, los viajes de fines del siglo 15 y principios del siglo 16, la expansión imperialista de fines del siglo 19, y la globalización, habrían actuado como llamados a la preocupación por el espacio como correlato del tiempo a la hora de articular una historia total.

Problematizar la relación espacio tiempo, otra vez

Dos tendencias de la historiografía occidental favorecieron la preponderancia de la temporalidad en la retórica de la explicación. Me refiero al teleologismo, la creencia de que la historia poseía un orden que conducía a un fin loable; y el progresismo, una metáfora de la flecha del tiempo que comprometía moralmente a la humanidad con su estímulo. Aquellas eran dos metáforas temporales que tendían a reducir el espacio natural, social o cultural, a la condición de mero escenario, decorado o telón de fondo del conjunto de eventos o acontecimientos concatenados.

La subordinación del espacio al tiempo, uno de los rasgos característicos de la historiografía moderna, experiencia que maduró durante los siglos 18 y 19 en la forma de una paulatina emancipación del pensamiento historiográfico de la teología y el estrechamiento de una alianza con las ciencias naturales, penetró el relato histórico. El ejercicio de historiar se identificó con la recuperación y reordenamiento de una serie de hechos en el tiempo, una reconstrucción siempre limitada, de una manera diacrónica acorde con relaciones de causa y efecto que se asumían como ciertas. Las relaciones de causa y efecto concretas convergían con el fin último o telos del proceso histórico visto como un todo. El eje organizativo del gran relato moderno había sido el tiempo y no el espacio.  

Esto no significa que el espacio fuese olvidado del todo. El desarrollo de las ciencias sociales durante el siglo 18 y el 19 es un excelente ejemplo de lo opuesto. En cierto modo, si se le da crédito a la reflexión de Bloch de 1949 de que la historia era la “ciencia de los hombres en el tiempo”, la reflexión de las ciencias sociales podía apropiarse como la de “los hombres en el(los) espacio(s)”. La legitimidad de la alianza entre aquellos campos del saber en los cuales temporalidad y espacialidad, así como pasado y presente, se encontraban, explicaría el desarrollo y el éxito del Giro Social.

Una genealogía del balance entre el imperativo de la espacialidad y la temporalidad a lo largo del desarrollo de la disciplina en occidente podría ser aclaradora. Esta no es la ocasión para responder esa pregunta con detalle, pero voy a llamar la atención en torno a un par de nudos que pueden ser de importancia. Una genealogía como la propuesta debería mirar hacia la figura de Heródoto de Halicarnaso (c. 485-425 a. C.), un viajero y cronista de lo exótico, en sus Encuestas. La precedencia ocasional de aquel autor por el escrutinio de los espacios sociales y culturales resulta evidente, por ejemplo, en sus observaciones sobre las castas sociales en Egipto.[2] La imposición de la preponderancia de la temporalidad expresó el giro político de la discursividad que ya se había impuesto en el caso de Tucídides de Atenas (470-c. 395 a.C.) y su interés en el tema bélico.[3] El gran relato cristiano, por su parte, combinó las preocupaciones temporales con las espaciales en una teoría llena de tensiones. Los siete días y las dos ciudades míticas, luego tres, sintetizaron bien aquel esfuerzo en la lógica de Agustín de Hipona (354-430).

En la modernidad la preocupación por la intersecciones entre geografía e historia se consolidan alrededor de la obra de Alexander Von Humboldt (1769-1859) en el contexto de la formación de la universidad moderna, esfuerzo que fue determinante para el apetito espacial que marcó en el siglo 20 al Giro Social en especial la escuela de Annales. La penetración de lo espacial y la geografía en la obra de Fernand Braudel (1902-1985) en torno al Mediterráneo, la historia de ultramar y del capitalismo temprano desde 1940, desarrolladas a la luz del concepto duración sería otro momento importante del referido proceso.[4] Jo Guildi historiadora estadounidense de la Universidad de Brown y especialista en temas británicos, denominó ese fenómeno Giro Geográfico o Giro Espacial. En la genealogía propuesta deberían figurar intelectuales como, por ejemplo, Ibn Jaldún (siglo 14), preocupado por la forma en que el espacio o escenario del desierto moldeaba la personalidad, la cultura y la historia árabes.[5]  

Como podrá observarse, el forcejeo teórico entre la espacialidad y la temporalidad se profundizó a fines del siglo 19 coincidiendo con la crítica de los historiadores innovadores contra el historicismo y el gran relato moderno.  Un segmento significativo de los historiadores del siglo 20, como se sabe, compartieron las críticas al gran relato moderno, a la teoría del progreso y el teleologismo evolutivo optimista, artefactos que parecen ser la base de culto al tiempo manifestado por numerosos historiadores. La lectura de Muñoz González ofrece un panorama bastante preciso de esa genealogía y establece la necesidad de profundizar esa ruptura.

En síntesis, el retorno a la espacialidad, el imperativo de lo macro y la preponderancia de ese imaginario en la interpretación historiográfica cerraría un círculo que respondería, mejor que el imperativo de lo microscópico, a los reclamos de la realidad en un orden globalizado. En cierto modo lo que se propone es restituir una nueva Historia Total. Cuánto afectaría esa nueva actitud las alianzas intelectuales que hicieron bueno el desvanecimiento del ideal de la mirada del todo en favor de la mirada de la parte, es una cuestión incierta. Pero parece innegable que con ello los valores del Giro Cultural en general, la Historia Cultural y la Microhistoria en especial, serían sometidos a discusión.

Desde una perspectiva muy general, la historiografía del siglo 19 habría mostrado una obsesión cada vez más intensa con el tiempo y la metáfora del tránsito asociada a la cronología y la diacronía. La historiografía del siglo 20 hasta la década de los 1990, por su parte, habría mostrado una obsesión cada vez más intensa con el espacio asociada a la estructura y la sincronía. El cientismo y el Giro Espacial, dos respuestas distintas al hipotético agotamiento del Giro Cultural a principios del siglo, cumplen una función análoga. La revolución tecnológica, la Internet y las redes sociales, fenómenos propios de la era global habrían favorecido el proceso de erosión del Giro Cultural tras ratificar lo obvio: la linealidad del tiempo es un mito porque en realidad todo es simultáneo y diverso. El efecto de ello con respecto a las presunciones del Giro Narrativo es el mismo del cientismo: devaluar la narración.

Karl Schlögel (1948- ) en el volumen En el espacio leemos el tiempo (2003) en el cual discute los procesos de globalización, la geopolítica o el cambio climático, entre otros, argumenta que “en un instante percibimos lo que nos rodea: todo cuanto hay en torno, simultáneo y yuxtapuesto. Todo lo que está junto aparece de una vez, al mismo tiempo, simultáneo. El mundo como totalidad, complejo, entorno”[6]. El Giro Espacial y la promesa de una nueva Historia Global, perfilarían un modelo de universalidad más sostenible que la cristiana, la Ilustrada y la del Giro Social.

Los problemas del Giro Espacial, como los de toda propuesta teórica, no son difíciles de reconocer. Los seres humanos piensan y formulan su lugar en el tiempo y el espacio de manera cronológica. Narrar parece ser un estado natural y representar la simultaneidad siempre será más complicado que representar la sucesión. Ello no significa que sea imposible. Habría que buscar estrategias narrativas agresivas que ya han sido experimentadas fuera de la historiografía, desde la novela experimental o la antinovela de las décadas de 1960 y 1970, para reinventar el discurso.  

La narrativa de Jean Paul Sartre (1905-1980) en Las palabras (1963); la de LawrenceDurrell (1912-1990) en El cuarteto de Alejandría (1957-1960) podrían servir de modelo. Utilizar la táctica del collage o los parchos junto a una combinación heterogénea de imágenes, mapas, datos y técnicas de observación daría la impresión de la simultaneidad. Por último, volver a reflexionar sobre Bergson[7] y sus concepciones de los tiempos, no estaría de más. Pero ese ejercicio sigue pendiente. La agenda de debate está sobre la mesa.


[1] Marc Bloch (1982) Introducción a la historia. México: Fondo de Cultura Económica: 26.

[2] Mario R. Cancel-Sepúlveda, notas (24 de septiembre de 2009) “Heródoto de Halicarnaso, “Las castas en Egipto” en Encuestas o historias. (Fragmento 1)” en Historiografía: la invención de la memoria

[3] Mario R. cancel-Sepúlveda (26 de octubre de 2012) “Tucídides de Atenas y la historiografía griega” en Historiografía: la invención de la memoria

[4] Mario R. Cancel-Sepúlveda (22 de marzo de 2020) “Fernand Braudel y la teoría de las duraciones en Historiografía: la invención de la memoria

[5] Mario R. Cancel-Sepúlveda (30 de enero de 2010) “Documento y comentario: Ibn-Jaldún, geografía e historia” en Historiografía: la invención de la memoria

[6] Karl Schlögel (2007) En el espacio leemos el tiempo. Madrid: Siruela: 53.

[7] Mario R. Cancel-Sepúlveda (16 de abril de 2020) “Henri-Louis Bergson y el Vitalismo: el tiempo y la memoria” en Historiografía: la invención de la memoria

  • Mario R. Cancel-Sepulveda
  • Historiador

Peter Burke (2018) en “Writing History in the 21st Century: Challenges and responses”, artículo publicado en la revista Historia 396 de Valparaíso, Chile, ofrece una perspectiva más ponderada de la crítica situación del Giro Cultural en el siglo 21. El texto citado dialoga bien con el prólogo del volumen Debating New Approaches to History (2019) titulado “Introduction: A Framework for Debating New Approaches” el cual firmó con el joven historiador estonio Marek Tamm (1973- ), interesado en los escenarios medievales de la Europa Oriental y en la Mnemohistoria, un campo de estudio que ve la historia como una forma de la memoria cultural. En el volumen señalado Burke aporta el breve texto “Conclusion” . Como lo ha hecho en otras ocasiones, el historiador cultural inglés recurre al concepto giro para explicar las rutas probables de la teoría de la historia y la historiografía a lo largo del siglo 20 y las invenciones que se perfilan durante las primeras décadas del siglo 21.

Como se sabe, el siglo 20 fue el escenario del desarrollo del Giro Social en cuya genealogía se desenvolvió la idea de la Historia Total, Historia Social y Económica y la experiencia de los primeros y los segundos Annales en Francia, así como la New History y la Historia Cuantitativa estadounidenses. El registro no es exhaustivo pero aquellas vertientes elaboraron una enriquecedora explicación social, económica y política de la cultura y, en su conjunto, representaron una experiencia intelectual invaluable. Durante la última parte del siglo 20 el mundo académico e intelectual fue testigo de lo que se designó como el Giro Cultural, propuesta vinculada al Giro Narrativo y el Lingüístico, en cuya genealogía se desplegaron las vertientes de la Historia de las Mentalidades identificada como los terceros Annales, la Historia de las Representaciones reconocida con los cuartos Annales, ambas de origen francés; y la Historia Cultural también denominada Antropología Histórica o Historia Antropológica durante la década de 1980, y Nueva Historia Cultural durante la del 1990. Aquella fue una corriente asociada a mundo sajón británico o estadounidense. Las referidas vertientes confeccionaron una explicación cultural de la sociedad, la economía y la política que, en cierto modo, mostró otra cara de la historia.

Los giros social y cultural fueron experiencias cercanas que compartían valores con el Materialismo Histórico. Cada una de aquellas figuraciones dependía de una combinación de artefactos teóricos y metodológicos cuyo énfasis difería cuando el intérprete se posicionaba en lo social o en lo cultural. La aplicación forzada o mecánica de artefactos teóricos y métodos de las ciencias naturales había sido dejada atrás hacía tiempo. El cambio entre la óptica del giro social y cultural, un viejo pugilato que no ha resuelto el problema de cómo distinguir un hecho social de uno cultural, se dio a fines de la década de 1960 y principios de la de 1970, por lo que coincidió con el tránsito del capitalismo de posguerra al capitalismo neoliberal.

Peter Burke

Cualquier anotación u observación de Burke sobre aquel proceso es valiosa por una diversidad de razones. La más importante es que él se formó en aquel momento de tránsito y se instituyó en la figura más relevante del Giro Cultural hasta el presente. La marcha de la obra de este historiador converge con las tendencias dominantes en la teoría de la historia y la historiografía desde la década de 1970 al 2020. Su tesis es que, desde el año 2000, el Giro Cultural se ha ido devaluando en los medios intelectuales y sus posturas han comenzado a ser impugnadas con más intensidad. No se trata de un fenómeno único en su clase. En las décadas de 1960 y 1970 de manera rigurosa las relaciones entre la historiografía y las ciencias sociales fueron desafiadas con los resultados conocidos. Por lo tanto, a nadie debería sorprender que, desde el 2000 al presente, las relaciones entre la historiografía la antropología, la lingüística, la crítica literaria y la estética hayan sido puestas bajo revisión. En el campo de la historia hecho y en el de la historia relato, no puede eludirse la universalidad del cambio: lo único que no cambia es que todo cambia. A pesar de la crisis anunciada, lo cierto es que el potencial de las relaciones entabladas por el Giro Social y el Giro Cultural con un conjunto preciso de disciplinas sociales, humanas y literarias no pueden darse por agotadas.

Todo parece sugerir que la mirada social y la cultural han comenzado a retroceder ante las explicaciones emanadas de la nuevas ciencias naturales y revolución tecnológica. Burke sugiere identificar ese adversario, insinuado por las posturas de Rosenberg y otros, con el nombre de Giro Natural. Sin embargo la innovación atestiguada por Burke excede las fronteras de cientismo. En cierta manera, lo que sucede es que el interés historiográfico ha comenzado a tornar hacia territorios investigativos que se encontraban fuera del alcance del peritaje de los historiadores sociales y culturales. No se trata de temas inéditos sino de problemas difíciles de apropiar con los recursos con los que contaba la historiografía.

  • Uno de esos temas tiene que ver con el “exterior” del ser humano, más allá de las estructuras naturales y artificiales, es decir, de su primera y segunda naturaleza tal y como las definía el Materialismo Histórico clásico. En un mundo neoliberal y globalizado caracterizado por la aceleración del cambio y la demolición de las distancias por medio de las tecnologías digitales, las concepciones espaciales han cambiado y las relaciones del ser humano con sus congéneres y con todo lo que le rodea se articulan alrededor de artefactos materiales innovadores que cada vez cumplen una función más decisiva en sus vidas y afectan sus hábitos y comportamientos. Las computadoras personales, los teléfonos móviles y las máquinas inteligentes, son indiscutibles ejemplos de ello. El papel de esos objetos y cosas en la vida cotidiana del ciudadano-consumidor ha sido contradictorio: han conseguido liberarlo de algunas tensiones pero lo han esclavizado a otras. Lo cierto es que su influencia ha sido tan decisiva como el que tuvieron en otro momento de la historia el automóvil, la radiodifusión, la televisión o los electrodomésticos. Los efectos no han tocado del mismo modo a toda la humanidad. Como era de esperarse han sido mucho más palpables en el mundo altamente desarrollado que tiene fácil acceso a ellos. Los adelantos más significativos también han profundizado la desigualdad. Burke ha llegado a codificar el concepto Giro Espacial y la Historia de las Cosas para referirse a esos dos procesos paralelos.
  • Otro tiene que ver con el inexplorado “interior” del ser humano más allá de su funcionamiento biológico y sus estructuras psicológicas. La compleja subjetividad humana ha comenzado a ser historizada, al menos eso se intenta, a través del estudio de la expresión cambiante en el tiempo y el espacio de las emociones, los afectos, los miedos y de todos los procesos cognitivos. El proyecto ha incluido también la pregunta sobre la apropiación del pasado a través de la organización de sus huellas y rastros, práctica que ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de la relación entre las imágenes del pasado y su registro y, en consecuencia, entre la memoria y la historia, tanto desde una perspectiva individual e informal como colectiva y oficial. Hablar de memoria implica inevitablemente hablar de su opuesto: el olvido. La preocupación por las formas que adopta el recuerdo personal y las conmemoraciones de las gestas auspiciado por el Estado y sus opositores por ejemplo, no dejan lugar a dudas de que el control de la memoria y sus usos preocupa cada vez más. En el lenguaje teórico de Burke, el presente es testigo de lo que se ha conceptualizado como el Giro Interior.

En cierto modo, las miradas del Giro Espacial y el Giro Interior continúan las dos tradiciones más densas de la teoría y la historiografía del siglo 20: la primera el Giro Social y la segunda el Giro Cultural.

  • El Giro Espacial sugiere que, a la hora de hablar sobre historia, el balance entre el peso del tiempo y el del espacio en la historiografía ha comenzado a mirar con más insistencia hacia la cuestión espacial y su percepción, abriendo posibilidades insospechadas para la disciplina. El tema central de la discursividad humana, en especial desde el momento del humanismo, ha sido esclarecer la condición humana en el tiempo y llamar la atención sobre su creciente protagonismo en la confección de su vida temporal en ruta hacia una meta loable que, por lo regular, adopta una forma de la libertad. Si bien es cierto que la evaluación del papel del espacio no ha estado ausente en la historia del pensamiento histórico, la preocupación esencial de la disciplina se ha centrado en el engranaje y las articulaciones temporales. La dialéctica humana con su complejo escenario “exterior” natural, sin duda, fue cardinal en el caso de historiadores como Ibn Jaldún, en el Determinismo Geográfico de los siglos 18 y 19, en la Geohistoria y en la discursividad distintiva de los segundos Annales y, más recientemente, en la Historiografía Ambiental, campo que tanto adeuda a la Sociología Ambiental y a los movimientos ambientalistas de la década de 1960 en adelante.
  • El Giro Interior sugiere que, a la hora de hablar de historiografía, el balance entre el interés en el sujeto humano como ente individual o ente colectivo tiende a favorecer la primera opción, abriendo también posibilidades insospechadas para la disciplina. El Giro Espacial y el Interior no están separados por un abismo. En ambos casos la textualización del “exterior” y el “interior” será una pieza documental clave porque, después de todo, entre ambas esferas se presume que existe una relación de mutua determinación. La indagación en torno a esa compleja dialéctica entre el escenario de lo “interior” y el “exterior” natural o artificial, ha llamado la atención sobre el impacto que ha tenido y tendrá en la vida biológica, social y cultural el conjunto cosas y objetos que se han inventado o creado para facilitar la vida humana en una diversidad de escenarios. Los efectos en la condición humana del dominio de la piedra pulida en el neolítico, de la escritura, de la imprenta, del motor de combustión y de la alta tecnología, revoluciones tecnológicas distantes pero comparables, parece convertirse en una preocupación central de la historiografía que se perfila.

En términos generales, el “exterior” y el “interior” así concebidos se caracterizan por la fluidez o la carencia de espesura, una metáfora que remite a la liquidez con que Bauman tipifica numerosos aspectos de la cultura posmoderna. En el caso de Burke también remiten a la metáfora del hibridismo, la heterogeneidad y la mixtura, rasgo que rechaza cualquier idea de esencialidad o pureza. Una deriva de todo ello es la idea de que ningún conocimiento es fijo y que todo modo de saber cambia o, como se afirmó en otra parte de este volumen: lo único que no cambia es que todo cambia. La premisa del Giro Cultural en el sentido de que “que ya no era tan importante responder a la pregunta de “qué pasó” y que la prioridad consistía esclarecer “cómo fue relatado”, percibido o comunicado”, ha sido confirmaba.

Una última aclaración. El Giro Natural, Espacial e Interior son conceptos tentativos que apenas comienzan a debatirse. La experiencia historiográfica, profesional y académica de las próximas décadas dirá si se desarrolla y se imponen o si se quedarán en el camino para ser olvidadas. La teoría y la historiografía han demostrado que ambas posibilidades están allí. Corresponderá a otros comentaristas del futuro evaluar su desenvolvimiento.

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

La historiografía profesional y académica occidental del siglo 20 estuvo marcada, entre otras cosas,  por el intenso interés en esclarecer la condición humana en el tiempo y el espacio a la luz de sus condicionamientos sociales y culturales. A lo largo del tiempo las fronteras entre lo social y lo cultural se hicieron cada vez más tenues. El nuevo orden cultural y económico mundial, forjadas en el crisol de las crisis de toda índole iniciadas durante las décadas de 1960 y 1970, marcaron la experiencia que el historiador cultural inglés Peter Burke (1937- ) identificó con las metáforas de la Historiografía Nueva, el Giro Social y el Giro Cultural. ¿Qué pasa en la historiografía a la altura de la segunda década del siglo 21?

Un viejo/nuevo debate

En 2019 Eric Alterman (1960- ), profesor en Brooklyn College en City University of New York interesado en la historia de los medios de comunicación masiva publicó en The New Yorker-News Desk el artículo “The Decline of Historical Thinking”. El autor citaba una investigación de Benjamin M. Schmidt, profesor de historia en Northeastern University y especialista en humanidades digitales e historia intelectual en Estados Unidos durante los siglos 19 y 20. El estudio demostraba que entre 2010 y 2019 el interés por estudiar historia en la universidades convencionales o no elite en Estados Unidos, había decaído en un 33 % en casi todos los grupos étnicos, raciales y de género. El porcentaje era superior al de cualquier otro campo de estudio.

De acuerdo con el autor una de las razones para la decadencia del interés en los estudios históricos tenía que ver con que buena parte de los departamentos de historia se concentraban en la formación de maestros y en el hecho innegable de que las carreras en educación eran cada vez “less attractive to students” por las malas condiciones laborales que prometían, situación que incluía inseguridad laboral y bajos salarios. El desinterés en inscribirse en programas de historia fue compensado con un ascenso en la matrícula a los programas STEM, iniciales en inglés de los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y matemática, pero también incluyó los programas de enfermería, computación y biología. Un dato interesante era que el fenómeno no se había reproducido en universidades tales como Yale, Brown, Princeton y Columbia, centros de estudio de la elite. De hecho, las “estrellas” de la disciplina estaban en esas instituciones y un título de cualquiera de ellas seguía abriendo puertas a sus egresados en cualquier lugar del mundo. El problema no parece reducirse a una cuestión laboral solamente.

Historias / Narraciones

¿El fin de la narrativa?

Alex Rosenberg (1946- ), filósofo y novelista interesado en la filosofía de la biología y de la economía, ha elaborado una de las críticas más agresivas y punzantes al Giro Cultural, el Giro Narrativo y el Giro Lingüístico. La misma puede consultarse en el texto titulado  “Why most narrative history is wrong”,  fragmento del libro How History Gets Things Wrong: The Neuroscience of Our Addiction to Stories,publicado en 2018 por The MIT Press. La propensión a la estetización y literaturización de la historiografía, práctica que se ha considerado como uno de los rasgos distintivos de aquellas tendencias hermenéuticas, fue objeto de su impugnación.

Rosenberg se definía como un “naturalista” y estaba comprometido con una forma de pensamiento que él identificaba con el nombre de scientism, concepto que ha sido traducido lo mismo como “cientismo” que como “cientificismo” en castellano. El rasgo dominante de aquel procedimiento era la sobrevaloración de los principios científicos y el respeto exagerado al saber basado en la experiencia, un debate punzante a lo largo de toda la historia no solo de las ciencias sino también de la filosofía, el cual también penetró las ciencias sociales y la historiografía.

El cientismo, como se le denominará de aquí en adelante, afirma que las respuestas a las preguntas tanto sobre la vida material como la vida espiritual, pueden ser aclaradas por la investigación científica y sus métodos. Sus alegatos sugieren un retorno a los lugares comunes que se impusieron durante la Revolución Científica del siglo 17 las cuales, filtradas a través del pensamiento racionalista ilustrado del siglo 18, desembocaron en la cultura científica del siglo 19. La tesitura de la expresión, sin embargo, es otra. La ciencia en la cual se apoyaban los pensadores de los siglos 17 y 19 no era otra que la Física o mecánica clásica vinculada a Newton. En el siglo 21 el sostén de la confiabilidad en la ciencia que Rosenberg aduce gravita alrededor de la Neurociencia, un campo que investiga el funcionamiento del sistema nervioso y su papel en las acciones del ser humano en el tiempo y el espacio, de la mano del estudio biológico del cerebro y de su bioquímica, pero también de la psicología.

En cuanto a la Historia Cultural en todas sus manifestaciones, “Why most narrative history is wrong” sostiene que es incorrecto asumir que esclarecer la historia relato de un objeto de estudio equivalga a conocerlo de una manera verdadera. El autor ha desplazado la reflexión del lugar en el cual se encuentran los elementos descriptivos y ordenadores que produce una narración respecto a un asunto tal y como lo haría un historiador cultural. En su lugar, ha puesto toda la atención en el esclarecimiento de las estructuras materiales, biológicas en este caso tales como el sistema nervioso y el cerebro, es decir, en el sistema y el órgano que hacen posible que un ser humano recuerde y articule una narración concreta en torno a una eventualidad. En ese sentido, la explicación natural o biológica ocupa el lugar de la elucidación cultural o social y, en el proceso, reduce ésta a la condición de mero reflejo o traducción de una reacción bioquímica. El cientismo al que apela el autor puede considerarse como la respuesta mejor articulada al Vitalismo científico, sistema de pensamiento que sostenía que la vida no era reductible a interacciones físicas, biológicas y químicas.

La estructura argumentativa de Rosenberg se alimentaba de una serie de saberes tales como la Ciencia Cognitiva, es decir, el estudio de la mente y sus procesos incluyendo la memoria, el razonamiento, las emociones, la percepción y el lenguaje, entre otros. También apela a la Antropología Evolutiva que vincula una serie de elementos propios de la antropología física y de la biología para comprender el comportamiento biológico y sociocultural del ser humano a lo largo de su evolución. Además incorpora la Sicología Infantil que estudia la transformación de los niños desde una perspectiva social, entiéndase en términos de las relaciones con su entorno familiar, y una perspectiva biológica, entiéndase  a la luz de la observación de su desarrollo físico. Por último acude a la Medicina y la antes referida Neurociencia que se ocupan del organismo en general y del cerebro en particular.

Su esbozo tiende a descartar cualquier papel de la voluntad o la intencionalidad humana en la ejecución de sus actos sociales e históricos en la medida en que tiende a explicarlos como acciones reductibles a la biología y sus mecanismos. Todo acto humano no sería otra cosa que producto de factores, procesos y combinaciones biológicas discernibles. Pensar históricamente y producir historia a través de una combinación de textos articulados en un discurso, narrar o relatar, sería el resultado de una facultad genéticamente determinada. El planteamiento sugiere conexiones con lo que hoy se denomina posthumanismo, un concepto que circula desde la década de 1990 y que propone un sistema de pensamiento que busca superar la representación del ser humano elaborada sobre la base del humanismo revisándola de la mano de la ciencia y la tecnología, relación que habrá que evaluar con más detenimiento en otra ocasión.

En un sentido filosófico la mirada del cientismo pretende haber resuelto el problema del balance entre la libertad y la determinación en las acciones de la humanidad en el tiempo y el espacio. La oscilación entre la libertad y la determinación, sugerida como un problema sin solución, habría encontrado una respuesta definitiva: todo está determinado y la libertad es una ilusión. Rosenberg partía de la idea de que el relato o la narración con que se explicaba el pasado se manufacturan en el cerebro y que la forma en que aquel se organiza evoluciona con aquel órgano. El problema no es la historia relato o narrativa sino la propensión a considerar lo narrado como una explicación válida. ¿Por qué?

Para Rosenberg la narración o el relato producido distorsionan la realidad, condición que lo convierte en una fuente de ilusiones, concepto que en latín equivale a engaño y que además posee una vinculación con la idea del juego, la mofa o la burla. Esto significa que el planteamiento de Ricoeur (1990) de que la narración “es el medio primario de conocer el mundo” no tendría la más mínima validez para este autor. El problema es que entre ambas posturas, la narración histórica o el relato distorsiona la realidad versus la narración histórica permite conocer la realidad, no existe conciliación posible. Dado que la historia narrativa distorsiona y deforma la realidad, tampoco debería ser considerada una guía útil para la práctica: la idea de Cicerón de la historia como maestra de la vida también sería una befa.

El vicio central de las narraciones históricas no es otro que su carencia de valor científico. Ser científico no es otra cosa que la capacidad de generar un saber verdadero apelando a teorías, leyes, modelos, descubrimientos, observaciones o experimentos como lo practican las ciencias naturales. En el marco de esas condiciones, las narraciones en general y las históricas en particular, tienden a promover el malestar y, dado que difieren y se oponen en la evaluación de los eventos relatados, fomentan conflictos que nunca encontrarán solución.

Desde el punto de vista de Rosenberg, dos narraciones enfrentadas en torno a un mismo tema historiográfico nunca ayudarán a resolver los problemas que emanan del pasado sino que más bien los perpetuarán. El hecho de que las versiones nunca se pongan de acuerdo, situación que ha sido explicada a la luz de la individualidad y capacidad estética y creativa del emisor de la narración, convierte a las narraciones en general y a las históricas en particular, en instrumentos idóneos para usos demagógicos, útiles para justificar causas políticas ambiciosas sobre bases frágiles y para comprometer emocionalmente y no racionalmente a los receptores de aquellas. La elaborada crítica está dirigida a devaluar a la “incertidumbre” o el “pensamiento débil” que la cultura posmodernista veía como una ganancia e incluso como una condición u oportunidad para la libertad, proyectándolo como una pérdida. En términos generales, todo lo que el Giro Cultural consideró una virtud o un valor de la historiografía, ha sido redefinido como un vicio o una lacra por lo que en adelante se denominará el Giro Natural.

El discurso aludido tiene ciertas ramificaciones que valdría la pena auscultar. Rosenberg parece sugerir que, dadas las antes indicadas condiciones, no es necesario ni útil conocer el pasado en la forma en que hoy se le sabe: con conocer el presente sería suficiente. La afirmación recuerda el defecto que señalaba el vitalista Nietzsche al exceso de historia crítica con el resultante presentismo y su rechazo al pasado, en este caso, a su narración. Su lógica se apoya en la consideración, no del todo descarriada, de que conocer el pasado sobre la base de narraciones históricas de esa índole no es de mucha utilidad para conocer de modo verdadero el presente: sólo nos informan sobre las motivaciones de los narradores históricos, su subjetividad en última instancia, y ello no sirve de mucho para enfrentar el presente.

¿Otro fin para otra historia?

Lo que está sobre la mesa es si todo esto significa que la historiografía profesional y académica tal y como se le conoce deba ser descartada. Aunque algunos observadores podrían arribar a esa conclusión y el interés por los estudios históricos universitarios en Estados Unidos parece irse reduciendo según algunas fuentes, Rosenberg no lo ve de ese modo. El autor parte de la premisa de que la historiografía profesional y académica no se reduce a la narración. Lo que valora de ella recuerda la mirada del Positivismo Crítico del siglo 19: la precisión cronológica y su capacidad para fijar el pormenor. De inmediato salta a la vista que lo que celebra Rosenberg es lo mismo que el Vitalismo filosófico, el Giro Social y la Historiografía Nueva señalaron como un defecto de la historiografía tradicional desde fines del siglo 19 y principios del 20.

Los elementos señalados y celebrados como un logro, los datos, son las unidades básicas de una narración y, en consecuencia, pueden ser evaluados como objetivos o concretos en el sentido científico. La reconocida objetividad de los datos, sin embargo, se invalida cuando se organizan en una narración o un relato histórico siempre propenso a la subjetividad. En general, las virtudes de la historiografía profesional y académica radican según Rosenberg en el hecho de que aquella recurre poco a la narrativa y el relato, aspecto en el cual reconoce la influencia o el impacto recibido del saber científico natural y social y de las ciencias de la conducta en ese campo disciplinar.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 19 de junio de 2021.

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador

Unos apuntes en torno a la Microhistoria, la Historia Local y su relación con el Giro Cultural, Lingüístico y Narrativo en el preámbulo del debate posmoderno.