• Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

La New History, la Historia Total y la Historia Social y Económica francesa, también conocida como la Escuela de Annales, le dieron un cariz trasformador, tanto en el aspecto metodológico como en el discursivo o retórico, a la historiografía del siglo 20. No se trató de un fenómeno localizado o aislado sino de un giro o cambio visible en los intereses investigativos y las metodologías de los historiadores profesionales que paulatinamente se internacionalizó a través de los circuitos académicos. Sería un error concluir que el mismo fue resultado de la intersección entre el Materialismo Histórico clásico con la experiencia francesa y estadounidense exclusivamente. En cierto modo, desde aquellas plataformas penetró también la intelectualidad de otros países como es el caso de la Escuela de Bielefeld en Alemania en la década de 1960 la cual se apoyaba en la revisión de la sociología de Max Weber y su crítica del pensamiento de Marx, entre otros; e incluso la Nueva Historia Social y Económica en Puerto Rico en la década de 1970, la cual utilizaba como marco de referencia tanto el Materialismo Histórico, la Historia Social y Económica francesa y la New Economic History estadounidense, entre otras.

Peter Burke (1937- )

Aquella experiencia investigativa e interpretativa es lo que se ha identificado genéricamente como la historiografía nueva o nueva historia, conceptos que al cabo del tiempo se han convertido en expresiones anacrónicas dados los profundos cambios que la disciplina manifestó desde la década de 1970 en adelante, tema que se discutirá un poco más adelante. Para el historiador cultural Burke, la experiencia de la innovación se extendió hasta la década del 1990, decenio límite del orden emanado de las paces de la Segunda Guerra Mundial y coyuntura en la cual un nuevo orden mundial surgido de la Gran Recesión  desde 1971, abrió paso al neoliberalismo y la globalización de los mercados a la vez que radicalizó la crítica de la modernidad y sus valores más preciados en el marco del hasta el día de hoy irresuelto debate sobre el sentido de la postmodernidad que caracterizó la vida intelectual durante la década de 1990.

Una valoración general de la historiografía nueva o nueva historia debería resaltar dos cosas. Por un lado, su condición de experiencia colectiva en la cual, si bien se han destacado un conjunto limitado de figuras, nunca se limitó a aquellas. Por otro lado, debería llamarse más la atención sobre los logros más celebrados y permanentes de aquella, a saber:

  • Primero, la voluntad que demostró por dar continuidad y completar de un modo original el proyecto compartido por la Historiografía Latina, el Providencialismo Cristiano y la  Ilustración, de generar una historia total que abarcase hasta donde fuese posible a toda la humanidad. Si aquellas articularon su propósito alrededor de criterios políticos o ideológico-religiosos, la experiencia de siglo 20 vinculó la idea de la totalidad o universalidad sobre nociones espaciales y geográficas pero a ello añadieron, por su vinculación con las ciencias sociales modernas, consideraciones sociales y culturales que le daban una densidad mayor al concepto.
  • Segundo, el carácter socialmente inclusivo y original de su búsqueda. Aquella fue una historiografía que tomaba en cuenta el abajo social, las periferias y los habitantes de los márgenes a los que usualmente se señalaba como grupos que “no tienen historia”. En ese sentido enfrentó temas y problemas inéditos que la historiografía tradicional y el gran relato moderno no eran capaces de percibir.
  • Tercero, el modo crítico en que completó la interpretación del historicismo al aceptar que, dado que todo es histórico todo es historizable, afirmación que abrió la historiografía a posibilidades infinitas. Al confirmar el relativismo o perspectivismo gnoseológico desde la perspectiva de lugar social desde el cual se observaba el mundo, se cuidó de no minar la credibilidad de la historiografía. La nueva historiografía o nueva historia no se empecinó en la búsqueda de una verdad última o definitiva y siempre prefirió el lenguaje de la tendencias y las probabilidad al lenguaje autoritario y absoluto de las leyes. Con ello ayudó a configurar un criterio de cientificidad más abierto, flexible y confiable que el que se impuso durante el siglo 19: el valor de la exactitud del saber abrió paso al relativismo de este, transición que también se había dado ya en el campo de las ciencias naturales con el desarrollo de la física relativista y cuántica a principios del siglo 20.
  • Cuarto, la forma filosóficamente cuidadosa en que revisó el principio del determinismo y su relación con la libertad, esfuerzo que ya había iniciado el Materialismo Histórico clásico en el siglo 19. Como resultado de ello las llamadas leyes de la historia, siendo históricamente construidas fueron consideradas falsables: desmentían la inevitabilidad del acontecer y lo proyectaban como un proceso abierto a la probabilidad. De ello derivaba una concepción de la libertad humana y la determinación de los factores externos sobre aquella más ajustada a las circunstancias que sugería que en la historia las cosas no ocurrían de manera forzosa o ineludible sino en el contexto de condiciones posibles. Los contextos y el esfuerzo o la voluntad humana las viabilizaban o las frenaban, aspecto que recuerda la reflexión de Maquiavelo en el escenario del humanismo en torno a un asunto análogo.
  • Quinto, la forma balanceada y cuidadosa en que, a pesar de que rechazaban los acontecimientos únicos o la “duración corta”, sus historiadores fueron capaces de poner a dialogar el  “polvo de la historia” o lo “episódico” con la oscilación cíclica propia de la coyuntura y las estructuras, rasgo distintivo de la “duraciones media” y la “duración larga” que, como historiadores sociales, llamaba más su atención.

El historiador cultural Burke sintetizó el significado de la historiografía nueva o la nueva historia en dos metáforas sugerente: una tenía que ver con la idea del “giro” y otra con la de la “mirada”. En cuanto a la primera cuestión, Burke afirmaba que aquella implicaba dos cosas:

La disciplina había ejecutado un “giro vertical” o hacia el abajo social, lugar desde el cual la percepción del mundo social e histórico era otra en la medida en que era la propia de los subalternos, subordinado o marginados. Aquellos eran los  sectores que carecían de historia no porque viviesen fuera del tiempo y el espacio sino porque no tenían poder ni quien la relatara o narrara desde ellos o en representación de ellos. El giro vertical llamó la atención sobre la relevancia de la situación del abajo social y sus personajes igual que la historiografía tradicional había resaltado la del arriba social y sus personajes. De ese modo, asuntos como la vida cotidiana y la cultura popular o de la gente común fueron investigadas igual que antes se había indagado en torno a la vida ritualizada y la cultura de las elites aristocráticas o burguesas. 

Aquella tendencia vino acompañada de “giro horizontal” o hacia los lados y extremos sociales, con el propósito de comprender  los espacios ocupados de las periferias o los márgenes desde donde la percepción del mundo social e histórico también era distinta. En términos generales de lo que se trataba era de dejar de mirar desde el “arriba social” y desde el “centro”, espacios ocupados por las minorías y los gestores del poder material cuyas posturas se imponían sin resistencia alguna. Aquellos giros favorecieron el reconocimiento de la diversidad, heterogeneidad y amplitud de los excluidos del discurso historiográfico, los subalternos y los marginados, en la medida en que  visibilizaron a los invisibles con lo que el radio de estudio del historiador se amplió enormemente. Para verlos la historiografía nueva o la nueva historia se vio precisada a identificarse con ellos, por lo que la empatía reclamada por Bloch era necesaria si se buscaba comprender su situación. Aquel fue el terreno apropiado para el desarrollo de la historia problema planteada por Febvre de la mano de la ciencias sociales modernas. La ampliación del campo  de estudio de los historiadores supuso un nuevo nivel de complejidad, condición que estimuló el planteamiento de nuevas preguntas e hipótesis.

De acuerdo con Burke, la disciplina también ejecutó un cambio en la “mirada”, es decir, la óptica o la forma de visualizar el pasado. En ese sentido, la mirada telescópica, distante o panorámica propia de la macrohistoria y el macroanálisis, abrió paso a la mirada microscópica, cercana y minuciosa propia de la microhistoria y el microanálisis. En la medida en que el alcance de la mirada se redujo -del mundo y la nación a la región y la localidad- la observación se hizo más detallada y puntillosa y el ser humano concreto más visible y susceptible de ser interpretado. En aquel proceso los recursos de la  sociología y la antropología cultural cumplieron un papel clave tal y como se verá más adelante. La reducción de la mirada favoreció varias cosas:

  • Por un lado, la mirada microscópica facilitó el cuestionamiento de muchas de las conclusiones de la mirada macroscópica con lo que la idea de una historia universal estructurada, legislada, determinada y regulada por leyes universales que nunca cambiaban perdió credibilidad.
  • Por otro lado, el cambio de la mirada y la apropiación de aquellos lugares ignorados favoreció la democratización del saber y promovió en el historiador el desarrollo de una nueva sensibilidad.

No se puede olvidar que la nueva mirada microscópica requirió instrumentos metodológicos distintos a los de la mirada macroscópica. Se reconoció que para comprender a los pueblos sin historia, al abajo social, a los subalternos, a los subordinados, a los marginados y a las periferias, había que buscar sus huellas y rastros en archivos, registros y fuentes distintas a las que orientaban sobre el arriba social, sector acostumbrado al poder y a la visibilidad. En los fondos documentales  públicos tales como los archivos históricos civiles y eclesiásticos, los habitantes del abajo social  ocupaban una nota al calce o se proyectaban a la sombra de las figuras de poder. Los archivos institucionales convencionales propios de la historiografía tradicional no fueron descartados. Sólo se recomendaba acercarse a ellos de modo distinto y formulando las preguntas adecuadas.

La limitación de aquellos registros estimuló la búsqueda en otro tipo de fondos documentales privados y menos accesibles al investigador profesional, tales como archivos particulares, colecciones de correspondencia, diarios, reflexiones autobiográficas y una diversidad de textos literarios e imaginarios, entre otros. Pero también abrió camino a la interpretación de materiales no escritos tales como las fuentes orales, e incluso no verbales como sería el caso de imágenes que provenían de la pintura, de la prensa tales como fotografías o caricaturas, y de la cinematografía y la televisión. No sería exagerado afirmar que la historiografía nueva o la nueva historia fue un fenómeno decisivo  para la formación de un nuevo historiador y una nueva archivística  o archivología. La historiografía tradicional había quedado atrás. La ruta para abandonar el gran relato moderno estaba abierta.

 


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Los “Primeros Annales” (1929-1945) son inseparables de las figuras de Marc Bloch (1886-1944) y Lucien Febvre (1878-1956), quienes habían sido educados en la Escuela Normal Superior y trabajado como profesores en Estrasburgo. Ambos manifestaron especial interés por los aspectos sociales, económicos y culturales del pasado. La historiografía de Bloch se amparaba en los recursos que ofrecía la sociología; y la de Febvre en los de la geografía y los escenarios naturales. De hecho, Febvre publicó en 1922 el libro La tierra y la evolución humana. Introducción geográfica a la historia en el cual llamaba la atención sobre las intersecciones entre ambos campos del saber. La Historia Social y Económica francesa también conocida con Escuela de Annales e identificada como historiografía nueva o nueva historia fue, a la larga, el resultado de aquellos trabajos iniciales.

En el campo teórico e interpretativo las notas dominantes de la Historia Social y Económica francesa fueron en primer lugar, la interdisciplinariedad, práctica que fortaleció el desarrollo de una alianza y la importación de metodologías de diversos campos del saber tales como:

  • Las Ciencias Sociales siguiendo el modelo de los Annales de Sociología de Durkheim
  • La Geografía Humana siguiendo el modelo de los Annales de Geografía del geógrafo francés Pierre Vidal de la Blache (1845-1918)
  • La historia económica alemana siguiendo el modelo del historicismo económico de Gustav Schmoller (1983-1917) en el marco de las staatwissenschaften o Ciencias del Estado que tenía en la economía uno de su componentes al lado del derecho, la historia y la administración civil.

El segundo lugar, llama mucho la atención su interés por el problema de la Edad Media y los periodos del Humanismo y la Reforma Evangélica, procesos que tanto influyeron en la figuración material y espiritual de la Europa Moderna. Con ello buscaban animar la  explicación de la Europa Moderna, caracterizada por el crecimiento del capitalismo industrial y financiero, sobre la base de una reflexión profunda en torno a su pasado premoderno y precapitalista recurriendo a argumentos sociales, económicos y geográficos innovadores. Por eso en lugar de ocuparse del capitalismo industrial y financiero como lo habían hecho Marx en el siglo 19 y Lenin a principios del siglo 20, buscaban explicar el problema estudiando sus fases formativas a la luz de los burgos, comunas o ciudades y las redes comerciales que habían crecido en Europa desde los siglos 11 y 12 d.C. Para comprender bien aquella experiencia era necesario fijarse en las estructuras sociales y económicas tanto o más que en las políticas y jurídicas.

Marc Bloch durante la Gran Guerra (1914-1918)

En tercer lugar, rompieron con el proceratismo, la tendencia a ver los procesos y los cambios históricos como resultado del esfuerzo de los individuos excepcionales en la vida pública propia de la biografía latina y romántica, y reformularon la mirada en torno aquellos. Febvre, por ejemplo, escribió estudios innovadores sobre Felipe II (1911) y Martín Lutero (1928). Braudel en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1949), tenía en el monarca español, cuyo reinado se extendió desde el 1556  hasta el 1598, un punto de referencia importante. Pero siempre se cuidó de proyectarlo como un actor más entre una diversidad de fuerzas. El esfuerzo de aquellos iba dirigido a reposicionar al hombre excepcional en su contexto social, económico y cultural con lo cual se superaba el subjetivismo propio de la biografía tradicional.

En cuarto lugar, mostraron particular interés en los espacios diferenciales o marginales, es decir, aquellos que la historiografía tradicional pasaba por alto, como tema de estudio. Bloch (1924) publicó el volumen Los reyes taumaturgos, su primera gran obra, en la cual discutía la vida social de la monarquía francesa y británica del año 1000 d.C. a la luz del “rito del toque” y la fe de los súbditos en el poder sobrenatural del rey como figura maravillosa y milagrosa por cuenta de sus presuntos poderes curativos sobre la escrófula o las úlceras que brotaban del cuerpo de los tuberculosos. Detrás de la actitud de los súbditos estaba presente la idea de que el poder del monarca tenía un origen divino, idea de que provenía de las especulaciones políticas propias del Providencialismo Cristiano o Determinismo Divino. De igual modo, Bloch en el libro La historia rural francesa:  caracteres originales (1931) elaboraba una investigación sobre las comunidades campesinas y los procesos de ocupación de la tierra, la vida social de la ruralía, el régimen feudal y las relaciones entre señores y campesinos en general durante los siglos 17 y 18. El retroceso del mundo agrario ante los avances del capitalismo industrial y financiero durante la segunda parte del siglo 19 y la primera del siglo 20 habían estimulado, por cierto, el  interés en el la sociología rural, un campo de estudio cercano a la curiosidad de Bloch, en Estados Unidos.

En quinto lugar, se propusieron elaborar una “historia total” en el sentido que dio Henri Berr (1863-1954) a ese concepto por lo que acudieron al “comparatismo histórico”. A ese fin buscaban las similitudes y las discrepancias entre sociedades coetáneas o distantes, contemporáneas o no. Cónsono con aquella actitud reflexiva estimularon el desarrollo de un balance entre la reflexión teórica y la investigación histórica que, a la larga, marcaría la producción historiográfica hasta el presente. El ejercicio teórico elaborado por historiadores prácticos estaba muy lejos de las teorías especulativas y metafísicas que provenían de la filosofía y la teología, prácticas que ya el historicismo del siglo 19 había rechazado. Veamos unos modelos interpretativos

En Introducción a la historia, obra escrita en 1941 y publicada en 1949, Bloch definía la historia como la “disciplina que estudia a los hombres en el tiempo”. Su breve y concisa afirmación respondía de manera clara cuatro problemas en torno a aquel campo del saber:  “qué es”, “qué hace”, “cuál es su objeto” y “cuál es su escenario”, del siguiente modo.

  • ¿Qué es? La historia era para Bloch un estudio o un saber que se movía entre las disciplinas sociales, humanísticas y literarias. En ese sentido se trataba de un estudio híbrido o multidisciplinar que había integrado recursos de una diversidad de tradiciones interpretativas por lo que resultaba difícil de clasificar como una ciencia exacta. Bloch reconocía que, a la altura de 1940, la disciplina de la historia había integrado recursos de la Ilustración, de las ciencias naturales y de las ciencias sociales, del racionalismo francés y del idealismo alemán, entre otras formas del saber ligados a la modernidad. Aquella pluralidad de influencias explicaba la pluralidad de las metodologías y de las versiones sobre el pasado que habían generado los historiadores a través del tiempo. Con ello reconocía que pasado e historia no eran sinónimos y que, por el contrario, el pasado era capaz de producir muchas historias precisamente porque podía ser interpretado de modos diversos. Aquella diversidad de las historias sugería que los discursos históricos eran en parte  ejercicios retóricos que poseían, aparte de un fin informativo, un fin persuasivo por lo que, distinto al planteamiento de Voltaire, la historia y la fábula o la ficción literaria poseían elementos en común.
  • ¿Qué hace? En cuanto a este asunto Bloch respondía que su tarea era “estudiar” o ejercer el entendimiento para “comprender” un objeto que no era otro que la humanidad. “Comprender” significaba entender de manera empática, condescendiente y circunspecta el objeto de estudio. Bloch no veía la disciplina de la historia como una “ciencia exacta” tal y como habían afirmado los Positivistas y algunos Materialistas Históricos del siglo 19 y 20. Su inseguridad estaba relacionada con toda probabilidad con los tiempos difíciles que le había correspondido vivir. La Gran Guerra (1914-1918), la Gran Depresión (1929) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)  en medio de la cual perdió la vida en 1944, habían demostrado la fragilidad del mundo capitalista y de los ideales liberales y democráticos occidentales. La incertidumbre en torno a la naturaleza de la gnosis o el saber y el escepticismo se generalizaban en medio de las crisis. El valor de las ideas de racionalidad, libertad y progreso estaban en entredicho,  aspecto en el cual coincidía con el Materialismo Histórico, el Vitalismo Filosófico y los decadentistas que preveían la disolución de la civilización o cultura occidental.
  • ¿Cuál es su objeto de estudio? El objeto de estudio es el “hombre”, es decir, la humanidad, afirmación con la que confirmaba que la historia era una disciplina humanística en el sentido amplio de la palabra. Pero dado que la humanidad tomaba conciencia de su ser en las múltiples interacciones con los otros en la vida social, la historia también era una disciplina social. Bloch sugería que cuando se observaban las actividades económicas, culturales, científicas, políticas, sociales o psicológicas en las que los seres humanos se involucraban constantemente estábamos estudiando a la humanidad. La centralidad de lo humano y sus procesos relacionales en la disciplina de la historia había sidouno de los logros más significativos de la cultura del humanismo y continuó siendo una de las claves para la definición de la historia como forma de pensamiento hasta el punto de que llegó a presumirse que, sin seres humanos que la articularan, la pensaran y  la narraran, no había historia.
  • ¿Cuál es su escenario? El escenario de la historia sin duda era el “tiempo”, concepto que en este caso debía ser entendido como la “duración” de las cosas que cambiaban. Los conceptos “tiempo” y “duración” volverían a ocupar las reflexiones de otro de los historiadores de la Escuela de Annales y uno de los herederos de la obra de Bloch: Fernand Braudel.

La reflexión de Bloch ofrecía la ventaja de que había sido elaborada desde la práctica de la historia y no desde la teología o la filosofía, por lo que su lenguaje hablaba a los historiadores en sus propios términos. Aquella ofrecía dos pistas concretas que no deben ser pasadas por alto, a saber:

  • La primera se relacionaba con el principio del objeto de estudio de la disciplina de la historia, el tiempo pasado que se comprende desde un presente concreto con el fin de establecer criterios para enfrentar el futuro, solo posee sentido para la humanidad. Las otros criaturas u organismos que conviven con la humanidad no sienten el tiempo como los seres humanos.
  • La segunda era que la preocupación central de la disciplina de la historia eran los cambios o discontinuidades y que su instrumento más preciado para entender las diferencias entre un “antes” y un “después” era la “memoria” y el establecimiento del “recuerdo”. Bloch aceptaba que la disciplina de la historia se fijaba en aquello que cambiaba y asumía que todo cambiaba siempre y que nada era permanente.

Para Bloch ser historiador requería refinar la capacidad para capturar intelectualmente aquella fluidez desordenada o caótica en apariencia y adjudicarle una estructura explicativa comprensible que la cargara de sentido. Su complejidad radicaba en que la historia se desplegaba en un espacio humano que poseía numerosas facetas que representaban un reto para el historiador. Los actos humanos en el tiempo se ejecutaban en un escenario que era:

  • Físico, porque involucraba una geografía que en ocasiones facilitaba o dificultaba en mayor o menor grado las acciones concretas de los actores
  • Social, porque comprendía un conjunto de clases y sectores sociales que poseían valores y aspiraciones peculiares que forcejaban por imponerse
  • Cultural, porque envolvía un conjunto variado de formas de apropiar o entender el mundo
  • Emocional, porque todo ello redundaba en una diversidad de psicologías que afectaba la evaluación del acontecer

Sus comentarios servían para comprender por qué no todos los actores o actores de la historia vivían el fenómeno del mismo modo y, a la vez por qué no todos los observadores, incluyendo a los historiadores, llegaban a las mismas conclusiones respecto al pasado.

Lucien Febvre

Febvre por su parte creó el instrumento teórico llamado la “historia problema” con el cual esperaba de superar a la “historia historizante”, práctica de la disciplina que identificaba con la historiografía tradicional y el Gran Relato Moderno. La crítica iba dirigida, aspecto que recuerda las observaciones del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, hacia la historiografía positivista y narrativa tan preocupada por la reproducción precisa de los acontecimientos del pasado.

En el volumen Combates por la historia (1952) la “historia problema” era  definida como una historiografía que no “inmovilizaba” el pasado, comentario que recordaba las observaciones del también filósofo Henri Bergson en el sentido de que la Razón tendía  a “petrificar” el objeto de estudio para conocerlo, por lo que resultaba insuficiente para apropiar el “fluir” de la vida. Para Febvre aquello implicaba que la “historia problema” no se quedaba en el dato o el acontecimiento y se proponía ver la dinámica del objeto como algo fluido y cambiante. El resultado de un esfuerzo de aquella naturaleza sería, a no dudarlo, era un texto menos narrativo o descriptivo y más reflexivo, interpretativo y creativo.

El concepto “historia problema” sugería varias cosas teóricas y metodológicas:

  • Un “problema” es una cuestión o materia por resolver
  • El trabajo del historiador debían consistir en formular los “problemas” que hallaba en el pasado y “comprenderlos” o adjudicarles sentido
  • “Problematizar” significaba tratar como un “problema” lo que en apariencia no lo era
  • El resultado de la investigación equivalía a la “solución” tentativa del “problema”

Con su planteamiento teórico Febvre buscaba que se dejase de ver el pasado histórico como una superficie homogénea y uniforme. Por el contrario, debía mirársele como una superficie heterogénea y desigual. Afirmaba además el papel activo del historiador y su presente en el proceso de investigación en la medida en que sugería  que los “problemas” históricos no existían en “estado puro” sino que el historiador era quien los formulaba o definía:

…en el desarrollo de la historia problema, el historiador ya no estudiará el pasado sin antes plantear toda una serie de cuestiones. Por el contrario, como hombre identificado y comprometido con su presente, estudiará la historia con un cuestionario elaborado, en función de sus preocupaciones y problemas actuales.

En síntesis, el protagonista del proceso interpretativo en torno al pasado era el historiador y su presente.

 


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Fernand Braudel (1902-1985) elaboró una interesante “teoría de las duraciones” o una teoría del tiempo histórico que reconocía la complejidad y la diversidad de formas que adoptaba el proceso de la apropiación del pasado. En términos concretos, “duración” es el tiempo que transcurre desde que una cosa empieza hasta que termina. Para Braudel el concepto era una metáfora sugerente del “tiempo”, el “cambio” y su “percepción”. La “duración” podía ser corta (rápida), media (lenta) o larga (imperceptible) hasta el punto de dar la impresión de inmovilidad. El lenguaje de Braudel no aspiraba a ofrecer una fórmula de medición exacta sino que llamaba la atención sobre la impresión de la velocidad del cambio. Años más tarde la dromología, disciplina asociada al sociólogo francés Paul Virilio (1932-2018),  replantearía el asunto al ocuparse de interpretar la aceleración de las mutaciones históricas como resultado de los avances de las nuevas tecnologías y sus efectos en el ser humano.

En cuanto a las duraciones en la historiografía, Braudel insistía en la irrelevancia de la “duración corta” o el acontecimiento, llamado a veces “polvo de historia”, y en su lugar valoraba la evaluación de la “duración media” y “larga”, procedimiento que impuso en sus obras más significativas. Aquella teoría, una vez aplicada al trabajo profesional, cambió el lenguaje y la retórica de la historiografía. El cambio favoreció el abandono de la narración diacrónica (cronológica), y estimuló un  estilo más afín con el análisis sincrónico (estructural) más cercano al lenguaje de las ciencias sociales.

En el breve texto “Historia y duraciones”, incluido en el libro La historia y las ciencias sociales (1970), Braudel sintetizaba sus ideas. Las bases de su argumentación eran  las siguientes:

  • Primero, el tiempo no es homogéneo ni heterogéneo. Aquello significaba que los diversos testigos no percibían el tiempo histórico del mismo modo y que incluso la percepción de un mismo testigo sobre el tiempo histórico podía cambiar acorde con el lugar y el momento desde el cual apropiaba la experiencia temporal.
  • Segundo, el tiempo no es direccional ni se manifiesta como una progresión. Ello indicaba que la flecha del tiempo no era una metáfora confiable y que el tiempo no conducía a un fin predeterminado y deseable como sugerían las filosofías especulativas de la historia. La salvación, la idea absoluta, la libertad, la felicidad, la igualdad, el comunismo o la anarquía, entre otras, no eran destinos forzosos predecibles. Por el contrario, el tiempo siempre parecía dejar a la humanidad en un lugar incierto que pudo haber sido otro o que nunca resultaba ser como se había imaginado, concepción que recuerda el escepticismo que derivaba del método genealógico de Nietzsche.
  • Tercero, comprender el tiempo requería algo más que establecer los acontecimientos y su concatenación, consideración que implicaba que la narración o relato de los acontecimientos y su descripción no era suficiente para entender su complejidad.

Fernand Braudel

Braudel segmentaba  el tiempo histórico en tres esferas o duraciones que diferían por la impresión del ritmo del cambio y la percepción del observador. Observarlas en detalle ayudará interpretar su propuesta teórica.

La “duración corta” equivalía a la historia de los “eventos o los acontecimientos” o “episódica”, estaba centrada en el individuo y el relato concatenado y dramático de los hechos por lo que para Braudel era de “corto aliento”. Aquella mirada forjaba el “recitativo del acontecimiento” y se expresaba en la forma de la historia narrativa estrechamente vinculada con el tiempo de la  cotidianidad, es decir, el “del cronista, del periodista”. En general abarcaba los  “hechos menudos” y “caprichosos” o los “actos individuales” que molestaban o no llamaban la atención del científico social quien prefería los “actos colectivos”. El concepto “recitativo” provenía de la teoría de la música y se refería a un ejercicio intermedio entre el recitar y el cantar. Braudel percibía el “acontecimiento” como un pensador Ilustrado y lo asocia a la historiografía tradicional y al  Positivismo del siglo 19 en términos parecido al juicio emitido por Paul Simiand en 1903.

La “duración media” equivalía a la historia de las “coyunturas” las cuales se expresaban en la forma de una oscilación cíclica. Aquella mirada engendraba  el “recitativo de la coyuntura” o la historia de los procesos, lenguaje más cercano al del científico social. El concepto braudeliano estaba emparentado con la teoría de los “interciclos” económicos cuyo modelo era la teoría de la “ondas”  o “ciclos largos” de la actividad económica, principio elaborado por el economista soviético materialista Nikolai D. Kondratiev (1892-1938) en el contexto de la Nueva Economía Política durante la década de 1920. Para Braudel aquel era el ritmo de tiempo en el cual se movían “las ciencias, las técnicas, las instituciones políticas, los utillajes mentales como las mentalidades, las culturas y las civilizaciones”.

La “duración larga” era la que daba la impresión de la historia “inmóvil” o el “no cambio” y estaba atada al ritmo pausado o “la tendencia secular” que también atañía a la economía. Aquel era el tiempo de los cambios lentos de las “estructuras” materiales o inmateriales. Para Braudel las  “estructuras” eran sistemas coherentes asumidos como permanentes y eficaces que, precisamente por ello, el tiempo tardaba en desgastar. Se trataba del escenario de los cambios del “clima, de las vegetaciones”, ya fuese por desmonte y aclimatación de especies exógenas, de las glaciaciones y los deshielos, del calentamiento global y el aumento en el nivel de los mares. También era el tiempo de las “poblaciones animales”, de la extinción y aparición de especies nuevas o de la implantación de especies exóticas que alteraban el balance ecológico y la vida material. Por último, pero no menos importante, era el tiempo de  “las culturas” o civilizaciones y sus valores venerados y compartidos durante siglos. Aquellos proceso de cambio lento afectaban la vida social y cultural, alteraban los patrones de producción, de comercio y consumo, y tocaba la  cultura material y la vida cotidiana de manera “invisible”. El núcleo de la teoría de las duraciones de Braudel era el ser humano social y culturalmente definido.

El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II representaba una relectura de la historia de Europa a través de la experiencia del comercio marítimo y un excelente modelo de la aplicación del método de las duraciones. El  Mediterráneo, noción que significa el mar entre tierras o interior, fue uno de los espacios medulares de la economía internacional bajo el reinado de Felipe II de Habsburgo, circuito en el cual las Indias, luego América, siempre fue un componente crucial. El mar no era solo un escenario natural apropiado para el tráfico comercial sino un lugar que, a la par que ofrecía oportunidades, también imponía limitaciones a la voluntad humana. El Mediterráneo posibilitaba interacciones materiales o económicas, e inmateriales espirituales desde la Antigüedad. A la vista del mar se definían también unos entornos secundarios, las ciudades comerciales, lo mismo en la costa norte identificada con Europa, la sur identificada con África, así como hacia el Levante al este y la costa baleárica al oeste. En aquellos complejos espacios se había desarrollado el conflicto, de tanta importancia para la definición de la Europa occidental,  entre el Islam encabezado por Solimán el Magnífico (1494-1556) y el Cristianismo regido por Felipe II el Prudente (1527-1598). Estudiar el mar de aquellas contiendas o pugnas orientaba respecto a la contradictoria historia temprana del capitalismo, la era del mercantilismo, e iluminaba en torno a los efectos que en las referidas eventualidades habían tenido la conflictividad religiosa y, claro está, los descubrimientos geográficos de los siglos 15 y 16. El conocimiento de la llamada “época de Felipe II”  guiaba al historiador en el laberinto que había producido la experiencia de la Contrarreforma Católica como respuesta a la Reforma Evangélica y al dilema de la confesiones cristianas, sin duda. Pero también era ilustrativo de las condiciones que propiciaron el aislamiento del Imperio Español del resto de Europa y el inicio de la subsecuente  decadencia de aquel. Fuera de toda duda se trataba de un asunto  iluminador para el conocimiento de los múltiples significados de la modernidad.

La obra de Braudel sembró los cimientos para lo que más tarde se conocería con el nombre de Geohistoria o Historia Ambiental y, dado que formuló una historiografía desde la perspectiva de los mares y océanos, la Historia Ultramarina. Aquella disquisición fue la precursora de la teoría de los Sistemas Mundo propuesta sociólogo estadounidense  Immanuel Wallerstein (1930-2019)  a la vez que sirvió como pretexto para la formulación de los Estudios Caribeños, campo de estudio  centrado en la idea de la influencia del “mar común” o interior, en este caso el Caribe, en la materialidad y la espiritualidad caribeña. El hecho de que el Caribe haya sido denominado ocasionalmente como el “Mediterráneo Americano”, no deja dudas al respecto.

El problema  que esbozaba Braudel con respecto a la “duración corta” o el “polvo de la historia” era que el acontecimiento, sin su contexto, no explicaba la complejidad del pasado. Lo mismo puede argumentarse respecto a las figuras proceras. Mirar solamente hacia ellas, sin pensar en el ser humano común o en la masa, no explicaba el laberinto del pasado. La solución no era suprimirlos sino alcanzar un balance entre aquellos componentes apelando a factores que no habían sido tomados en cuenta antes por los historiadores, situación que volvía a poner sobre el tapete la relación entre libertad y determinación  en el proceso de explicación de sus actos.

El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1949); y Civilización material, economía y capitalismo (1979) fueron el resultado del diálogo de aquellas temporalidades o duraciones. La teoría de las duraciones estimuló un proceso de relativización  que confirmaba la contingencia o condicionalidad del saber. En ese sentido la historia, para ser bien comprendida, debía apropiarse desde la pluralidad de puntos de vista espacio temporales, concepto que recuerda el perspectivismo nietzscheano. La teoría reconocía que el cambio era universal como sugería el historicismo, pero imponía al historiador la responsabilidad de fijarse en la velocidad de la variación y en la forma en la cual se le percibía.

En Civilización material, economía y capitalismo aplicó el esquema de las duraciones al estudio de la historia de la economía de mercado o capitalista lo cual le condujo a crear la metáfora de que la historia económica era como un edificio de tres pisos o categorías concretas:

  • Piso de abajo, donde estaba la civilización material, dominado por los hábitos y las acciones repetidas que se expresaban en las prácticas de consumo alrededor del concepto de “vida cotidiana” o “vida material” (Duración corta)
  • Piso del medio, donde estaban las instituciones del mercado que articulaban de manera racional los procesos de distribución de bienes alrededor de las “actividades del mercado” tales como comprar y vender (Duración media)
  • Piso de arriba, donde estaba el “mecanismo capitalista” o el “capitalismo verdadero” altamente refinado, que se expresaba en la evolución del capitalismo desde sus orígenes tardomedievales hasta el siglo 19, en los procesos de producción y las potencias económicas dominantes a lo largo del tiempo histórico (Duración larga)

El esquema recuerda el del Materialismo Histórico según expresado por Marx en el siglo 19 y el cual se sostenía sobre otra tríada, a saber, la superestructura social, las relaciones sociales de producción y la base social. Pero sin duda, los contenidos de las esferas no coincidían. Braudel también aplicó el mismo principio interpretativo en el libro inconcluso  La identidad de Francia (1988), texto en el cual sólo completó el análisis geográfico, demográfico y económico pero no el cultural.

Visto en su conjunto la insistencia de la Historia Social y Económica francesa en que la reflexión teórica y la investigación histórica convivieran en el trabajo de la disciplina  cumplía una función doble: ponía coto lo mismo a la historiografía tradicional positivista y narrativa y a las explicaciones metafísicas de la historia elaboradas desde afuera de la historia y, desde aquel momento, las ciencias sociales. La evaluación del efecto de aquel esfuerzo debe tomar en cuenta que el rechazo a la “duración corta” o los acontecimientos no significaba que no se recurriera a ellos y, de hecho, Marc Bloch, Lucien Febvre y Braudel los manejaron con profusión  y  maestría a lo largo de todas sus obras. La historia nunca podría renunciar del todo al acontecimiento que, en cierto modo, es una condición sine qua non de este saber. Por todo ello la  Historia Social y Económica francesa  ha sido identificada con los conceptos historiografía nueva o simplemente nueva historia


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

La Historia Social y Económica francesa se relaciona con tres fenómenos concretos:

  • Una revista conocida como Annales de Historia (1929) que fue elaborada usando como modelo los Annales de Sociología de Emile Durkheim (1858-1917), sociólogo francés y uno de los fundadores de la sociología académica moderna. En la revista se bosquejaban y adelantaban ideas e hipótesis que luego se formulaban en libros.
  • Dos instituciones académicas, a saber, la Sección VI de la Escuela Práctica de Altos Estudios de París (1947) y el Centro de Investigaciones Históricas (1949). Aquellas funcionaban como una escuela y un laboratorio de trabajo investigativo.

A través de la revista Annales de Historia, a Historia Social y Económica francesa desplegó una amplio trabajo de discusión. Los estudiosos han dividido el mismo en dos etapas hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial:

  • Los “Primeros Annales” (1929-1945) vinculados a las figuras de Marc Bloch y Lucien Febvre quienes habían sido educados en la Escuela Normal Superior y habían trabajado como profesores en Estrasburgo. Ambos manifiestan especial interés por los temas sociales, económicos y culturales. La historiografía de Bloch se amparaba en los recursos que ofrecía la sociología; y la de Febvre en los de la geografía y los escenarios naturales. De hecho, Febvre publicó en 1922 el libro La tierra y la evolución humana. Introducción geográfica a la historia en el cual llamaba la atención sobre las intersecciones entre ambos campos del saber.
  • Los “Segundos Annales” (1946- 1971) vinculados a Fernand Braudel (1902-1985), quien elaboró una historiografía que vinculaba los escenarios sociales, económicos y geográficos, en especial los mares, pero a la vez elaboraba una reflexión sobre el tiempo histórico y su percepción como se verá más adelante. Braudel administró e internacionalizó la Sección VI y el Centro de Investigaciones Históricas a partir de 1946. Después de 1971, los “terceros” y los “cuartos Annales”, experiencias que se comentarán más adelante, rompieron con una parte significativa de la mirada delineada antes de la conflagración.

En el campo teórico e interpretativo las notas dominantes de la Historia Social y Económica francesa y Annales fueron, en primer lugar, la interdisciplinariedad, práctica que fortaleció el desarrollo de una alianza y la importación de metodologías de diversos campos del saber, a saber:

  • Las Ciencias Sociales siguiendo el modelo de los Annales de Sociología de Durkheim
  • La Geografía Humana siguiendo el modelo de los Annales de Geografía del geógrafo francés Pierre Vidal de la Blache (1845-1918)
  • La historia económica alemana siguiendo el modelo del historicismo económico de Gustav Schmoller (1983-1917)

El segundo lugar, llama mucho la atención su  interés por el problema de la Edad Media y los periodos del Humanismo y la Reforma Evangélica, procesos que tanto influyeron en la figuración material y espiritual de la Europa Moderna. Su interés consistía en animar la  explicación de la Europa Moderna caracterizada por el crecimiento del capitalismo industrial y financiero sobre la base de una reflexión profunda en torno a su pasado premoderno y precapitalista recurriendo a argumentos sociales, económicos y geográficos innovadores. Por eso en lugar de ocuparse del capitalismo industrial y financiero como los habían hecho Karl Marx en el siglo 19 y Vladimir Ulianov alias Lenin a principios del siglo 20, buscaban explicar el problema estudiando sus fases formativas a la luz de los burgos, comunas o ciudades y las redes comerciales que habían crecido en Europa desde los siglos 11 y 12 d.C. Para comprender bien aquella experiencia era necesario fijarse en las estructuras sociales y económicas tanto o más que en las políticas y jurídicas.

En tercer lugar, rompieron con el proceratismo, la tendencia a ver los procesos y los cambios históricos como resultado del esfuerzo de los individuos excepcionales en la vida pública propia de la biografía latina y romántica, y lo reformularon. Febvre, por ejemplo, escribió estudios innovadores sobre Felipe II (1911) y Martín Lutero (1928). Braudel en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1949), tenía en el monarca español cuyo reinado se extendió desde el 1556  hasta el 1598 un punto de referencia importante. Pero siempre se cuidó de proyectarlo como un actor más entre una diversidad de fuerzas. El esfuerzo de aquellos iba dirigido a reposicionar al hombre excepcional en su contexto social, económico y cultural con lo cual se superaba el subjetivismo propio de la biografía tradicional.

En cuarto lugar, mostraron particular interés en los espacios diferenciales o marginales, es decir, aquellos que la historiografía tradicional pasaba por alto, como tema de estudio. Bloch (1924) publicó el volumen Los reyes taumaturgos, su primera gran obra, en la cual discutía la vida social de la monarquía francesa y británica del año 1000 d.C. a la luz del “rito del toque” y la fe de los súbditos en el poder sobrenatural del rey como figura maravillosa y milagrosa por cuenta de sus presuntos poderes curativos sobre

Fernand Braudel

Fernand Braudel

la escrófula o las úlceras que brotaban del cuerpo de los tuberculosos. Detrás de la actitud de los súbditos estaba presente la idea de que el poder del monarca tenía un origen divino, idea de que provenía de las especulaciones políticas propias del Providencialismo Cristiano o Determinismo Divino. Aquel acercamiento adelantaba problemas propios de un tipo de Historia Cultural que se discutirá más adelante. De igual modo, Bloch en el libro La historia rural francesa:  caracteres originales (1931) elaboraba una investigación sobre las comunidades campesinas y los procesos de ocupación de la tierra, la vida social de la ruralía, el régimen feudal y las relaciones entre señores y campesinos en general durante los siglos 17 y 18. El retroceso del mundo agrario ante los avances del capitalismo industrial y financiero durante la segunda parte del siglo 19 y la primera del siglo 20 habían estimulado, por cierto, el  interés en el la sociología rural, un campo de estudio cercano a la curiosidad de Bloch, en Estados Unidos.

En quinto lugar, se propusieron elaborar una “historia total” en el sentido que dio Henri Berr a ese concepto por lo que acudieron al “comparatismo histórico”. A ese fin buscaban las similitudes y las discrepancias entre sociedades coetáneas o distantes, contemporáneas o no. Cónsono con aquella actitud reflexiva estimularon el desarrollo de un balance entre la reflexión teórica y la investigación histórica que a la larga marcaría la producción historiográfica hasta el presente. El ejercicio teórico elaborado por historiadores prácticos estaba muy lejos de las teorías especulativas y metafísicas que provenían de la filosofía y la teología, prácticas que ya el historicismo del siglo 19 había rechazado. Tres modelos valiosos de aquella reflexión teórica desde el oficio de historiador lo produjeron las figuras de Bloch, Febvre y Braudel.


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

Durante la denominada Alta Edad Media (siglos 9 a 11), la Iglesia Católica, el Papado y la Clerecía actuarían como mediadores confiables en el conflicto entre las fuerzas de la Civitas Terrena y la Civitas Dei según definidas por Agustín de Hipona. Siglos más tarde el Obispo Otto de Freising (1114-1158) de origen alemán, educado en París, miembro de la Orden de Císter y autor de Chronicon de duabus civitatibus o la Crónica de las dos ciudades, vería a la Iglesia como un tercer espacio simbólico intermedio al cual denominaba Civitas Permixta, concepto latino que sugería que en aquella se mezclaban elementos de la Civitas Terrena como de la Civitas Dei.

Los efectos de aquellos argumentos teológicos y filosóficos sobre la articulación del orden cultural, social y político desde una perspectiva providencialista fueron significativos. El Gran Relato Cristiano estimulaba la obediencia al orden divino por lo que autorizaba la represión de ciertos actos en nombre del temor a Dios. Sobre esa base validaba la respetabilidad  del gobierno clerical expresado en la Iglesia Católica y reputado como sagrado, incluso ante el gobierno civil expresado en el Estado el cual era considerado profano. El problema de a quien se debía mayor respeto y obediencia, la Iglesia o el Estado, estaba planteado. Ello explicaba las constantes tensiones entre la Iglesia y el Estado durante la llamada Edad Media (siglos 5-15 d.C.) muchas de las cuáles se resolvieron a favor de la primera. La filosofía especulativa cristiana de la historia fue una de las claves para la teoría política del Origen Divino del Poder que se impuso  por aquel entonces y que todavía poseía afectos a fines del siglo 18.

Agustín de Hipona

Agustín de Hipona

Un modelo interpretativo de un hecho histórico desde el Providencialismo Cristiano o Determinismo Divino puede leerse en el texto “El Hado y la Providencia” tomado del  libro V, capítulo  XXI y XXII del libro Civitas Dei contra paganos de Agustín de Hipona. El texto del capítulo XXI establecía la veracidad del Providencialismo Cristiano mediante una serie de ejemplos. Dios concedía el poder a los jefes paganos tanto como lo concedería a los cristianos en su momento: él era “motor” o la “inteligencia” de la historia. Con aquel argumento, por un lado, se echaban las bases de la teoría del Origen Divino del Poder. Por otro lado, también adelantaba el principio de que los giros de la historia, dado que reflejaban la voluntad de Dios, eran tan incomprensibles como aquel. Como la humanidad nunca penetraría el misterio de Dios tampoco podría penetrar el misterio de la historia. Como la historia era un asunto que está más allá de la comprensión humana lo único viable en aquel escenario era  la sumisión a Dios.

El texto del capítulo XXII ampliaba el argumento a la luz del fenómeno de la guerra: Dios decide cuánto duraban y quien vencía. Artefactos teóricos como el azar, la casualidad o la fortuna o la voluntad de poder o ambiciones que habían sido esgrimidos esgrimidos por los griegos o helenos y los latinos o romanos, no hacían sentido para Agustín. La afirmación se corroboraba otra vez mediante el ejemplo. El  conocimiento del pasado era reducido a datos concretos al servicio de la idea de que la historia era una teofanía o la manifestación de Dios en el tiempo. Los datos históricos se convertían en ornato o simple prueba ejemplarizante del Gran Relato Cristiano y los seres humanos en instrumento de una fuerza que los superaba y los determina por completo.

La visión de la historia y la sociedad desde la óptica del Providencialismo Cristiano o el Determinismo Divino se apoyaba en un conjunto de principios simples

  • La vida histórica y social es efímera, contingente y casual como el tempus en el que se desarrolla por lo que conocerla no servía para conocer a la humanidad. En filosofía aquella era equiparada a una “forma” (cambia).
  • El conocimiento de la humanidad requiere saber la voluntad de Dios que es eterno, fijo y causal como la aeternitas: en filosofía aquella era equiparada a una “sustancia” (no cambia).
  • La verdad consistía en conocer “sustancia” y no a conocer la “forma”.

Aquella era una filosofía que deshumanizaba el devenir y devaluaba los hechos del “más acá” al limitar la libertad de acción humana para ejecutar sus actos y, por el contrario, divinizaba el devenir y sobrevaloraba los actos del “más allá” al responsabilizar a la voluntad de Dios por las acciones humanas. Las disputas de los llamados Padres de la Iglesia en los Textos Apostólicos redactados durante el periodo de la Pax Romana o Paz Romana entre los siglos 1 a.C. y el siglo 2 d.C., la época de más estabilidad institucional, económica y material del Imperio Romano antes de su cristianización fueron una respuesta a aquel debate entre lo sagrado y lo profano.

Dos figuras destacadas de aquel momento fueron Orígenes (185-254 d.C.) vinculado a la Iglesia de Oriente, y Tertuliano (c.160-c. 220 d.C.). Aquellos pensadores recurrieron también a una metáfora binaria y sostuvieron que en el mundo convergían dos órdenes sociales paralelos: el de los hombres en cuanto seres mundanos que era material; y el de los hombres en cuanto a su relación con Dios que era espiritual.  Sus premisas les conducían a concluir que también había dos sistemas de leyes: uno positivo que se ocupaba de lo humano en su aspecto material; y otro natural que se ocupaba de lo humano en su aspecto espiritual. Sobre esa base se reconocía que el papel del Poder Público o el Estado era administrar la Ley Positiva; y el del Poder Religioso o la Iglesia era administrar la Ley Natural. Había no empecé una relación jerárquica entre una y otra ley según se ve en la Tabla 1, consideración que autorizaba a desobedecer una Ley Positiva si contradecía una Ley Natural. La “resistencia pasiva” o no acatar una disposición del Estado era más que un derecho un deber moral.

Tabla 1 

Orden Ley Poder Jerarquía
Espiritual Natural Iglesia Superior
Material Positiva Estado Inferior

 

La Civitas Dei era una “sustancia” que no cambiaba y se identificaba con el cristianismo por lo que el Gobierno Católico que traducía a la Iglesia universal debía ser uno. Transgredir ese principio significaba un acto de herejía o separación que era condenable e incluso castigable.  La meta del Gobierno Católico era garantizar la salvación de las almas por lo que no gobernaba sobre acciones materiales sino morales. La Civitas Terrena era una “forma” que cambiaba y estaba dividida en estados, clases y sectores. El Gobierno Civil se encargaba de enfrentar los conflictos entre sus miembros pero siempre sería menos perfecto que el Gobierno Católico. La imperfección del Gobierno Civil y humano se explicaba en virtud del Pecado Original –la desobediencia – y no se podía subsanar nunca.

La Civitas Dei estaba regida por una Lex Aeterna, Ley Eterna u “orden ordenante” que se vinculaba a la Providencia o voluntad de Dios, de la cual emanaba la Lex Naturalis o Ley Natural que servía de base a la Lex Temporalis o Ley Temporal propiamente humana, es decir el Derecho  civil y criminal. Esa esfera se ocupaba de los asuntos menores de los disensos entre los pecadores, según se destaca en la Tabla 2.

Tabla 2 

Orden Gobierno Ley Meta Jerarquía
Civitas Dei Iglesia Católica Eterna Salvación Superior
Civitas Terrena Civil Temporal Delito Inferior

La jerarquía entre ambos orbes se confirmaba: la Iglesia estaba por encima del Estado. El poder coercitivo del Estado y su capacidad de castigar las infracciones a sus reglas se justificaba sobre la base de la naturaleza pecadora del ser humano que afirmaba el texto del Génesis. De este modo, la historia, la vida social, los actos políticos y todos los aspectos materiales del ser humano, que es lo que estudian los historiadores, eran desvalorizados en la medida en que se les consideraba ordenados por Dios y constituían una teofanía o logofanía. La referida concepción enaltecía la interpretación del teólogo como antes se enalteció la del profeta en la tradición judía y la de apóstol en el cristianismo primitivo.

Los centros de discusión y difusión del Gran Relato Cristiano sobre la historia y la sociedad a lo largo de aquellos siglos fueron los monasterios. Aquellas comunidades religiosas eran centros de estudio de filosofía y teología, fueron influyentes centros de producción cultural y política. Los monasterios también conocidos como Abadías o Prioratos eran presididos por un Abad que disfrutada de un poder absoluto en la comunidad, tal y como sucedía en las órdenes militares y estaban ubicados en el campo y aislados de la vida social y urbana. La vida monacal estimulaba la disciplina más estricta y reclamaba al miembro votos de pobreza, obediencia y un compromiso con la conversión moral. El monje debía ser el representante más acabado del Cristiano. Los monasterios tuvieron por modelo la regla de San Benito de Nursia (480-544 d.C.). Una de las metas de los monasterios era desarrollar una vida económica autosuficiente por lo que muchos intérpretes los han codificado como un tipo de Polis Cristiana.


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

El propósito de esta reflexión es evaluar las relaciones teóricas y prácticas entre el Materialismo Histórico del siglo 19 y principios del siglo 20 del periodo clásico germano-ruso,  y la historiografía del giro social según definido por el historiador cultural Peter Burke (1937-), en particular la historia social y económica francesa conocida también como la Escuela de Annales. Lo que se busca es proponer una lectura muy general de las convergencias y divergencias entre la comprensión del pasado de los historiadores vinculados al Materialismo Histórico y los agnados a lo que se ha denominado “mueva historia” y que yo prefiero identificar con el concepto  “historiografía nueva”.

Los focos de discusión camino a una historiografía nueva a principios del siglo 20 maduraron, como se sabe en Estados Unidos y en Francia alrededor de  tres expresiones concretas.

  • La New History, asociada a William Harvey Robinson (1888-1962) en Estados Unidos
  • La “Historia Total”, asociada a Henri Berr (1863-1954) en Francia
  • La “Historia Social y Económica” centrada en la revista Annales, asociada a Marc Bloch y Lucien Febvre (1878-1956) también en Francia

Los elementos en común de las tres experiencias fueron varios. Por una parte, tomaron distancia de los temas ligados al denominado “Dios de la Modernidad”, es decir, el estado-nación según lo definió el historiador cubano de origen catalán Josep Llobera (1939-2010) en un libro publicado en 1994. La actitud implicaba que el tema central de aquella disciplina había dejado de ser la política, la guerra y las relaciones internacionales por lo que la presencia del lenguaje de la ciencia política, la jurisprudencia y la diplomacia se redujo. El resultado neto de ello fue que el interés por el acontecimiento, las figuras proceras y las elites de poder también decreció. Por el contrario, su mirada se desvió hacia la economía, la sociedad y los procesos de interacción humana que se daban en el marco de las clases sociales y el lugar que ocupaban en el proceso de producción material.

Marc Bloch

Marc Bloch

En términos filosóficos, rompieron con la idea de que la sociedad y el mercado eran el resultado neto de las estructuras del estado (las instituciones) y del derecho (las leyes) y asumieron que había una relación más dinámica entre aquellas esferas. El giro interpretativo legitimó y fortaleció la aproximación a disciplinas de las ciencias sociales tales como la economía, la geografía y la sociología.

En términos de las áreas de trabajo que más llamaban su atención, mostraron particular interés por el estudio de las “culturas” o “civilizaciones” tanto en sus aspectos materiales como espirituales. “Cultura” es un concepto abarcador proveniente del latín que alude a la capacidad humana para producir bienes materiales e inmateriales. “Civilización”, también del latín, refiere los celebrados logros del comunidades urbanas desde la antigüedad. La historiografía nueva interpretaba aquellos dos conceptos como la expresión de las relaciones sociales manifiestas en su seno. El interés por las culturas y las civilizaciones legitimó la interacción de los historiadores innovadores con la antropología y la sicología. Aquella actitud favoreció el desarrollo de las miradas macroscópicas y abarcadoras del pasado más que las nacionales o locales por lo que servía bien al propósito de  crear una historia total, según el sueño de los ilustrados, pero con instrumentos más confiables.

Aquella mirada interpretativa ha sido identificada con el nombre de “giro social” concepto que sugería el reconocimiento de la importancia de la sociedad y sus expresiones culturales en el proceso de comprensión de la situación de los seres humanos en la historia, a la vez que validaba la estrecha alianza de los historiadores con las ciencias sociales. La nueva actitud no debe ser interpretada en el sentido de que se abandonó por completo la investigación del estado-nación sino que aquella  se elaboró a la luz de los saberes sociales.

El hecho de que la tendencia del giro social tuviese preocupaciones similares a las que expresaba el Materialismo Histórico surgido a mediados del siglo 19 debe tomarse con cuidado. Todo sugiere que la historiografía nueva mostró cierto cuidado con algunos postulados de aquella filosofía. Pero no cabe la menor duda de que el Materialismo Histórico adelantó la discusión de la historia con componentes de las ciencias sociales. Sin embargo a principios del siglo 20 habían madurado ciencias sociales nuevas mientras otras habían sido reformuladas y, en términos generales, habían cambiado al convertirse en disciplinas universitarias y académicas propias de los países más avanzados del mundo.

Lucien Febvre

Lucien Febvre

Aquella perspectiva interpretativa ha sido identificada con el nombre de “giro social” concepto que sugería el reconocimiento de la importancia de la sociedad y sus expresiones culturales en el proceso de comprensión de la situación de los seres humanos en la historia, a la vez que validaba la estrecha alianza de los historiadores con las ciencias sociales. La nueva actitud no debería, sin embargo, ser interpretada en el sentido de que se abandonó por completo la investigación del estado-nación sino que aquella  se elaboró a la luz de los saberes sociales.

El problema del influjo o impacto del Materialismo Histórico en el desarrollo del giro social ha generado debates a lo largo del siglo 20. El antes citado Burke, y Eric Hobsbawm (1917-2012), historiador de tendencias materialistas, dos figuras cimeras de la historiografía en el siglo 20 de origen inglés, ha afirmado la existencia de la aludida influencia.  La reacción de los historiadores del giro social ante el Materialismo Histórico tras la Revolución Rusa de 1917 no fue homogénea. Burke en el volumen The French Historical Revolution, una evaluación del conjunto de la “Historia Social y Económica” francesa identificada con Annales publicado en 1990, presentaba una tesis interesante al respecto que llama la atención sobre la heterogeneidad de las reacciones.

  • El centro o núcleo representado por Lucien Febvre, Marc Bloch, Fernand Braudel, George Duby, Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie, mantuvo distancia del materialismo
  • En el borde o en la periferia figuras tales como Pierre Vilar, Enest Labrousse, Michelle Vovelle, Maurice Agulhon estuvieron más cerca y llegaron a identificarse con el materialismo
  • Otro sector representado por Raymond Aron, François Furet se expresaron más abiertamente como opositores del materialismo y las practicas políticas derivada de aquel.

Immanuel Wallerstein (1930-2019). sociólogo estadounidense, en medio de un estudio elaborado en 1993 en torno al asunto de la reestructuración de las ciencias sociales, planteó unas valiosas observaciones sobre el asunto. Su propuesta era que la relación entre el Materialismo Histórico y la historiografía del giro social y a las ciencias sociales había pasado por dos etapas. Una anterior al fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 caracterizada por una variedad de tensiones que las distanciaron;  y otra posterior al 1945 que, durante década de 1960 en especial, posibilitó un diálogo enriquecedor entre ambas tendencias.

Es importante recalcar que el Materialismo Histórico y el giro social son interpretaciones que, aunque poseen muchos elementos en común derivados de su relación con las ciencias sociales y del interés en la historia social y económica, son campos diferentes, es innegable que mostraban  preocupaciones filosóficas y metodológicas en común, a saber:

  • El interés en estudiar la historia mirando hacia el escenario económico y social y los efectos políticos y culturales de aquellos
  • El interés en estudiar los actores propios de aquellos escenarios, las clases sociales y la producción en el marco del mercado, y no tanto el estado-nación y los suyos en el marco de la política
  • La predilección por el elemento de la posición social y la condición de clase como signo de identidad o conciencia en lugar del nacionalismo y la nación
  • El perspectivismo y el relativismo gnoseológico de los saberes humanos al asociar cultura/ideología al lugar que se ocupaba en el proceso de producción social
  • La crítica a las interpretaciones idealistas, metafísicas y especulativas de la historia
  • La crítica a la historiografía tradicional y el Gran Relato Moderno

El Materialismo Histórico, la New History, la “Historia Total” y la “Historia Social y Económica” habían coincidido al identificar que los problemas mayores  de la historiografía tradicional y el Gran Relato Moderno eran los siguientes:

  • La veneración al acontecimiento y su reducción al dato
  • La sobrevaloración del individuo excepcional, actitud que desembocaba en el proceratismo
  • La esclavitud de la cronología y a las fechas

En un texto publicado en 1903 François Simiand (1873-1935), sociólogo francés muy influyente en el giro social, los había bautizadocon profunda ironía como los “tres ídolos” de la “tribu de los historiadores”.

Los aspectos que separaban al Materialismo Histórico del giro social eran diversos y complejos, como se vera de inmediato.

  • Por un lado estaba el hecho de que énfasis de los materialistas en promover el cambio social les reclamaba el compromiso militante con movimientos concretos como el socialismo, comunismo o el bolchevismo o marxismo-leninismo. La idea de que la historia tenía una meta inevitable y la identificación de la libertad con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción justificaba una actitud optimista ante las cosas. La New History, la “Historia Total” y la “Historia Social y Económica” francesa no daban crédito a ese tipo de reclamos por lo que eran formas de ver el mundo más contemplativas y menos optimistas.
  • Por otro lado, el Materialismo Histórico, aplicado a la vida social en la forma del bolchevismo o marxismo-leninismo desde 1917, del mismo modo que complació a algunos desengañó a otros.  La experiencia de Vladimir Ulianov alias Lenin (1920-1924) había sido prometedora en muchos sentidos pero la de su sucesor Josip Vissarionovich Dzhugashvili alias Stalin (1922-1953) resultó desalentadora y llegó a generar una crisis ideológica en el marxismo-leninismo que ya estaba madura a principios de la década de 1950. Los estudiosos están de acuerdo que Stalin y el estalinismo, es decir, su peculiar modo de aplicar los principios materialismo y el marxismo-leninismo al mundo soviético, simplificaron una teoría compleja en el proceso de instrumentalizarla y aplicarla a la experiencia rusa.
  • La diferencia teórica o filosófica más profunda entre el Materialismo Histórico y el giro social en general giraba en torno al papel que la primera le adjudicaba al trabajo o la acción sobre la naturaleza como acto o matriz creativa del ser humano. Para los materialistas el trabajo y la producción, los instrumentos utilizados en aquel proceso y las relaciones sociales que emanaban del mismo, eran considerados claves para la comprensión verdadera de los aspectos biológicos, espirituales y materiales de la humanidad. Del mismo modo, su comprensión era una garantía de que se le podría conocer en los aspectos políticos, sociales y culturales. Una postura de esa naturaleza no existía en las diversas manifestaciones del  giro social ni siquiera en la retórica de la “Historia Social y Económica” francesa a pesar del interés que compartían en la elucidación de aquellos ámbitos. La forma en que lo social y lo económico influían en los otros escenarios de la humanidad era manejada de manera distinta por una y por otra propuesta.
  • En cuanto a la praxis de la historiografía, si bien ambas tradiciones se fijaban en el capitalismo como un factor crucial en el camino a la modernidad, el Materialismo Histórico se interesaba por el capitalismo industrial del siglo 19 como preámbulo de la revolución socialista mientras que los historiadores del giro social, en especial los interesados en temas sociales y económicos, se concentraban en estudiar las fases formativas de ese sistema económico en el medievo y a raíz del ciclo de exploraciones geográficas de los siglos 15 y 16.

Las tensiones tenían por lo tanto matices  ideológicos y políticos que, aunque ajenos a la discusión historiográfica, no pueden ser pasados por alto. Después de todo, la práctica teórica e historiográfica no sucede aislada de los entornos sociales y de los debates no historiográficos que les rodean. Por eso para algunos observadores el reclamo moral de los materialistas en favor de la militancia por la causa del socialismo y el control que las autoridades intelectuales de la Unión Soviética tenía sobre aquel campo del saber justificaba el distanciamiento.

El diálogo abierto y fraterno entre ambas visiones de mundo fue posible tras la disolución, parcial, por cierto, del orden estalinista durante la década de 1960. La denominada “Revolución Cultural” estimuló la crítica profunda del orden surgido del fin de la Segunda Guerra Mundial (145) tanto en el mundo capitalista representado por Estados Unidos y Europa Occidental, como en el mundo socialista representado por la Unión Soviética y China. De ello surgió un Materialismo Histórico renovado que enriqueció la discusión dentro del marco de giro social cuando la alianza entre la historiografía y las ciencias sociales comenzaba a mostrar sus primeras señales de agotamiento.

 


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

“Historia” es un concepto de origen helénico o griego que significa investigación o indagación. La palabra remite a una práctica específica de acuerdo con el sentido que se le dio en  Los nueve libros de la historia de Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.), obra que data del siglo 5 a.C. Su colección de crónicas y observaciones de viaje, también denominada las “encuestas”, ofrecía pistas interesantes sobre que significaba la noción en aquel pasado remoto. “Encuesta” sugiere una averiguación o pesquisa en torno a un asunto pasado con el propósito de establecer la verdad sobre el mismo.  La presencia de preguntas y respuestas en el proceso de aclaración era  crucial. En ese sentido, la historia era percibida como un interrogatorio cuyo fin era establecer la conformidad entre una cosa pasada y la idea que se hacía el observador de ella. En términos generales la historia no era sino una praxis que, en general, tenía como meta la apropiación o la invención de una verdad sobre lo que pasó.

Clío, Hija de Museo

Lo más impresionante es como esa simple investigación elaborada para saciar una curiosidad llegó a convertirse en la disciplina interpretativa más representativa de la época de la cultura burguesa europea durante los siglos 18 y 19 hasta el punto de aspirar a que se le considerase una ciencia más o menos exacta equiparable a las ciencias naturales en general. El problema se complica más cuando se compara un texto de historia helénico o griego  como el de Heródoto, con otro tomado de la Historiografía Romántica francesa o del Materialismo Histórico alemán producidos durante el siglo 19. Las diferencias entre una y otra son significativas. La razón para ello es simple: la historia es una disciplina interpretativa cuya expresión concreta es también histórica, es decir, varía a través del tiempo y el espacio de acuerdo con las circunstancias en las cuales  es pensada y formulada y las necesidades de quienes la producen.

El concepto historia sugiere una amplia gama de significados por lo que numerosos estudiosos han llamado la atención sobre su ambigüedad. La historia es lo que pasó como ya se ha afirmado,  pero también es la forma en que percibimos la verdad de lo que pasó. En ese sentido la historia es el pasado y, a la vez, es el relato o narración que hacemos del pasado.  Cuando se afirma que la historia es el pasado, lo que se ratifica es que equivale al conjunto de los hechos que han ocurrido, ocurren y ocurrirán a través del tiempo y el espacio. Su materia es la variedad de actos pasados e irrecuperables en estado puro pero que, sin embargo, pueden recordarse. Una vez recordados, hechos o fenómenos pueden ser inscritos o  registrados mediante una narración coordinada o un relato que puede ser compartida con otras personas por diversos medios. Los actos pasados recordados, inscritos y compartidos se llenan de presente en la medida en que su conocimiento aclara dudas sobre la situación de los seres humanos que los apropian. Se llenan de presente en que dejan ser el pasado para convertirse en el discurso, el resumen o la imagen que nos hacemos de los actos pretéritos. Ese discurso toma lo mismo la forma oral, como en el caso de la épica; o escrita, a la manera de un texto redactado en un rollo o compuesto en un libro. Cuando se afirma que la historia es la narración o el relato de los hechos del pasado, se debe reconocer que estos se organizan en el orden particular que les atribuyó aquel que los estableció.

En conclusión esto significa que la historia nunca es solo y exclusivamente pasado. Por el contrario, siempre es la visión del presente sobre el pasado. Dado que el presente es una situación dinámica y cambiante, el pasado también se altera de acuerdo con el ritmo del presente que lo entrevé o lo retrodice. Cada entrevisión o retrodicción establece una serie de actos pasados que deben recordarse por la pertinencia que poseen para el presente que los invoca. La pregunta más importante que debe hacerse a cada entrevisión o retrodicción es quién decide lo que debe recordarse y a qué consideraciones apela para prohibir el olvido de ello. En ese momento es que entra la figura del “historiador” a ocupar su puesto.