• Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Jesús sintetizó diversas propuestas ideológicas de su tiempo. Primero, su propuesta ideológica manifiesta elementos propios de la mística esenia, orden monástica asociada a la Fortaleza del Al-Qmran. El concepto esenios deriva del mítico Esen, hijo adoptivo de Moisés, una tradición que data del 1,500 AC. Los esenios proclamaron el valor de  la pureza, la limpieza y la disciplina, convenciones fundamentalistas que adelantan muchas de las concepciones de lo cátaros de medioevo que estudiaremos más adelante. En el periodo en que Jesús nació, los esenios hacían vida retirada en el desierto, elemento que recuerda una de las acciones más importantes en la vida del Jesús de los evangelios quien también se retiró a desierto a meditar sobre su presencia en el mundo y preparaban su camino mediantye una diversidad de ritos. La religión de los esenios era mesiánica, es decir, esperaban la venida del Ungido o Mesías, con un sentido análogo al que los cristianos dieron a Jesús durante y después de su pasión y muerte.

Flavio-JosefoSegundo, a Jesús se le relacionó con la sedición radical de los zelotas, organización que aspiraba a la liberación de Israel, Pueblo Elegido, del poder de la Roma Pagana. Los zelotas querían formar un estado teocrático fundamentalista. El fundamentalismo que se fija en una serie de fundamentos inquebrantables y exigentes, fue una actitud común a esenios y zelotas. Lo cierto es que, en aquel contexto, radicalismo y fundamentalismo eran actitudes que iban de la mano. De hecho, Simón, llamado Pedro, uno de los 12 apóstoles de Jesús, había sido un  activista zelota antes de seguir al Maestro.

Tercero, sus seguidores rodearon a Jesús de un mito poderoso, sobrehumano y mágico. Su condición de milagroso fue documentada por una variedad de fuentes que, aunque pocas, permiten palpar el impacto que tuvo en la sociedad de su tiempo. Me parece apropiado dejar aparte una serie de referencias polémicas cuya autenticidad es altamente cuestionable, como es el caso de la conocida  “Correspondencia apócrifa entre Jesús y Abgaro, Rey de Edesa”. También obviaré las referencias a los  llamados “Evangelios apócrifos”. El resultado neto es poco pero enriquecedor.

En el 112, Plinio el Joven, quien actuaba como legado imperial en las provincias de Bitinia y del Ponto, consultó al Emperador sobre la política que debía adoptar con los cristianos.En el 116 Cornelio Tácito señala a Jesús en sus Anales como el promotor de la “execrable superstición” que había producido al movimiento de los cristianos “aborrecido por sus ignominias”.  En el 120, el historiador romano Suetonio lo mencionaba como “instigador” de escándalos entre los judíos. Y hacia el 150, el escritor Luciano de Samosata, oriundo de Siria, usaba a  Jesús como personaje de dos de sus comedias y lo presentaba como un “sofista crucificado”. Hacia cerca del 180, Mara Ben Serapion lo usaba en un texto como un modelo moral equiparable a Pitágoras y Sócrates, ambos ejecutados por su saber.

Simon-el-Mago

Entre los hebreos, el historiador samaritano Thallos trataba de explicar en el siglo I el oscurecimiento a la hora de la muerte de Jesús como un eclipse natural. El Talmud, en medio de la polémica anticristiana, hizo varias referencias insultantes a Jesús acusándolo de mago y apóstata. Los argumentos son los que se aplicarían a un delincuente religioso cualquiera. El testimonio más conocido y más polémico es el del  historiador hebreo Flavio Josefo quien en las  Antiguedades judaícas, alude que Jesús fue “hacedor de hechos portentosos” y que

después de muerto al “tercer día se manifestó vivo de nuevo”. El tratamiento que  Josefo hizo de Jesús demuestra cierta admiración a la figura, actitud por demás inusual en autores hebreos. La situación condujo a numerosos investigadores a cuestionar la autenticidad del testimonio flaviano y a plantear la hipótesis de que el mismo había sido retocado por copistas cristianos para legitimar su fe. Una versión árabe del mismo texto establece un tono distinto en el discurso de Josefo cuando el mismo se contrasta con la versión cristiana.

Por último, Simón el Mago retaba a Pedro en huestes de milagros. El hechicero samaritano de formación gnóstica alegaba que podía reproducir los milagros de Jesús sin problemas. Se sabe que intento comprar el poder de transmitir el Espíritu Santo a los apóstoles y que fue adorado por sus discípulos, los simonianistas, lo veían como un dios hombre. La fuentes apostólicas y la película clásica del surrealista ateo Luis Buñuel, “Simón del desierto” (1964) son fuentes apropiadas para formarse una idea de Simón.  La idea que sobrevive tras esta figura es que, en aquella época, milagro y magia eran equivalentes para muchos observadores.

El oscurecimiento el día de la crucifixión, los milagros y la resurrección en tres días, fueron debatidos en Palestina durante mucho tiempo. La versión hebrea oficial alegaba que el cuerpo de Yeshua había sido robado por sus discípulos. Para la intelectualidad latina, el cristianismo era una propuesta antisocial y una calamidad. Se aseguraba que el cristianismo había resurgido en Judea y se expandía por  Roma misma y que ese tipo de religiones orientales se hacían  populares en la Roma decadente. El mito de la resurrección fue la clave para garantizar la difusión del cristianismo lo mismo entre  judíos y judíos helenizados, que entre los gentiles y los paganos. El hecho de que el asunto tuviese que ser apropiado por un acto de fe irracional me parece fundamental en ese aspecto.

  • Dr. José Anazagasty
  • Sociólogo

Jose_AnazagastyEl pasado 18 de octubre se proclamó públicamente el Día Conmemorativo del Cambio de Soberanía. Según se reportó en El Nuevo Día el documento establece que hace 111 años se izó por última vez la bandera española y se elevó por primera vez la estadounidense, como representación de la transferencia del control de la colonia por parte del gobierno español al estadounidense. Sobre ese cambio de soberanía el General Henry dijo en la ceremonia del “cambio de soberanía” el 18 de octubre de 1898:

Alcalde and citizens: To-day the flag of the United States floats as an emblem of undisputed authority over the island of Puerto Rico, giving promise of protection to life, of liberty, prosperity, and the right of worship God in accordance with the dictates of conscience. The forty-five States represented by the stars emblazoned on the blue field of that flag unite in vouchsafing to your prosperity and protection as citizens of the American Union.

Fueron muchos los puertorriqueños que celebraron aquel momento, precisamente porque para ellos la presencia de Estados Unidos representaba una garantía de democracia, progreso y modernización. Representaba además el establecimiento en Puerto Rico de un régimen laico, liberal e igualitario. Y es precisamente eso lo que celebra, según Kenneth McClintock, la proclama del Día Conmemorativo del Cambio de Soberanía. Para este, representante del gobernador en la graduación de 17 oficiales técnicos de la Guardia Nacional donde se hizo pública la proclama,

La llegada de esa bandera nos ha garantizado tantos derechos y privilegios en los pasados 111 años. Antes no había plena libertad de culto, no existía el derecho al ‘hábeas corpus’, no podías decirle hijo de lo que fuera a un gobernante ni te podías tirar a la calle a protestar.

Según McClintock es precisamente el régimen liberal inaugurado en Puerto Rico por los Estados Unidos el responsable de que ciudadanos como Residente de Calle 13 y la masa popular puedan protestar mediante paros o insultos las políticas del gobierno. Y que bueno que podamos hacerlo. Ciertamente, no podríamos ignorar los beneficios cívicos de ese régimen liberal. Pero las palabras de McClintock son interesantes no tanto por lo que emiten—la celebración de la inauguración de un alegado régimen liberal en Puerto Rico—sino mas bien por lo que omiten, por lo que excluyen.

Omiten que para muchos estadounidenses enarbolar la bandera ese octubre de 1898 era no solo afirmar la soberanía de su país sobre la isla sino además afirmar, desde una perspectiva patentemente etnocentrista, racista, e imperialista la alegada superioridad estadounidense sobre los puertorriqueños. Pero afirmar su superioridad era a su vez aseverar la inferioridad de los puertorriqueños. Y para ellos precisamente esa inferioridad—intelectual, física, cívica y moral—de los puertorriqueños era lo que demostraba que estos no estaban listos para el gobierno propio, para ese gobierno laico y liberal del que gozaban los estadounidenses.

Fue esa devaluación de los puertorriqueños —la que algunos asociamos a la alegoría maniquea—lo que caracteriza muchos de los libros sobre la isla escritos por varios estadounidenses poco después de la guerra hispanoamericana. Fue mi interés por esa alegoría lo que me llevó a unir fuerzas y recursos con Mario R. Cancel para realizar, con el auspicio de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades y la Universidad de Puerto Rico,  el seminario para educadores: Los Americanos y sus “Textos Imaginarios”: La Economía de la Alegoría Maniqueista y la Representación Americana de los Puertorriqueños, 1898-1926.  Nos propusimos ofrecer un seminario sabatino de siete días a educadores con el fin de brindarles la necesaria base teórica y practica para enriquecer su enseñanza de la historia de Puerto Rico y los Estados Unidos  a través del uso de una serie de libros de valor histórico publicados originalmente entre el 1898 y 1926, textos reimpresos en el 2005 por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades bajo el nombre We the People: Puerto Rican Series. Varios colegas, entre ellos Michael González, Aníbal J. Aponte, José E. Martínez, Camille Krawiec, Walter Díaz y Lanny Thompson, así como Mario Cancel y yo, ofrecimos varias charlas sobre el maniqueísmo de estos textos durante el seminario.

El libro que presentamos hoy, “We the People”: La Representación Americana de los Puertorriqueños, 1898-1926, recoge algunas de las ponencias ofrecidas por algunos de estos durante el seminario. Como lo resume la contraportada: “Este volumen recoge una serie de miradas alternativas a la invasión norteamericana del 1898. La interpretación de las textualidades generadas por los conquistadores, la construcción de una imagen de Puerto Rico sobre la base de una relación desigual y la utilización de esa imagen para justificar su presencia y articular la explotación del territorio conquistado, son el tema central de estos ensayos. Los textos de los invasores le dicen más al lector sobre ellos que sobre los puertorriqueños. Una reflexión necesaria después de un siglo de relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos. Y si algo pretendemos es que el libro nos ayude precisamente a reflexionar sobre la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Puerto Rico.

  • Mario R. Cancel
  • Catedrático Asociado de Historia

La invasión de 1898, inauguró el siglo 20 puertorriqueño y americano. La relación de la expansión ultramarina americana con el debilitamiento de la hegemonía europea es bien conocida. La imágenes del 1898 entre la intelectualidad puertorriqueña, sin embargo, variaron de modo notable durante el siglo 20.

La épica de la guerra en el escenario local, nunca sorprendió a nadie. En cierto modo, la guerra se peleó en Manila, Cavite, Santiago y La Habana. En San Juan, por el contrario, el cañoneo americano solo se dejó sentir en el Morro, el San Cristóbal, el Cuartel de Ballajá y la Iglesia de San José. La historiografía estadounidense, llegó a denominar el 1898 como la “Little Splendid War”, reduciéndola a una sacudida eléctrica poco memorable. Esa situación explica la metáfora del “1898 como picnic” de la legisladora Norma Burgos que provocó un tumulto en la UPR en 1997.

We_the_peopleLas tradiciones interpretativas del 1930 y el 1950, convinieron en la idea manida del 1898 como un trauma o como una ruptura histórica en el tránsito hegeliano de la nación hacia la libertad. Toda la historiografía nacionalista así lo afirmó. La discontinuidad producida por la guerra se consideraba un problema. El establishment anexionista no vaciló en ver la invasión como una superación de la España aristocrática, y una garantía de que el país se encaminaría hacia la modernidad. Los sociólogos del populismo, celosos del desarrollismo y la estadística, dulcificaron el 1898 como la entrada en escena de un hermano mayor porque no querían animar el contencioso cultural entre los americanos y los puertorriqueños.

Desde la década del 1970 a esta parte, la percepción de los procesos que condujeron al 1898, ha cambiado mucho. La nueva historiografía social, que estaba a la vanguardia entonces, revisó la invasión desde el lenguaje de la lucha de clases, recalcó el papel de las clases subalternas –artesanos y obreros-; y reconoció en el 1898 la clave para explicar el fin de la hegemonía de una clase, la señorial y hacendada, y la intrusión de núcleos de capitalistas y capital ausentistas en la formación de una economía dependiente que siempre fue muy impopular y marcadamente injusta.

Durante la década del 1990 tres tendencias se afirmaron en la mirada del 1898: una concepción geopolítica y macroscópica que profundizó en el papel del valor geoestratégico de Puerto Rico para Estados Unidos y su Marina de Guerra durante el siglo. La otra fue una mirada cultural y microscópica que, con un lenguaje antropológico, se fijó en el impacto de la invasión en los pueblos y las comunidades que vivieron aquel proceso. La literatura ficcional sobre el 1898 fue esencial para la consolidación de aquel proceso revisionista, en particular dos textos narrativos publicados en los primeros años de la década del 1980: La llegada de José Luis González y Seva de Luis López Nieves. La tercera fue la relectura de la invasión a la luz de la historiografía de las representaciones y cultural, mediante la confrontación de algunos textos de la época deconstruidos con los instrumentos del análisis del discurso.

Un elemento común a la mayor parte de aquellos juicios ha sido que el 1898 siempre ha sido visto como un paso, legítimo o ilegítimo, hacia la modernización. El nuevo orden colonial de 1900 y sus metamorfosis hasta el presente, se han convertido en parte integral de la investigación de aquel acontecimiento. ¿Por qué publicar otro volumen sobre el 1898? We the people: La Representación Americana de los Puertorriqueños, 1898-1926, es una aportación a la discusión por diversas razones.

En primer lugar, los textos han sido elaborados desde una diversidad de posiciones que inventan lenguajes originales para enfrentar un viejo problema. Aníbal J. Aponte, un especialista en teoría y desarrollo político; Michael González Cruz, especialista en el nacionalismo y la violencia política; Camille L. Krawiec, antropóloga cultural que se ocupa de la retórica ambiental y del impacto de los medios de comunicación en la era global; y José Eduardo Martínez, especialista en ecología política, articulan una propuesta renovadora sobre un problema intelectual inagotable.

En segundo lugar, la preocupación por la representación o la invención del otro sobre la base de la revisión de una serie de textos casi desconocidos, le da un tono nuevo. Lo que ocupa a los autores de este volumen es la representación, no la cosa y ello sin que la representación esté divorciada de la materialidad que la llena en parte. Me parece que re-visitar desde la postmodernidad un acontecimiento que ha sido considerado como el “fundador de un proyecto de modernidad” en Puerto Rico, siempre es valioso.

En tercer lugar, este libro demuestra que no todo ha sido dicho sobre el 1898. We the people es una manera de volver sobre una serie de fuentes primarias que fueron invisibilizadas durante mucho tiempo. El hecho de que las mismas no hubiesen sido reimpresas hasta el siglo 21, es relevante. El emborronamiento de aquellos textos  fue  usual a todas las estrategias interpretativas comentadas anteriormente.

Lo que plantea We the people: La Representación Americana de los Puertorriqueños, 1898-1926 es la posibilidad de una nueva lógica interpretativa en donde la historiografía cultural y de las representaciones, la ciencia política, la antropología y las teoría de las comunicaciones han sido convocadas. La palabra ahora corresponde a los lectores.

Comentario en la presentación del libro en la Sala Álvarez-Nazario del RUM. Si desea obtener una copia del libro comuníquese con Mario R. Cancel mariocancel@gmail.com o con José Anazagasty janazagasty@msn.com

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